domingo, 21 de marzo de 2010

Ser Chandler.


"El aire estaba tan frío como las cenizas del amor" , P. Marlowe.


Hay días Chandler. Momentos, en esos días, verdaderamente Chandler. En ellos, te gustaría tener a mano un whisky y un Colt 45; una rubia despampanante, con los labios húmedos y la cabeza en tu regazo, y ser tan Chandler como para poder despreciarla; te gustaría que todos los piesplanos corruptos del lugar jugasen al cricket con tu mandíbula, y soportarlo, y sobrevivir, y ser tan hombre que consiguieras vengarte después con una bala en el estómago y una frase ingeniosa. Te gustaría tener un despacho con la antesala abierta —por si algún cliente llega de madrugada— y con un par de telarañas conocidas en el rincón; ser tan Chandler que los malos se sentasen a hablar contigo a pesar de que supieran que, antes o después, uno de los dos acabaría apuntando al otro; tan Chandler que todos tus valores cupiesen en el ancho de tu sombrero y, a pesar de ello o, quizás, precisamente por eso, tener ya más dignidad que todos los que te rodean. Te gustaría perder, pero no perder como pierdes ahora, sin recompensa, lustre o bondad, sino perder con una derrota muy cercana a la victoria callada, a la victoria segura de que algún día, en alguna época, alguien reconociera que, en el fondo, no habías sido del todo un perdedor. Hay días Chandler. Momentos, en esos días, verdaderamente Chandler. Y te puedo asegurar que cuando un tío se sienta a escribir un post o, incluso, cuando otro se dispone a leerlo, no nos encontramos, ni de lejos, ante uno de ellos. Chandler está en la calle, no en los ceros y unos de la cosa wifi, no en las referencias intertextuales ni en las conversaciones imaginarias en las que tus respuestas siempre son las adecuadas. Más vale que lo vayas admitiendo.

Dashiell Hammett y Raymond Chandler, ¿no? La novela negra y esas cosas. Detectives derrotados, apartados del brillo del triunfo, del sonido armónico que hacen las copas de cocktail vacías sobre las mesas llenas. Detectives que trabajan por veinte dólares al día, gastos incluidos, y que siguen trabajando aunque les hayan dibujado los senderos de las Rocosas en la cara. Y, sin embargo, ser Chandler, ser Philip Marlowe, tener sus agallas para enfrentarse a los malos, para ahogar el dolor en whisky a las diez de la mañana, para desayunarte con dos huevos duros y con una llamada del sargento Randall diciéndote que han encontrado el cadáver de Moose Malloy y que va ahora mismo para allá.

Sí, ya sé que la vida no es Adiós muñeca ni El sueño eterno. Pero los libros, merced a la mentira de la ficción —la única mentira, junto con el amor, que vale más que la verdad—, te ofrecen doscientas ochenta páginas para que te lo creas. Y tú, que has dejado escapar todos los trenes que esperaron demasiado tiempo en el andén a que subieras y que se marcharon cansados de ti, juegas a héroe y piensas que este no lo vas a peder, y abres el libro, y eres, por fin, Marlowe, y tienes que ponerte manos a la obra.

"ME TUMBÉ boca arriba en la cama de un hotel del puerto y esperé a que se hiciera de noche. Estaba en una habitación con un somier muy duro y un colchón sólo ligeramente más grueso que la manta de algodón que lo cubría. Debajo de mí había un muelle roto que se me clavaba en el lado izquierdo de la espalda. Pero seguí tumbado, permitiendo que me aguijoneara.

El reflejo de una luz roja de neón brillaba en el techo. Cuando tiñese de encarnado toda la habitación sería noche cerrada y habría llegado el momento de salir. En el exterior, los coches tocaban el claxon en una calle estrecha llamada «Vía rápida». Debajo de mi ventana se oía un ruido de pasos sobre la acera. Murmullos y exclamaciones iban y venían por el aire. A través de las contraventanas oxidadas se filtraba olor a grasa para freír que se había vuelto a utilizar muchas veces. Lejos, una de esas voces que se hace oír a gran distancia gritaba: «No se queden sin comer, amigos. Estupendos perritos calientes. No pasen hambre, amigos».

Empezó a anochecer. Me puse a pensar y mis ideas se movieron con algo semejante a un perezoso sigilo, como si las vigilaran ojos amargados y sádicos. Pensé en ojos muertos contemplando un cielo sin luna, con sangre negra en las comisuras de la boca que tenían debajo. Pensé en desagradabes ancianas golpeadas contra las esquinas de sus sucias camas hasta perder la vida. Pensé en un hombre de cabellos rubios que tenía miedo y no sabía bien de qué, que tenía la sensibilidad suficiente para saber que algo iba mal, pero que era demasiado vanidoso o demasiado torpe para imaginar qué era lo que iba mal. Pensé en hermosas mujeres con mucho dinero que eran accesibles. Pensé en simpáticas muchachas, esbeltas y curiosas, que vivían solas y que también eran accesibles, aunque de una manera distinta. Pensé en policías, tipos duros a los que se podía comprar, pero que no eran ni mucho menos malos del todo, como sucedía con Hemingway. En policías gordos y prósperos con una voz perfecta para la Cámara de Comercio, como el jefe Wax. En policías esbeltos, implacables e inteligentes como Randall, a quienes, pese a su agudeza y a su certera puntería, no les era posible hacer un buen trabajo de manera limpia. Pensé en gentes amargadas y maniáticas como Nulty que había renunciado a hacer cualquier cosa. Pensé en indios y en videntes y en médicos que vendían drogas."

Raymond Chandler, Adiós muñeca



sábado, 6 de marzo de 2010

Mujeres.

Mujeres, mi última de Bukowski, más concurrida que ninguna. Y, también, más desamparada.

“Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, las perras borrachas, con las medias caídas y arrugadas y las caras pringosas de maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad."


"Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; si no pasa nada, bebes para que pase algo."


"Cogí mi botella y me fui al dormitorio. Me quité los calzones y me eché en la cama. Nadie estaba en armonía. Le gente solo abraza a ciegas lo que se le pusiese delente: comunismo, comida natural, zen, surfing, ballet, hipnotismo, terapia de grupo, orgías, paseos en bicibleta, hierbas, catolicismo, adelgazamiento, viajes, psicodelia, vegetarianismo, la India, pintar, escribir, esculpir, componer, conducir, yoga, copular, apostar, beber, andar por ahí, yogur, helado, Beethoven, Bach, Buda, Cristo, jugo de zanahorias, suicidio, trajes hechos a mano, viajes en jet, Nueva York, y de repente todo ello se evaporaba y se perdía. La gente tenía que encontrar cosas que hacer mientras esperaba la muerte. Supongo que estaba bien poder elegir."

domingo, 21 de febrero de 2010

Dos en medio de nada (II).

La carretera, novela de Cormac McCarthy, es uno de esos libros que estoy muy orgulloso de haber descubierto. La primera vez que tuve noticias de él fue en uno de los chats semanales de Carlos Boyero, entonces todavía en El Mundo. Hablaba de la relación entre un padre y su hijo en un mundo postapocalíptico. Alguien le preguntaba si no creía que se podría hacer una buena adaptación de cine manga de ese libro y Boyero, pasando de la pregunta, glosó las virtdes de la novela. Eso fue enero de 2008 y —perdón por la autorreferencia— constituyó el tercer post de este blog. Desde entonces, la he recomendado y la he regalado mucho: Agustín la leyó en el hospital mientras su padre estaba enfermo, Juan la leyó en inglés, Alicia la leía las noches de Zamora mientras hacía guardia para que nuestros niños no se preñasen demasiado, Víctor en su-mi casa de La Antilla con unas entradas de Alberto guardadas en el libro (¿o era al revés?), Leo la eligió como regalo tras el trabajo veraniego en la librería de su tío, Eugenia se emocionó con los vale del niño, a Gotzon se lo regalé el pasado verano porque le parecía literatura de aeropuertos y siempre había tenido reticencias... Yo lo leí en casa, hace ya dos años, mirad si ha pasado el tiempo. Lo compré para la biblioteca del instituto, de ahí lo leyó también Encarna y, espero, alguna gente más. Y, como siempre sucede, me quedé sin mi ejemplar porque —y no es la primera vez que lo digo aquí— lo más digno que se puede hacer con un libro, además de leerlo, es robarlo.

Llevar La carretera al cine es difícil. Es una novela en la que no pasa demasiado, sólo un padre y su hijo que se dirigen al sur, al mar, y que intentan mantener el fuego. No, no es poca cosa, desde luego, pero ya sabéis qué quiero decir. Carmen me mandó un mensaje hace un par de sábados de madrugada y me dijo que la fotografía le había encantado, a Rocío también le gustó, Alberto y Víctor fueron a verla juntos —como niños buenos— y venían satisfechos. A mí me tocó el turno ayer. El viernes les había hablado a mis alumnos de primero a sobre el libro y sobre la peli a propósito de una foto de Vigo Mortensen que aparece en nuestro libro. A Laura no le resultaba muy guapo —"hombre, aquí no sale muy bien", dijo—, a María y a mí, en cambio, nos encantaba, Natalia dijo que creía que pasaban la película en los cines de Lepe, Alberto usó su inglés macarrónico para llamarla derroad, y Stefan concluyó afirmando "el invierno nuclear".

En fin, nombres, vivencias y tiempo en torno a un libro, a una película. Una de las mejores formas de comunicarse. Y de mantener el fuego, claro.




Si no podéis ir al cine, pinchad aquí.

viernes, 12 de febrero de 2010

Crepúsculo en Polonia.

Esta luz crepuscular del mediodía y estos cinco grados de sutura. Viernes nonato que concluye antes de nacer, o viernes neonato redivivo tras la muerte imperiosa. Pies fríos que se calientan con versos de papel. En el labio de arriba, todo el sistema consonántico. En el de abajo, el lento recorrido por los grados de la apertura hecha vocal. La lengua, conjugando uniones imposibles. Porque las vocales y las consonantes hay veces que no se avienen al ayuntamiento. Y sales torpe del encuentro, débil, sintiéndote inútil como la larga espera del hombre del campo ante la Ley. Y comprendes —como comprendió él antes de morir— que tu Ley de hoy es el silencio, ese silencio de viento atlántico, que trae nubarrones y limpieza desde Isla Cristina. Comprendes que tus huellas de hoy no se quedarán marcadas en la arena. Que la lluvia no va a respetar las propiedades físicas, y, otra vez, un líquido volverá a traspasarte a ti, tan sólido. Comprendes, por fin, que la única salida es comer la sombra de un adjetivo sobre el papel, la débil luz que emana del sustantivo medio sepultado por el peso de la página, el tibio movimiento de un verbo que, un día, creyó poder volar. Y así, amigo mío, sólo así quizás vuelvas a creer en la ilusión de poder conjurar el tiempo y la distancia, y pensar que ni tú eres tú ni tu casa es ya tu casa.

Lo leí en El País el extinto año dosmilnueve. Szymborska publicaba un nuevo libro. Aquí, su título. Un par de poemas acompañaban la noticia. La remití a algunas personas, para comentarla más adelante. Recordé la antología verde —¿era verde?— de Hiperión. No sé por qué, pero también recordé a Zagajewski, aquella edición de Pre-textos. Poesía, toda, crepuscular. Hice votos —yo, Sancho Panza estudiante de bachillerato— de comprar las dos, porque me he quedado, como me ha ocurrido con tantas cosas, sin ellas. Aquí fue fácil: las novedades de la fnac en materia poética alcanzan a un par de ejemplares. Yo me llevé el mío. La edición de Zagajewski, tan difícil de encontrar ya, me la regaló una lluvia oportuna en la casa del libro. La antología de Szymborska, en una preciosa edición de Lumen, la de las tapas marrones, me vino de oriente. También recordé a Ángel González, Otoño y otras luces o Nada grave (lo que queda —tan poco ya— sería suficiente, si durase).

Hoy, mientras mis alumnos trataban de hacerme ver —o de engañarme, qué más da— que sí habían leído El jugador, seleccionaba poemas de Szymborska para este post. Cinco poemas. Cosas del mundo, de este mundo. Gente. El tiempo. Clavos ardiendo. Clavos que dejaron de arder. Un cuadro, una música. El tiempo, otra vez. Los que fuimos, los que somos. La nada que seremos. Los otros, los distintos... tan iguales. No sé, son sólo cinco poemas, y esto está durando demasiado.


Adolescente

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotros
que probablemene sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatua mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.
Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especia de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Una bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.


Terroristas

Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.


No lectura

A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.

Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.

Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.

Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostras en imágnees todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.

Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quinta puesta
y —toquemos madera— saludables.


Ella Fitzgerld en el cielo

Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado —añadió—,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.



Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
la leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.



viernes, 29 de enero de 2010

Larga vida a Salinger.

A veces suceden estas casualidades. Cuando en agosto releía El guardián entre el centeno por esas tierras francesas de Dios, pensaba que, si este año impartía clases en 1º de Bachillerato, les propondría —es un decir— a mis alumnos que leyeran este libro. Creía que les podría gustar, que Holden Caulfield era un personaje interesante con el que, en algún aspecto, podrían sentirse identificados. Después de que leyeran el libro, hubo opiniones para todos los gustos. Me quedo, sin embargo, con unos cuantos comentarios de algunos alumnos que me confesaron que, en efecto, les había encantado el libro.

Y ayer —por eso hablaba de casualidades al principio—, murió J. D. Salinger. Un tipo extraño, desde luego. Hoy la prensa ha amanecido con obituarios, análisis más o menos sesudos, referencias sacadas de la wikipedia sobre Salinger... Está bien, no pasa nada. En El Mundo, dicen:

NO CONCEDÍA entrevistas. Vivía recluido en su casa, guardiana y defensora de su idolatrada intimidad, y sólo quería escribir. La figura de J. D. Salinger se apagó con un áurea de misterio muy grande, que el autor de 'El guardián entre el centeno' se encargó de construir prácticamente toda su vida.

En El País también hablan sobre Salinger:

J. D. SALINGER no era un escritor sino una religión. Es lo mejor y lo peor que puede decirse del autor de El guardián entre el centeno, un libro que desde su aparición en 1951 convirtió a legiones de lectores en posesivos devotos de un misterio, el de sus personajes y el suyo mismo. ¿Quién era Jerome David Salinger? ¿Quién era ese tipo convertido en profeta de ese doloroso tránsito llamado adolescencia? En la investigación que Ian Hamilton emprendió en 1983 y que se convirtió en una cruzada del escritor para evitar airear cualquier dato sobre su vida, el biógrafo convirtió el célebre y elocuente silencio de Salinger en respuesta.

Rosa me manda un mensaje y me dice que en El ojo crítico, un programa de RNE, ayer hablaron sobre Salinger. Lo escucho mientras escribo esto (minuto 11:50).

Ha muerto J.D. Salinger, autor de "El guardián entre el centeno" (El Ojo Crítico)


Incluso en El Mundo publican el primer capítulo de El guardián entre el centeno. Y eso es lo más interesante de Salinger. Leer, leerlo. La novela entera, por ejemplo. O sus relatos. Mañana, si puedo, me los compro.

Larga vida a Salinger.


sábado, 23 de enero de 2010

Ezequiel 25:17.

"EL CAMINO del hombre recto está por todos lados rodeado por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel Pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del Valle de la Oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi venganza sobre ti!" Ezequiel 25:17.




Entonces ya comenzaba yo a comportarme como un inadaptado, yendo solo al cine y peleado con el mundo que conocía. Ignoraba por aquellos años, pese a que creyera saberlo todo —ay, la cándida estupidez de los que un día fuimos niños—, las cicatrices que eso dejaba, deja. Creía que algún año más cercano que distante iba a ser el mío y, a partir de ese momento, las cosas cambiarían. Para mejor, claro. Hoy, igualmente estúpido pero con la inocencia arrojada entre bilis y asco de mí mismo, me limito a purgar fantasmas irónicamente con versos que recogen desengaño y nada: "Eso —te dices—, tú sigue así, esperando que te llegue tu momento. Que ya verás cuando te des cuenta."

Pero no es esto de lo que os quiero hablar hoy. La cosa va de cine. De cine y narración. Este viernes, mientras conducía de Lepe a Arcos para llevar el coche al taller y pagar con buena cara —encima da uno las gracias—doscientos euros por un par de ruedas, pensaba en mis queridos alumnos de primero de Bachillerato y en lo que habíamos visto en clase los últimos días: tipologías textuales, texto narrativo et alii. Pansaba en el tiempo narrativo, en la linealidad, en el flash-back (recordad, niños, el capítulo del miedo a volar de Marge Simpson), en el flash-forward (ídem para un capítulo cualquiera de CSI), y en cómo mostrarles claramente que en la narrativa moderna los juegos temporales son muy normales, y que, además, esos juegos tienen como objetivo en muchos casos mostrar la fragmentación de la vida actual y el desquiciamiento del personal. Por si esto fuera poco, pensaba en uno de los constituyentes básicos del texto narrativo, el personaje, y en que es también moneda de cambio habitual de la narrativa moderna crear personajes múltiples, colectivos, o crear textos en los que aparezca un gran número de personajes cuyas historias o vivencias se mezclen, se confundan. Por si hay algún purista por ahí, que de todo hay en la viña del Señor, soy consciente de que estos juegos se han hecho de toda la vida de Dios, pero cuando hablo de narrativa moderna me refiero a nuevas formas de afrontar el hecho narrativo, estén los textos escritos en el siglo XVII (el Quijote, ni más ni menos) o en el siglo XXI.

En fin, que todo esto pensaba yo —sí, tenéis toda la razón, ¡vaya vida miserable debe llevar este tipo para pensar un viernes recién salido del trabajo en estas cosas!... os remito al segundo párrafo— cuando se me ocurrió Pulp Fiction, película imprescindible de Quentin Tarantino, como muestra perfecta para comprender, más allá de mis explicaciones insuficientes, la maravilla del arte de contar. Saltos en el tiempo, diálogos vibrantes, personajes cuyas vidas se cruzan, se mezclan, se separan, acción, tiros, sangre, palabrotas, una banda sonora para llevarse al fin del mundo... Joder, tíos, ¿qué coño hacéis leyendo esto en lugar de pinchar más abajo y comenzar a ver la peli?


Así pues, queridos míos, quien se sienta preparado puede reclinar su asiento, desabrocharse el cinturón, abrir bien los ojos y alucinar con esta peli. Pinchad aquí, hombres y mujeres de Dios, para verla... y no se lo contéis a nadie.



Nota a pie de página: hay un capítulo de Los Simpsons en el que se parodia una escena de Pulp Fiction. Mirad, mirad..., ¿lo recordáis?


sábado, 16 de enero de 2010

Sangre para olvidar.

En la última escena, cuando ya el Novio y Leonardo se han dado lo suyo a navajazo limpio, la Novia llega con las dos manos ensangrentadas —tampoco hay que ser el mejor hermeneuta del mundo para darse cuenta de que la sangre de cada mano pertenenece a cada uno de sus dos hombres—, pero muy ensangrentadas tipo peli gore, y se arrodilla allí delante de la Madre y le suelta algunas de las mejores líneas de la obra (ah, a propósito, estoy hablando de Bodas de sangre, de Lorca, nuevo montaje en el que han colaborado el CAT —Centro Andaluz de Teatro— y el CDN —Centro Drámatico Nacional— y que se puede ver hasta el día 31 de enero en el Teatro Central, en Sevilla):

¡PORQUE yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no quería, ¡óyelo bien!. Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!




Pero, claro, para entonces ya la obra estaba perdida. Perdida por muchas causas: por la dicción de los actores, que oscilaba entre la pronunciación de las eses implosivas o su aspiración, entre la aspiración de la velar fricativa sorda (vulgo jota) y su aspiración, perdida porque los actores —y esto es marca de la casa del CAT, ya les vale— telegrafían los movimientos tipo sheriff del Oeste (las manos semiabiertas a la altura de las caderas) y sobreactúan cada palabra para dotarla de una supuesta intensidad sin tener en cuenta que el efecto conseguido es justamente el contrario... A esto hay que añadir dos borrachos (sic) sentados en la fila de delante y toda una caterva de alumnos de 2º de Bachillerato oligofrénicos más preocupados en meter bulla que en prestar atención. Por si alguien no se ha coscado hasta ahora, no, no me gustó nada el montaje (nota: ¿cuándo vamos a superar las escenografías basadas en paredes móviles? Joder, desde una Celestina que vi siendo mocito se lleva utilizando eso... ¡hay que innovar!). Claro, que siempre será mejor ver esto que absorber los despapuchos de Juanito el Golosina (resic) en uno de los cubos de basura de la tiví.

Otra cosa es el texto de Bodas de sangre. Ahí ya la cosa cambia. Es Lorca, para bien y para mal. Con sus lunas y sus simbolismos no sé si simples o demasiado manidos ya, pero también con su apelación a lo más profundo —primitivo también— de nosotros mismos: la esencia de la tragedia. Me siguen poniendo un nudo en la garganta estas palabras de la Madre a propósito de los hijos, de cuánto cuesta criarlos y de cuánto duele que mueran:

PADRE: Lo que yo quisiera es que esto [que su hija y el Novio tengan descendencia] fuera cosa de un día. Que en seguida tuvieran dos o tres hombres.

Madre: Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.


Hay una versión cinematográfica de Bodas de sangre dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Antonio Canales y Cristina Hoyos. Os dejo el tráiler, a ver qué os parece.




Y lo mejor de todo, sin duda. El texto completo de Bodas de sangre.