domingo, 25 de abril de 2010

Wolfe en domingo y playa.


Son las siete y pico de la tarde. El gentucerío playero me va dejando ya la playa sola. ¿Dónde cojones estaba toda esta gente cuando aquí hacía un frío del copón bendito y la lluvia y el viento sur se me colaban por debajo de la puerta? Una pareja de novios —a los que espero que Dios les tenga en cuenta esto para una futura condenación eterna— se hacen fotos juntos en poses cariñosas y, por separado, en posturitas que pretenden ser insinuantes, sobre todo las de ella que, a lo que se ve, aventaja en mucho al jambo en el antiguo y noble arte del zorreo. Pobrecillo, este desgraciado no tiene ni puta idea de dónde se mete. Las pondrán en facebook o en tuenti o en el messenger o donde mierda ponga la gente las fotos del zorreo, que yo de eso —bendita sea mi fealdad— poco entiendo. Otras parejas —incluso de viejos y de feos, que ya es lo último— se pasean por el paseo marítimo cogiditos de la mano y risueños. Otros desgraciados, se creerán que esta ficción del sol y del buen tiempo va a evitar el derrumbe de sus vidas. El año que viene, si nada lo remedia, los veré pasar con la misma impostura o, en el mejor de los casos, paseando con un acompañante distinto la misma mentira que pesean con el de ahora. Pues que Dios también les dé porculo, suponiendo que Dios no solo se dedique a dármelo a mí, que ya sería la polla consagrada, con perdón.

Bueno, el caso es que, como me he sacado la sillita a la terraza para que me dé el aire —que si no después mi omá dice que estoy muy paliducho y que tengo cara de enfermo—, he cogido un libro de Roger Wolfe, Días sin pan, para ahutentar el vómito al que me impulsa la contemplación. Pues nada, ahí van algunos poemas cogidos al azar. Espero que haya suerte y que el libro se abra por los que más resentimiento transmitan. Es lo que pega. Otro diita prometo colgar poemas más optimistas, incluso amorosos, para los que aún estéis con eso.


"Todo, nada."

Cuando todo son
malas noticias
o simplemente —y peor—
todo es una gigantesca
ausencia de noticias
hace falta algo
para sacar fuerzas
de donde no las hy
y seguir con la comedia.
El teléfono es Dios
que se ha callado.
El buzón se ha transformado
en papelera.
La gente
a la que alguna vez
hemos querido
es un recuerdo
que se pudo haber soñado.

Cualquier cosa puede servir
y nada sirve:
la muerte de alguien
que nos roce muy de cerca.
Una amenaza de desahucio
por impago de alquiler.
El diagnóstico de alguna
enfermedad, si no fatal
entretenida al menos.
Un ataque
de migraña.
Un tumulto histérico
en la calle.
Una vieja
comiéndose un plátano
en un banco,
bajo la lluvia.
Lo que sea
menos este asco incoloro
en que se pudre el corazón.
Bombeando
por pura incapacidad
para otra cosa.


"Odio"

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el locutor deportivo
de la radio del vecino
esos domingos por la tarde.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el macaco de uniforme
que sentencia —arma
al cinto— que el semáforo
no estaba en ámbar, sino en rojo.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el cívico paleto
vestido de payaso
que te dice
que no se permiten perros
en el parque.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con la gente que choca contigo
por la calle
cuando vas cargado
con las bolsas de la compra
o un bidón de queroseno
para una estufa
que en cualquier caso
no funciona.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con los automovilistas
cuando pisas un paso de peatones
y aceleran.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el neandertal en cuyas manos
alguien ha puesto
ese taladro de percusión.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
cuando le dejas un libro a alguien
y te lo devuelve en edición fascicular.

El odio es una edición crítica
de Góngora.

El odio son las campanas
de la iglesia
en mañanas de resaca.

El odio es la familia.

El odio es un cajero
que se niega a darte más billetes
por imposibilidad transitoria
de comunicación con la central.

El odio es una abogada
de oficio
aliándose con el representante
de la ley
a las ocho de la mañana
en una comisaría
mientras sufres un ataque
de hipotermia.

El odio es una úlcera
en un atasco.

El odio son las palomitas
en el cine.

El odio es un cenicero
atestado de cáscaras de pipa.

El odio es un teléfono.

El odio es preguntar por un teléfono
y que te digan que no hay.

El odio es una visita
no solicitada.

El odio es un flautista
aficionado.

El odio
en estado puro
es retroactivo
personal
e intransferible.

El odio es que un estúpido
no entienda
tu incomprensión,
tu estupidez.

El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con este poema
si tu pluma
valiera
su pistola.


"La avería"

Dar amor, lo sé,
pero no funciona.

Mostrar piedad, lo sé,
pero no funciona.

Eliminar el yo, lo sé,
pero no funciona.

Acabar con el deseo,
lo sé,
pero no funciona.

Poner
la otra mejilla,
lo sé,
pero no funciona.

Vivir el hoy (y no el mañana
ni el ayer), lo sé,
pero no funciona.

¿Qué hacer entonces?
No lo sé
Y no funciona.




domingo, 11 de abril de 2010

Popocatépetl.


Estábamos Jorge y yo en la fnac de Madrid, delante de la estantería de poesía extranjera. Jorge cogía al azar libros desconocidos por él, y yo me sorprendía al comprobar que la mano del niño, pese a los seis años y a la arbitrariedad, ya elegía algunos grandes nombres. Atrapó a Verlaine —aquel libro de la editorial Nórdica— y le enseñé algunos dibujos y le leí algunas palabras; seleccionó a Wordsworth y le dije que hay un poema suyo, "Intimations of Inmortality", que contiene un buen puñado de los versos más lujosos y más brillantemente mentirosos que jamás he leído:

"Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los consoladores pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas."


Finalmente, Jorge cogió un librito fino, con sobrecubierta, de los Marginales de Tusquets —ay, esas tendencias que matan—, del que yo había leído una reseña unos días antes. Se trataba de El trueno más allá del Popocatépetl, un poemario de Malcolm Lowry recientemente traducido por Juan Luis Panero que, dicho sea de paso, traduce como quiere, inventando versos y palabras, y lo hace bien.

Ya puestos, compré también Bajo el volcán, una novela también de Lowry, de relaciones a tres y alcohólicos destruidos y destructivos a la que, a propósito, aún no le he hincado el diente más por miedo que por abulia lectora. No hay problema, vendrán tiempos de mayores soledades y sirocos —porque todo puede siempre ser mayor y peor— en los que esta novela consiga destruirme como Dios manda (en el Antiguo Testamento, por supuesto). A propósito, es la segunda novela, junto a Los detectives salvajes, de Bolaño, en la que el mezcal está presente. Ya arde mi gaznate esperando a ese suicida líquido.

Aquí van algunos poemas de Lowry, quien, a propósito, confundió, en México, merced al alcohol vida y obra viviendo una historia destructiva con su primera esposa. Ya sabéis, cosas que pasan.

"Por el placer de morir"

Duros son los tormentos del infierno
y las llamas de su terrible fuego,
sin embargo, los zopilotes volando contra el viento
son más hermosos que las gaviotas
planeando con la primera luz del sol,
o los abanicos moviéndose monótonos
en los asilos, tejiendo su destino de sueños,
una esperanza que jamás volará tan alto
como vuela el horror de vivir.
Si la muerte puede volar, sólo por el placer de volar,
¿qué no hará la vida por el placer de morir?


"Amanecer"

Sobrio cabalgo hacia el nuevo y salvado amanecer
firme la rienda en mi mano
—nuevas las herraduras, todo nuevo—
en la teatral y sonriente llanura.

Sin cincha ni freno, libre como el cielo
cabalga mi corcel en el día
y al cielo le canto mi canción:
Ah, cómo han pasado los años, qué perdidos parecen
y qué remotas mis viejas hazañas.

Pero, ¿de dónde han salido esos cactus,
esos perros salvajes, los espectros que me rodean?
Debo regresar hacia la tierra del atardecer
galopando, galopando, galopando
sobre ese implacable caballo enloquecido
cuyos ojos no tienen párpados
y cuyo nombre es Remordimiento.


"Oración por los borrachos"

Señor, da de beber a todos estos que ahora se levantan,
destrozados, farfullando palabras desde el centro del infierno,
mientras espían a través de las ventanas
la espantosa realidad del día que comienza.


"El miedo como única compañía"

Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en el rincón de este bar con su agrietada pintura marrón
—mezcal, coñac, cerveza—,
dos sucias escupideras y el miedo como única compañía:
miedo de la luz, de la primavera, de la enfermedad,
de los pájaros y de los autobuses con lejanos destinos,
de los estudiantes que van a la carreras
y de las muchachas saltando con el viento en sus caras.
Solo, sin más compañía que el miedo,
miedo de la fuente y sus flores:
todas las flores que el sol ilumina
son mis enemigas, todas
en estas horas muertas. ¿En estas horas muertas?