domingo, 25 de abril de 2010

Wolfe en domingo y playa.


Son las siete y pico de la tarde. El gentucerío playero me va dejando ya la playa sola. ¿Dónde cojones estaba toda esta gente cuando aquí hacía un frío del copón bendito y la lluvia y el viento sur se me colaban por debajo de la puerta? Una pareja de novios —a los que espero que Dios les tenga en cuenta esto para una futura condenación eterna— se hacen fotos juntos en poses cariñosas y, por separado, en posturitas que pretenden ser insinuantes, sobre todo las de ella que, a lo que se ve, aventaja en mucho al jambo en el antiguo y noble arte del zorreo. Pobrecillo, este desgraciado no tiene ni puta idea de dónde se mete. Las pondrán en facebook o en tuenti o en el messenger o donde mierda ponga la gente las fotos del zorreo, que yo de eso —bendita sea mi fealdad— poco entiendo. Otras parejas —incluso de viejos y de feos, que ya es lo último— se pasean por el paseo marítimo cogiditos de la mano y risueños. Otros desgraciados, se creerán que esta ficción del sol y del buen tiempo va a evitar el derrumbe de sus vidas. El año que viene, si nada lo remedia, los veré pasar con la misma impostura o, en el mejor de los casos, paseando con un acompañante distinto la misma mentira que pesean con el de ahora. Pues que Dios también les dé porculo, suponiendo que Dios no solo se dedique a dármelo a mí, que ya sería la polla consagrada, con perdón.

Bueno, el caso es que, como me he sacado la sillita a la terraza para que me dé el aire —que si no después mi omá dice que estoy muy paliducho y que tengo cara de enfermo—, he cogido un libro de Roger Wolfe, Días sin pan, para ahutentar el vómito al que me impulsa la contemplación. Pues nada, ahí van algunos poemas cogidos al azar. Espero que haya suerte y que el libro se abra por los que más resentimiento transmitan. Es lo que pega. Otro diita prometo colgar poemas más optimistas, incluso amorosos, para los que aún estéis con eso.


"Todo, nada."

Cuando todo son
malas noticias
o simplemente —y peor—
todo es una gigantesca
ausencia de noticias
hace falta algo
para sacar fuerzas
de donde no las hy
y seguir con la comedia.
El teléfono es Dios
que se ha callado.
El buzón se ha transformado
en papelera.
La gente
a la que alguna vez
hemos querido
es un recuerdo
que se pudo haber soñado.

Cualquier cosa puede servir
y nada sirve:
la muerte de alguien
que nos roce muy de cerca.
Una amenaza de desahucio
por impago de alquiler.
El diagnóstico de alguna
enfermedad, si no fatal
entretenida al menos.
Un ataque
de migraña.
Un tumulto histérico
en la calle.
Una vieja
comiéndose un plátano
en un banco,
bajo la lluvia.
Lo que sea
menos este asco incoloro
en que se pudre el corazón.
Bombeando
por pura incapacidad
para otra cosa.


"Odio"

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el locutor deportivo
de la radio del vecino
esos domingos por la tarde.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el macaco de uniforme
que sentencia —arma
al cinto— que el semáforo
no estaba en ámbar, sino en rojo.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el cívico paleto
vestido de payaso
que te dice
que no se permiten perros
en el parque.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con la gente que choca contigo
por la calle
cuando vas cargado
con las bolsas de la compra
o un bidón de queroseno
para una estufa
que en cualquier caso
no funciona.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con los automovilistas
cuando pisas un paso de peatones
y aceleran.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el neandertal en cuyas manos
alguien ha puesto
ese taladro de percusión.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
cuando le dejas un libro a alguien
y te lo devuelve en edición fascicular.

El odio es una edición crítica
de Góngora.

El odio son las campanas
de la iglesia
en mañanas de resaca.

El odio es la familia.

El odio es un cajero
que se niega a darte más billetes
por imposibilidad transitoria
de comunicación con la central.

El odio es una abogada
de oficio
aliándose con el representante
de la ley
a las ocho de la mañana
en una comisaría
mientras sufres un ataque
de hipotermia.

El odio es una úlcera
en un atasco.

El odio son las palomitas
en el cine.

El odio es un cenicero
atestado de cáscaras de pipa.

El odio es un teléfono.

El odio es preguntar por un teléfono
y que te digan que no hay.

El odio es una visita
no solicitada.

El odio es un flautista
aficionado.

El odio
en estado puro
es retroactivo
personal
e intransferible.

El odio es que un estúpido
no entienda
tu incomprensión,
tu estupidez.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con este poema
si tu pluma
valiera
su pistola.


"La avería"

Dar amor, lo sé,
pero no funciona.

Mostrar piedad, lo sé,
pero no funciona.

Eliminar el yo, lo sé,
pero no funciona.

Acabar con el deseo,
lo sé,
pero no funciona.

Poner
la otra mejilla,
lo sé,
pero no funciona.

Vivir el hoy (y no el mañana
ni el ayer), lo sé,
pero no funciona.

¿Qué hacer entonces?
No lo sé
Y no funciona.




domingo, 11 de abril de 2010

Popocatépetl.


Estábamos Jorge y yo en la fnac de Madrid, delante de la estantería de poesía extranjera. Jorge cogía al azar libros desconocidos por él, y yo me sorprendía al comprobar que la mano del niño, pese a los seis años y a la arbitrariedad, ya elegía algunos grandes nombres. Atrapó a Verlaine —aquel libro de la editorial Nórdica— y le enseñé algunos dibujos y le leí algunas palabras; seleccionó a Wordsworth y le dije que hay un poema suyo, "Intimations of Inmortality", que contiene un buen puñado de los versos más lujosos y más brillantemente mentirosos que jamás he leído:

"Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los consoladores pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas."


Finalmente, Jorge cogió un librito fino, con sobrecubierta, de los Marginales de Tusquets —ay, esas tendencias que matan—, del que yo había leído una reseña unos días antes. Se trataba de El trueno más allá del Popocatépetl, un poemario de Malcolm Lowry recientemente traducido por Juan Luis Panero que, dicho sea de paso, traduce como quiere, inventando versos y palabras, y lo hace bien.

Ya puestos, compré también Bajo el volcán, una novela también de Lowry, de relaciones a tres y alcohólicos destruidos y destructivos a la que, a propósito, aún no le he hincado el diente más por miedo que por abulia lectora. No hay problema, vendrán tiempos de mayores soledades y sirocos —porque todo puede siempre ser mayor y peor— en los que esta novela consiga destruirme como Dios manda (en el Antiguo Testamento, por supuesto). A propósito, es la segunda novela, junto a Los detectives salvajes, de Bolaño, en la que el mezcal está presente. Ya arde mi gaznate esperando a ese suicida líquido.

Aquí van algunos poemas de Lowry, quien, a propósito, confundió, en México, merced al alcohol vida y obra viviendo una historia destructiva con su primera esposa. Ya sabéis, cosas que pasan.

"Por el placer de morir"

Duros son los tormentos del infierno
y las llamas de su terrible fuego,
sin embargo, los zopilotes volando contra el viento
son más hermosos que las gaviotas
planeando con la primera luz del sol,
o los abanicos moviéndose monótonos
en los asilos, tejiendo su destino de sueños,
una esperanza que jamás volará tan alto
como vuela el horror de vivir.
Si la muerte puede volar, sólo por el placer de volar,
¿qué no hará la vida por el placer de morir?


"Amanecer"

Sobrio cabalgo hacia el nuevo y salvado amanecer
firme la rienda en mi mano
—nuevas las herraduras, todo nuevo—
en la teatral y sonriente llanura.

Sin cincha ni freno, libre como el cielo
cabalga mi corcel en el día
y al cielo le canto mi canción:
Ah, cómo han pasado los años, qué perdidos parecen
y qué remotas mis viejas hazañas.

Pero, ¿de dónde han salido esos cactus,
esos perros salvajes, los espectros que me rodean?
Debo regresar hacia la tierra del atardecer
galopando, galopando, galopando
sobre ese implacable caballo enloquecido
cuyos ojos no tienen párpados
y cuyo nombre es Remordimiento.


"Oración por los borrachos"

Señor, da de beber a todos estos que ahora se levantan,
destrozados, farfullando palabras desde el centro del infierno,
mientras espían a través de las ventanas
la espantosa realidad del día que comienza.


"El miedo como única compañía"

Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en el rincón de este bar con su agrietada pintura marrón
—mezcal, coñac, cerveza—,
dos sucias escupideras y el miedo como única compañía:
miedo de la luz, de la primavera, de la enfermedad,
de los pájaros y de los autobuses con lejanos destinos,
de los estudiantes que van a la carreras
y de las muchachas saltando con el viento en sus caras.
Solo, sin más compañía que el miedo,
miedo de la fuente y sus flores:
todas las flores que el sol ilumina
son mis enemigas, todas
en estas horas muertas. ¿En estas horas muertas?


domingo, 21 de marzo de 2010

Ser Chandler.


"El aire estaba tan frío como las cenizas del amor" , P. Marlowe.


Hay días Chandler. Momentos, en esos días, verdaderamente Chandler. En ellos, te gustaría tener a mano un whisky y un Colt 45; una rubia despampanante, con los labios húmedos y la cabeza en tu regazo, y ser tan Chandler como para poder despreciarla; te gustaría que todos los piesplanos corruptos del lugar jugasen al cricket con tu mandíbula, y soportarlo, y sobrevivir, y ser tan hombre que consiguieras vengarte después con una bala en el estómago y una frase ingeniosa. Te gustaría tener un despacho con la antesala abierta —por si algún cliente llega de madrugada— y con un par de telarañas conocidas en el rincón; ser tan Chandler que los malos se sentasen a hablar contigo a pesar de que supieran que, antes o después, uno de los dos acabaría apuntando al otro; tan Chandler que todos tus valores cupiesen en el ancho de tu sombrero y, a pesar de ello o, quizás, precisamente por eso, tener ya más dignidad que todos los que te rodean. Te gustaría perder, pero no perder como pierdes ahora, sin recompensa, lustre o bondad, sino perder con una derrota muy cercana a la victoria callada, a la victoria segura de que algún día, en alguna época, alguien reconociera que, en el fondo, no habías sido del todo un perdedor. Hay días Chandler. Momentos, en esos días, verdaderamente Chandler. Y te puedo asegurar que cuando un tío se sienta a escribir un post o, incluso, cuando otro se dispone a leerlo, no nos encontramos, ni de lejos, ante uno de ellos. Chandler está en la calle, no en los ceros y unos de la cosa wifi, no en las referencias intertextuales ni en las conversaciones imaginarias en las que tus respuestas siempre son las adecuadas. Más vale que lo vayas admitiendo.

Dashiell Hammett y Raymond Chandler, ¿no? La novela negra y esas cosas. Detectives derrotados, apartados del brillo del triunfo, del sonido armónico que hacen las copas de cocktail vacías sobre las mesas llenas. Detectives que trabajan por veinte dólares al día, gastos incluidos, y que siguen trabajando aunque les hayan dibujado los senderos de las Rocosas en la cara. Y, sin embargo, ser Chandler, ser Philip Marlowe, tener sus agallas para enfrentarse a los malos, para ahogar el dolor en whisky a las diez de la mañana, para desayunarte con dos huevos duros y con una llamada del sargento Randall diciéndote que han encontrado el cadáver de Moose Malloy y que va ahora mismo para allá.

Sí, ya sé que la vida no es Adiós muñeca ni El sueño eterno. Pero los libros, merced a la mentira de la ficción —la única mentira, junto con el amor, que vale más que la verdad—, te ofrecen doscientas ochenta páginas para que te lo creas. Y tú, que has dejado escapar todos los trenes que esperaron demasiado tiempo en el andén a que subieras y que se marcharon cansados de ti, juegas a héroe y piensas que este no lo vas a peder, y abres el libro, y eres, por fin, Marlowe, y tienes que ponerte manos a la obra.

"ME TUMBÉ boca arriba en la cama de un hotel del puerto y esperé a que se hiciera de noche. Estaba en una habitación con un somier muy duro y un colchón sólo ligeramente más grueso que la manta de algodón que lo cubría. Debajo de mí había un muelle roto que se me clavaba en el lado izquierdo de la espalda. Pero seguí tumbado, permitiendo que me aguijoneara.

El reflejo de una luz roja de neón brillaba en el techo. Cuando tiñese de encarnado toda la habitación sería noche cerrada y habría llegado el momento de salir. En el exterior, los coches tocaban el claxon en una calle estrecha llamada «Vía rápida». Debajo de mi ventana se oía un ruido de pasos sobre la acera. Murmullos y exclamaciones iban y venían por el aire. A través de las contraventanas oxidadas se filtraba olor a grasa para freír que se había vuelto a utilizar muchas veces. Lejos, una de esas voces que se hace oír a gran distancia gritaba: «No se queden sin comer, amigos. Estupendos perritos calientes. No pasen hambre, amigos».

Empezó a anochecer. Me puse a pensar y mis ideas se movieron con algo semejante a un perezoso sigilo, como si las vigilaran ojos amargados y sádicos. Pensé en ojos muertos contemplando un cielo sin luna, con sangre negra en las comisuras de la boca que tenían debajo. Pensé en desagradabes ancianas golpeadas contra las esquinas de sus sucias camas hasta perder la vida. Pensé en un hombre de cabellos rubios que tenía miedo y no sabía bien de qué, que tenía la sensibilidad suficiente para saber que algo iba mal, pero que era demasiado vanidoso o demasiado torpe para imaginar qué era lo que iba mal. Pensé en hermosas mujeres con mucho dinero que eran accesibles. Pensé en simpáticas muchachas, esbeltas y curiosas, que vivían solas y que también eran accesibles, aunque de una manera distinta. Pensé en policías, tipos duros a los que se podía comprar, pero que no eran ni mucho menos malos del todo, como sucedía con Hemingway. En policías gordos y prósperos con una voz perfecta para la Cámara de Comercio, como el jefe Wax. En policías esbeltos, implacables e inteligentes como Randall, a quienes, pese a su agudeza y a su certera puntería, no les era posible hacer un buen trabajo de manera limpia. Pensé en gentes amargadas y maniáticas como Nulty que había renunciado a hacer cualquier cosa. Pensé en indios y en videntes y en médicos que vendían drogas."

Raymond Chandler, Adiós muñeca



sábado, 6 de marzo de 2010

Mujeres.

Mujeres, mi última de Bukowski, más concurrida que ninguna. Y, también, más desamparada.

“Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad."


"Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; si no pasa nada, bebes para que pase algo."


"Cogí mi botella y me fui al dormitorio. Me quité los calzones y me eché en la cama. Nadie estaba en armonía. Le gente solo abraza a ciegas lo que se le pusiese delente: comunismo, comida natural, zen, surfing, ballet, hipnotismo, terapia de grupo, orgías, paseos en bicibleta, hierbas, catolicismo, adelgazamiento, viajes, psicodelia, vegetarianismo, la India, pintar, escribir, esculpir, componer, conducir, yoga, copular, apostar, beber, andar por ahí, yogur, helado, Beethoven, Bach, Buda, Cristo, jugo de zanahorias, suicidio, trajes hechos a mano, viajes en jet, Nueva York, y de repente todo ello se evaporaba y se perdía. La gente tenía que encontrar cosas que hacer mientras esperaba la muerte. Supongo que estaba bien poder elegir."

domingo, 21 de febrero de 2010

Dos en medio de nada (II).

La carretera, novela de Cormac McCarthy, es uno de esos libros que estoy muy orgulloso de haber descubierto. La primera vez que tuve noticias de él fue en uno de los chats semanales de Carlos Boyero, entonces todavía en El Mundo. Hablaba de la relación entre un padre y su hijo en un mundo postapocalíptico. Alguien le preguntaba si no creía que se podría hacer una buena adaptación de cine manga de ese libro y Boyero, pasando de la pregunta, glosó las virtdes de la novela. Eso fue enero de 2008 y —perdón por la autorreferencia— constituyó el tercer post de este blog. Desde entonces, la he recomendado y la he regalado mucho: Agustín la leyó en el hospital mientras su padre estaba enfermo, Juan la leyó en inglés, Alicia la leía las noches de Zamora mientras hacía guardia para que nuestros niños no se preñasen demasiado, Víctor en su-mi casa de La Antilla con unas entradas de Alberto guardadas en el libro (¿o era al revés?), Leo la eligió como regalo tras el trabajo veraniego en la librería de su tío, Eugenia se emocionó con los vale del niño, a Gotzon se lo regalé el pasado verano porque le parecía literatura de aeropuertos y siempre había tenido reticencias... Yo lo leí en casa, hace ya dos años, mirad si ha pasado el tiempo. Lo compré para la biblioteca del instituto, de ahí lo leyó también Encarna y, espero, alguna gente más. Y, como siempre sucede, me quedé sin mi ejemplar porque —y no es la primera vez que lo digo aquí— lo más digno que se puede hacer con un libro, además de leerlo, es robarlo.

Llevar La carretera al cine es difícil. Es una novela en la que no pasa demasiado, sólo un padre y su hijo que se dirigen al sur, al mar, y que intentan mantener el fuego. No, no es poca cosa, desde luego, pero ya sabéis qué quiero decir. Carmen me mandó un mensaje hace un par de sábados de madrugada y me dijo que la fotografía le había encantado, a Rocío también le gustó, Alberto y Víctor fueron a verla juntos —como niños buenos— y venían satisfechos. A mí me tocó el turno ayer. El viernes les había hablado a mis alumnos de primero a sobre el libro y sobre la peli a propósito de una foto de Vigo Mortensen que aparece en nuestro libro. A Laura no le resultaba muy guapo —"hombre, aquí no sale muy bien", dijo—, a María y a mí, en cambio, nos encantaba, Natalia dijo que creía que pasaban la película en los cines de Lepe, Alberto usó su inglés macarrónico para llamarla derroad, y Stefan concluyó afirmando "el invierno nuclear".

En fin, nombres, vivencias y tiempo en torno a un libro, a una película. Una de las mejores formas de comunicarse. Y de mantener el fuego, claro.




Si no podéis ir al cine, pinchad aquí.

viernes, 12 de febrero de 2010

Crepúsculo en Polonia.

Esta luz crepuscular del mediodía y estos cinco grados de sutura. Viernes nonato que concluye antes de nacer, o viernes neonato redivivo tras la muerte imperiosa. Pies fríos que se calientan con versos de papel. En el labio de arriba, todo el sistema consonántico. En el de abajo, el lento recorrido por los grados de la apertura hecha vocal. La lengua, conjugando uniones imposibles. Porque las vocales y las consonantes hay veces que no se avienen al ayuntamiento. Y sales torpe del encuentro, débil, sintiéndote inútil como la larga espera del hombre del campo ante la Ley. Y comprendes —como comprendió él antes de morir— que tu Ley de hoy es el silencio, ese silencio de viento atlántico, que trae nubarrones y limpieza desde Isla Cristina. Comprendes que tus huellas de hoy no se quedarán marcadas en la arena. Que la lluvia no va a respetar las propiedades físicas, y, otra vez, un líquido volverá a traspasarte a ti, tan sólido. Comprendes, por fin, que la única salida es comer la sombra de un adjetivo sobre el papel, la débil luz que emana del sustantivo medio sepultado por el peso de la página, el tibio movimiento de un verbo que, un día, creyó poder volar. Y así, amigo mío, sólo así quizás vuelvas a creer en la ilusión de poder conjurar el tiempo y la distancia, y pensar que ni tú eres tú ni tu casa es ya tu casa.

Lo leí en El País el extinto año dosmilnueve. Szymborska publicaba un nuevo libro. Aquí, su título. Un par de poemas acompañaban la noticia. La remití a algunas personas, para comentarla más adelante. Recordé la antología verde —¿era verde?— de Hiperión. No sé por qué, pero también recordé a Zagajewski, aquella edición de Pre-textos. Poesía, toda, crepuscular. Hice votos —yo, Sancho Panza estudiante de bachillerato— de comprar las dos, porque me he quedado, como me ha ocurrido con tantas cosas, sin ellas. Aquí fue fácil: las novedades de la fnac en materia poética alcanzan a un par de ejemplares. Yo me llevé el mío. La edición de Zagajewski, tan difícil de encontrar ya, me la regaló una lluvia oportuna en la casa del libro. La antología de Szymborska, en una preciosa edición de Lumen, la de las tapas marrones, me vino de oriente. También recordé a Ángel González, Otoño y otras luces o Nada grave (lo que queda —tan poco ya— sería suficiente, si durase).

Hoy, mientras mis alumnos trataban de hacerme ver —o de engañarme, qué más da— que sí habían leído El jugador, seleccionaba poemas de Szymborska para este post. Cinco poemas. Cosas del mundo, de este mundo. Gente. El tiempo. Clavos ardiendo. Clavos que dejaron de arder. Un cuadro, una música. El tiempo, otra vez. Los que fuimos, los que somos. La nada que seremos. Los otros, los distintos... tan iguales. No sé, son sólo cinco poemas, y esto está durando demasiado.


Adolescente

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotros
que probablemene sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatua mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.
Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especia de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Una bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.


Terroristas

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.


No lectura

A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.

Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.

Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.

Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostras en imágnees todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.

Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quinta puesta
y —toquemos madera— saludables.


Ella Fitzgerld en el cielo

Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado —añadió—,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.



Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
la leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.



viernes, 29 de enero de 2010

Larga vida a Salinger.

A veces suceden estas casualidades. Cuando en agosto releía El guardián entre el centeno por esas tierras francesas de Dios, pensaba que, si este año impartía clases en 1º de Bachillerato, les propondría —es un decir— a mis alumnos que leyeran este libro. Creía que les podría gustar, que Holden Caulfield era un personaje interesante con el que, en algún aspecto, podrían sentirse identificados. Después de que leyeran el libro, hubo opiniones para todos los gustos. Me quedo, sin embargo, con unos cuantos comentarios de algunos alumnos que me confesaron que, en efecto, les había encantado el libro.

Y ayer —por eso hablaba de casualidades al principio—, murió J. D. Salinger. Un tipo extraño, desde luego. Hoy la prensa ha amanecido con obituarios, análisis más o menos sesudos, referencias sacadas de la wikipedia sobre Salinger... Está bien, no pasa nada. En El Mundo, dicen:

NO CONCEDÍA entrevistas. Vivía recluido en su casa, guardiana y defensora de su idolatrada intimidad, y sólo quería escribir. La figura de J. D. Salinger se apagó con un áurea de misterio muy grande, que el autor de 'El guardián entre el centeno' se encargó de construir prácticamente toda su vida.

En El País también hablan sobre Salinger:

J. D. SALINGER no era un escritor sino una religión. Es lo mejor y lo peor que puede decirse del autor de El guardián entre el centeno, un libro que desde su aparición en 1951 convirtió a legiones de lectores en posesivos devotos de un misterio, el de sus personajes y el suyo mismo. ¿Quién era Jerome David Salinger? ¿Quién era ese tipo convertido en profeta de ese doloroso tránsito llamado adolescencia? En la investigación que Ian Hamilton emprendió en 1983 y que se convirtió en una cruzada del escritor para evitar airear cualquier dato sobre su vida, el biógrafo convirtió el célebre y elocuente silencio de Salinger en respuesta.

Rosa me manda un mensaje y me dice que en El ojo crítico, un programa de RNE, ayer hablaron sobre Salinger. Lo escucho mientras escribo esto (minuto 11:50).

Ha muerto J.D. Salinger, autor de "El guardián entre el centeno" (El Ojo Crítico)


Incluso en El Mundo publican el primer capítulo de El guardián entre el centeno. Y eso es lo más interesante de Salinger. Leer, leerlo. La novela entera, por ejemplo. O sus relatos. Mañana, si puedo, me los compro.

Larga vida a Salinger.