jueves, 19 de febrero de 2009

Sed de Maldoror (II).


Dado que, en su día, Lautréamont y sus Cantos de Maldoror fueron del agrado de la muchachada silente seguidora de este humilde blog, me he permitido insistir con algún nuevo texto que supera en degeneración y maldad a los precedentes. Dedicado, especialmente, a Leo, Alberto y Lucas, que me hicieron llegar su gusto insano por el Conde. Ahí va:

HE aquí a la loca que pasa bailando mientras, vagamente, recuerda alguna cosa. Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo. Ella blande un bastón y finge perseguirles, luego reemprende su carrera. Se ha dejado un zapa­to en el camino y no lo advierte. Largas patas de araña re­corren su nuca; son tan sólo sus cabellos. Su rostro no se parece ya al rostro humano y lanza carcajadas como las de la hiena. Deja escapar jirones de frases en los que, reuniéndo­los, muy pocos encontrarían un significado claro. Su vestido, agujereado en más de un lugar, ejecuta entrecortados movi­mientos alrededor de sus piernas huesudas y embarradas. Camina hacia adelante, como la hoja del álamo, empujada, ella, su juventud, sus ilusiones y su felicidad pasada, que re­cuerda a través de las brumas de una inteligencia destruida, por el torbellino de las facultades inconscientes. Ha perdido su gracia y su belleza primitivas; sus andares son innobles y su aliento hiede a aguardiente. Sería oportuno asombrarse por ello si los hombres fueron felices en esta tierra. La loca no hace reproche alguno, es demasiado orgullosa para que­jarse, y morirá sin haber revelado su secreto a quienes se in­teresan por ella, pero a los que les ha prohibido, para siem­pre, dirigirle la palabra. Los niños la persiguen a pedradas, como si fuera un mirlo. Ha dejado caer de su seno un rollo de papel. Un desconocido lo recoge, se encierra en su casa toda la noche y lee el manuscrito, que contiene lo siguiente:

«Tras muchos años estériles, la Providencia me envió una hija. Durante tres días me arrodillé en las iglesias y no dejé de alabar agradecida el gran nombre de Aquel que, por fin, había colmado mis votos. Alimenté con mi propia leche a la que era más que mi vida y la veía crecer rápidamente, dota­da de todas las cualidades del alma y del cuerpo. Me decía: "Quisiera tener una hermanita para divertirme con ella; pí­dele al buen Dios que me la envíe; y, como recompensa, trenzaré para él una guirnalda de violetas, menta y gera­nios". Por toda respuesta, la estrechaba contra mi seno y la besaba con amor. Sabía ya interesarse por los animales y me preguntaba por qué la golondrina se limita a rozar con el ala las chozas humanas, sin atreverse a entrar. Pero yo ponía un dedo sobre mis labios, como diciéndole que guardara silen­cio ante tan grave cuestión, cuyos elementos no quería to­davía hacerle comprender, para no herir, con una sensación excesiva, su imaginación infantil; y me apresuraba a desviar la conversación de aquel tema, que es difícil de tratar para cualquier ser perteneciente a la raza que ha extendido un in­justo dominio sobre los demás animales de la creación. Cuando me hablaba de las tumbas del cementerio, dicién­dome que en aquella atmósfera se respiraban agradables perfumes de ciprés y siemprevivas, me guardaba mucho de contradecirla; pero le decía que era la ciudad de los pájaros, que, allí, cantaban de la aurora al crepúsculo vespertino, y que las tumbas eran sus nidos, donde se acostaban por la noche con su familia, levantando el mármol. Yo había cosido los bonitos vestidos que llevaba, así como los encajes, de mil arabescos, que reservaba para el domingo. En invierno, te­nía su legítimo lugar ante la gran chimenea, pues se creía una persona seria, y, en verano, la pradera reconocía la sua­ve presión de sus pasos cuando se aventuraba, con su red de seda atada al extremo de un junco, tras de los colibríes, lle­nos de independencia, y de las mariposas de incómodos zig­zagueas. "¿Qué haces, pequeña vagabunda, si hace ya una hora que la sopa te espera, con la cuchara que se impacien­ta?" Pero ella exclamaba, arrojándose a mi cuello, que no vol­vería a hacerlo. A la mañana siguiente, se escapaba de nue­vo por entre margaritas y resedas; entre los rayos del sol y el atorbellinado vuelo de los insectos efímeros; conociendo sólo la copa prismática de la vida, pero todavía no su hiel; fe­liz de ser mayor que el abejaruco; burlándose de la curruca, que no canta tan bien como el ruiseñor; sacando a escondi­das la lengua al feo cuervo, que la miraba paternalmente; y graciosa como un gato joven. No iba a gozar mucho tiempo de su presencia; se aproximaba la hora en que debía, de modo inesperado, despedirse de los hechizos de la vida, abandonando para siempre la compañía de las tórtolas, las gallinetas y los verderones, los parloteos del tulipán y de la anémona, los consejos de las hierbas de la marisma, el mor­daz espíritu de las ranas y el frescor de los arroyuelos. Me contaron lo que había ocurrido; pues yo no estuve presente en el acontecimiento que produjo la muerte de mi hija. Si lo hubiera estado, habría defendido a aquel ángel al precio de mi sangre... Pasaba Maldoror con su perro de presa; ve a una chiquilla que duerme a la sombra de un plátano y cree, pri­mero, que es una rosa. No podría decirse qué se abrió antes camino en su espíritu, si la visión de la niña o la resolución que la siguió. Se desviste con rapidez, como un hombre que sabe lo que se dispone a hacer. Desnudo como una piedra se ha arrojado sobre el cuerpo de la muchacha y le ha quita­do la ropa para cometer un atentado al pudor... ¡A la luz del día! ¡Vamos, eso no tiene importancia!... No insistamos sobre esa acción impura. Con el espíritu insatisfecho, se viste de nuevo precipitadamente, lanza una cauta mirada al camino polvoriento, por donde nadie transita, y ordena al perro que estrangule, con el movimiento de sus quijadas, a la ensan­grentada niña. Indica al perro montaraz el lugar donde res­pira y aúlla la sufriente víctima y se aparta, para no ser testi­go de la entrada de los puntiagudos colmillos en las venas rosadas. Al perro de presa le pudo parecer duro cumplir esa orden. Creyó que le exigían lo que había sido perpetrado ya y se limitó, aquel lobo de monstruoso hocico, a violar tam­bién la virginidad de aquella delicada niña. De su desgarra­do vientre, la sangre corre de nuevo por sus piernas y a tra­vés del prado. Sus gemidos se unen al llanto del animal. La muchacha le ofrece la cruz de oro que adornaba su garganta para que la respete; no se había atrevido a ofrecérsela a los huraños ojos de quien, primero, había ideado apro­vecharse de débil edad. Pero el perro no ignoraba que, si desobedecía a su dueño, un cuchillo lanzado por debajo de una manga abriría bruscamente, sin demasiados aspavien­tos, sus entrañas. Maldoror (¡cómo me repugna pronunciar este nombre!) escuchaba esas agonías de dolor y se asom­braba de que la víctima tuviera una vida tan resistente como para no haber muerto todavía. Se acerca al altar sacrificial y ve el comportamiento de su perro, entregado a las bajas in­clinaciones y que levantaba la cabeza por encima de la mu­chacha, como un náufrago levanta la suya por encima de las furiosas olas. Le da un puntapié y le revienta un ojo. El pe­rro, encolerizado, huye por el campo arrastrando tras de sí, un trecho de camino que sería demasiado largo ya por corto que fuera, el cuerpo de la chiquilla que sólo se desprende, más tarde, gracias a las irregulares sacudidas de la fuga; pero teme atacar a su dueño, que no volverá a verlo. Éste saca de su bolsillo una navaja americana, compuesta por diez o doce hojas que sirven para distintos usos. Abre las angulosas pa­tas de esa hidra de acero y, provisto de semejante escalpelo, viendo que la hierba no desaparecía aún teñida por tanta sangre derramada, se dispone, sin palidecer, a hurgar vale­rosamente en la vagina de la desgraciada niña. De aquel am­pliado agujero extrae, uno tras otro, los órganos internos; in­testinos, pulmones, hígado y, por fin, el propio corazón son arrancados de sus fundamentos y llevados a la luz del día por la espantosa abertura. El sacrificador advierte que la muchacha, pollo vaciado, está muerta desde hace tiempo; cesa en la creciente perseverancia de sus estragos y deja que el cadáver repose de nuevo a la sombra del plátano. Recogie­ron la navaja abandonada a pocos pasos de allí. Un pastor, testigo del crimen, cuyo autor no fue descubierto, sólo lo contó, mucho tiempo después, cuando estuvo seguro de que el criminal había llegado con seguridad a las fronteras y no debía ya temer la segura venganza proferida contra él, en caso de que lo revelara. Compadecí al insensato que había cometido aquella fechoría, que el legislador no había pre­visto y que no tenía precedentes. Le compadecí porque, pro­bablemente, no conservaba el uso de su razón cuando ma­nejó el puñal de hoja cuatro veces triple, lacerando de arriba abajo las paredes de las vísceras. Le compadecí porque, si no estaba loco, su vergonzosa conducta debía de ocultar un odio muy grande contra sus semejantes puesto que así se en­sañaba en las carnes y las arterias de una inofensiva niña, que fue mi hija. Asistí al entierro de aquellos escombros hu­manos con muda resignación; y cada día voy a orar sobre una tumba.» Al finalizar esta lectura, el desconocido no pue­de mantener sus fuerzas y se desvanece. Recupera el cono­cimiento y quema el manuscrito. Había olvidado este re­cuerdo de su juventud (¡la costumbre embota la memoria!); y tras veinte años de ausencia regresaba a ese país fatal. ¡No comprará ya perros de presa!... ¡No conversará con los pas­tores!... ¡No se acostará a la sombra de los plátanos!... Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo.

jueves, 15 de enero de 2009

Desde el subsuelo.


Ahora vendría bien comenzar este post con una referencia, por ejemplo, a Maridos y mujeres y decir que en ella Woody Allen, mientras habla de literatura rusa con su tierna alumna Juliette Lewis, le asegura que Dostoievski es un "menú completo". Vale. O tirar de los dos o tres libritos que he leído de este tío y, a medias con algún plagio de internet, malparir aquí alguna subagudeza sobre cómo escribe y piensa en tal Fiódor. Vale. Pero resulta que Memorias del subsuelo trata, precisamente, de todo esto, de la destrucción de las máscaras que nos fabricamos para vivir. Así que, para ser honesto, lo que tendría que hacer es copiar el texto que quiera y punto. En realidad, no lo hago para ser honesto, simplemente no tengo ganas de escribir. ¿Alguien quiere un menú completito de desenmascaramiento en vena? Pues creo que las librerías cierran a las nueve o nueve y media. Bueno, la de El Corte Inglés, a las diez. Y sería un puntazo comprar este libro ahí.


"Recuerdo muchas cosas con desagrado, sin embargo... ¿no será mejor finalizar aquí estas «Memorias»? Creo que fue un error escribirlas. En todo caso no he dejado de sentir vergüenza mientras escribía este relato; será que se trata más de un castigo correctivo que propiamente de literatura. Puesto que contar, por ejemplo, largas historias sobre cómo malgastaba yo mi vida pudriéndome moralmente en un rincón a causa de mis pocos medios, la pérdida del contacto con las cosas vivas y la vanidosa maldad del subsuelo, ¡lo juro por Dios, que es muy poco interesante! En una novela tiene que haber un héroe, y aquí se reúnen a propósito todos los rasgos de un antihéroe, y lo que es más importante aún, que todo eso produce una sensación de lo más desagradable, dado que hemos perdido la costumbre de vivir, y el que más o el que menos cojeamos todos. Hasta tal punto estamos desligados de la vida que hasta sentimos aversión hacia la auténtica «vida viva», y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos frecuentemente escarbando por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos. Y todavía sería peor para nosotros si se cumplieran todos nuestros deseos y caprichos más remotos. ¡Inténtenlo, ofrézcannos más autonomía, desaten las manos a cualquiera de nosotros, amplíen el campo de nuestras actividades, debiliten la influencia de la tutela, y... les aseguro que al instante pediríamos ser nuevamente protegidos por la tutela! Sé que ustedes probablemente se enfaden conmigo y griten dando patadas al suelo: «¡Hable usted de sí mismo y de sus miserias del subsuelo, pero no ose decir todos nosotros.» Permítanme, señores, pero no me estoy disculpando con esa generalización. Respecto a mí, he de decir que he llevado hasta el último extremo aquello que ustedes no se han atrevido a llevar ni a la mitad del camino, y, por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más «vivo» que todos ustedes! ¡Vayan con más cuidado! ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjennos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos, de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una nueva especie de seres omnihumanos. Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más. Le estamos cogiendo gusto. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas. Pero por ahora basta; no quiero escribir más «desde el subsuelo»..."

Ea, F-I-N.

sábado, 3 de enero de 2009

Die Welle.


Hace años, en Badajoz, en un tiempo en el que el primer (o el segundo, ya no recuerdo) Gran Hermano causaba furor y estridencias en el territorio patrio, tuve la oportunidad de ver una película alemana llamada El experimento. El punto de partida no podía resultar más coincidente: con la excusa de investigar científicamente el comportamiento agresivo de los seres humanos en un entorno coercitivo, veinte personas son encerradas en una cárcel. Diez son guardianes; diez, prisioneros. Os podéis imaginar que la detentación del poder de un ser humano sobre un semejante es una oportunidad irrenunciable para mostrar lo peor de nosotros mismos. El experimento acabó, pues, como tenía que acabar. Ya lo dice el tierno refrán español: "Dale a Juanillo un carguillo".

La Ola (Die Welle) también propone otro experimento, y también percute sobre otra de las debilidades humanas. En un instituto de secundaria alemán, se celebra una "Semana de proyectos", semana dedicada al tratamiento monográfico de una determinada materia. Rainer Wenger es un profesor —okupa en sus años universitarios— al que le hubiese gustado impartir el proyecto sobre Anarquía. Sin embargo, contra su voluntad, se ve obligado a impartir el de Autocracia (sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona o de un grupo es la suprema ley). Sus alumnos —os lo podéis imaginar— están tan desmotivados como él. Sólo pretenden trabajar y pensar lo menos posible. El primer día, hablando sobre dictadores y dictaduras, sobre Hitler y el III Reich, surge la siguiente pregunta: "¿Sería posible que en la Alemania actual ocurriese algo parecido a lo que ya ocurrió en el pasado?" Al señor Wenger se le acaba de ocurrir una idea. Acaba de nacer La Ola.

En un principio, sólo fue un experimento, un trabajo de clase. Se trataba de mostrar a los alumnos el significado de la autocracia de forma práctica, que pudiesen ver cómo crear la idea de grupo, la de disciplina y diferencia respecto de los demás no era algo del pasado y, además, era admitido de buen grado por una comunidad. El experimento estaba resultando todo un éxito. Los alumnos se sentían involucrados en el proyecto, colaboraban. Su actitud, en clase y en sus vidas, estaba cambiando. Sin embargo,
La Ola comenzaba a ser otra cosa. Algo muy distinto (o no) a lo que el señor Wenger había planificado.

De esta película, además del mensaje claro y directo de lo fácilmente manipulables que somos todos cuando sentimos la necesidad de pertenecer a un grupo y de buscar su amparo para llenar nuestras vidas, me llama la atención el personaje del protagonista, el profesor Rainer Wenger. Toda autocracia necesita un líder. Y los delirios megalómanos de cualquiera de nosotros siempre van a estar dispuestos a ser encumbrados por un grupo. Nada tan tentador como el poder.

Está en el cine. Merece la pena. También aquí.



Nota: observad el instituto alemán. ¿A cuánto estamos de eso? ¿Por qué nuestros lugares de trabajo se parecen más a cárceles que a centros educativos?

martes, 30 de diciembre de 2008

Confidencias (II). Amor más.


Era la disputa de siempre: Betis o Sevilla. Jugadores, tópicos aprendidos en las retransmisiones, pátinas sentimentales bajo las que ocultar la inefable felicidad de que el balón entre o no. Música suave para el atardecer de un lunes. Medias pintas de Guinness —omito el pleonasmo— circunvalando distancias entre las cuatro esquinas de la mesa. Kanouté, Mehmet Aurelio, el primo guapo de Álvaro. Y La ciudad allí tirada, en mitad de vosotras dos. Cerradas, aguardando el instante en que os eligen, así son las letras. Tú te dejabas mirar por Karmelo; tú te dejabas tentar por sus páginas. Antes o después, La carretera, Hierro3, La princesa Mononoke, Lolita. El premio a un mes de trabajo en la librería de tu tío; nuestra conversación de viernes mientras te decía cómo me había impresionado la película de Kim Ki-Duk, esa bellísima escena final que nos dejó sin palabras (apuntado quedó el título en el móvil); la escena del jabalí pútrido impresionando los ojos de una niña; luz de mi vida, fuego de mis entrañas.

Acercando vuestras manos. Resulta raro abrir un libro en un bar un lunes a las siete de la tarde. Pero la gloria de la sístole-diástole únicamente está reservada a las que se arriesgan a abrir puertas en lugares ignotos. Os veía en la distancia de los poemas: la absorción de la tinta iba manchando vuestros ojos pretodo. ¿Quién es este tío, Pablo? ¿Te pasa algo? La ciudad, con ser la ciudad, en unos cuantos versos de arte menor (o mayor) cabe. Y en los cuatro ojos que la miran, reedificándola con el movimiento de vuestros labios mientras la leen.

El tiempo del amor más. Anverso-reverso del menos. Ciclo agridulce de esta joda-fiesta brava. Vivir. Os estará tocando todo esto. No os apresuréis, os seguirá tocando. Pero apuradlo hasta el fondo. No hay otra cosa. Los demagogos siempre son atractivos (aunque, afortunadamente, en ese reino caben otras tipologías). Os enamoraréis de varios de ésos. Suerte la suya. Os romperán el corazón, esos mismos u otros. Alguno también romperéis vosotras. No será cosa vuestra, vale, pero tratadlo bien. Echarse a amar y volver con la boca partida es un acto de valentía que nunca debe ser despreciado (aunque él sea feo, torpe, calvo y no levante más de dos palmos del suelo).

Hay dos cosas dignas que se pueden hacer con un libro. Una, leerlo. Otra, robarlo. ¿Te lo robo? Anda, llévatelo. Un beso a las dos.


"La leve sombra"

La leve sombra que proyectas
sobre la sábana recién inaugurada,
es un país tranquilo, acogedor,
donde se hospeda
—por pura complacencia—
toda la luz del mundo.


"Las mujeres" (poema para Juan)

No sé qué tienen
—además
de lo que tienen—, pero
sin duda
es mágico.
Capaces
con un mínimo
gesto
de hacerte desear
no haber nacido nunca
en un instante
y que al siguiente
te arrojes a sus pies, pasan
siempre de largo.
Sus miradas
desarman.
Sus caricias
te pueden reducir
a un pobre
imbécil. Son
como el alumbrado
de la vida.
Las mujeres. Lo máximo.


"Una mujer"

Una mujer
a la que no sólo
no le falta
de nada, sino
que tiene para dar y tomar
de todo lo que a los hombres
—por mucho que digamos
lo contrario— tanto nos gusta
en las mujeres:

feminidad, sutileza,
clase, buen humor,
ternura,

y una carcasa alucinante.

Ésa eres tú.


"Acaso hace falta más"

La oigo subir por la escalera,
es ella, pienso,
estoy seguro,
sólo ella es capaz
de sacarle esa música
al cemento,
ya está aquí,
abro la puerta, la ayudo
con las bolsas:
pan, jamón,
cerveza, café, queso...
comemos
y nos reímos un rato
del mundo.

¿Que por qué?
Ni lo sé
ni me importa.
Es miércoles,
tres de marzo,
un día gris, oscuro,
sin historia,
un día de perros, sí,
pero estamos enamorados.
¿Acaso hace falta más?


"Así sí"

Te digo que te quiero,
pero no te suena
bien.
Vuelvo a intentarlo
con más énfasis,
pero tampoco te convence.
Nos miramos
un rato,
en silencio...,
y rompemos a reír
a carcajadas.
Pero en qué estaría
pensando.
Que se vayan al carajo
las palabras.
Te acaricio largamente
las piernas,
y te beso en la boca,
y te muerdo la nariz,
y... tú
me dices que así sí.

martes, 9 de diciembre de 2008

Confidencias (I). Amor menos.


Como esperando se me acentúan los sentimientos de estupidez e inutilidad, entre otros, antes de salir del piso de Víctor me echó mano un librillo al que llevaba observando en la estantería desde hacía tiempo. Primero me llamó la atención por la portada con tonos verdes. Después, porque el autor tenía nombre vasco, Karmelo Iribarren. Y por el título, La ciudad. De todas formas, poco habría importado todo si no me moviese también el snobismo vomitivo de conocer a un poeta nuevecillo y fardar de eso sacándome un par de versos suyos en una conversación, en un bar, jugando al intelectual marchito para epatar a alguna torda o, si me apuráis, incluso a algún jambo (o a algún amigo, si no hay otro remedio). El caso es creer que uno impresiona con estas cosas. Sí, así de vacío estoy.

Pues bien, me pongo el abrigo —me da un toque más underground y me acerca más a la imagen (otra falacia mía) que pretendo dar de mí mismo—, cojo el coche y me voy al aeropuerto, a esperar, y dispuesto a pasarlo en grande sintiéndome estúpido e inútil pero, eso sí, diciéndole al mundo ahí os jodéis que yo tengo mi poeta y vosotros no. Como si al mundo le importara algo esto. En fin, las cosas.

Claro, con ese título, La ciudad, los versitos no podían ir más que de lo que iban: de la ciudad, de poeta urbano, con bares, barras, tías, tíos, alcohol, lenguaje postmoderno, referencias culturales para ser guay, de cinismo y jueguecitos de palabras, de ser un poquito maldito pero también un poquito adorable, de ser sufridor gratuito y cabrito entrañable, de jugar a ser madurito-atractivo-desaliñado-peterpan-virgencitaquemequedecomoestoy... En fin, de toda esa porquería que yo intento. Joder, cómo nos eligen los libros. Qué asco.

Y como mi padre me enseñó a llegar a los sitios con antelación, tenía cuarenta minutos de espera. Cuarenta minutos que, por otra parte, me tocaría pagar en el parking. Pero bueno, yo tenía mi libro y tal. Me siento para que se me vea pero sin que se note (claro, uno juega a pasar de todo pero quiere que lo miren). Y me pongo a leer. Aquí van algunos poemas, con comentario, alrededor del tema del amor que se va a hacer puñetas, algo que, por otra parte, es lo que le suele ocurrir al amor la mayoría de las veces. Espero que ya, a vuestra tierna edad, lo estéis probando —y sufriendo— a base de bien. ¿A que se pasa de maravilla? Ea, pues bienvenidos. Ah, he seleccionado los poemas en orden cronológico: desde el hastío inicial al desconocimiento final, pasando, por supuesto, por la ruptura. Así queda más dramático y veis que todo lo que es susceptible de empeorar siempre termina empeorando. Venga, al lío.


"El principio del fin"

Mientras ella se desnuda
poco a poco, incendiando
la alcoba,
él
—absorto en la pantalla,
ajeno por completo
a la deflagración—,
se juega mentalmente
un carajillo
a que el malo es el juez.


Claro, ahora pensaréis que si ella (o él) se desnuda, nadie puede estar absorto en ninguna pantalla de televisión, por muy granhermano o sellamacopla que se ponga la cosa. Jajaja. Daría igual que cayera muerta (o muerto) en ese mismo instante. El tiempo hace preferible a maríadelmonte o a anasosaquintana en lugar de la torda (o del jambo) que dijimos amar una vez. Eso, las cosas.


"Lo peor, lo más triste"

No sé si soy
feliz,
si verdaderamente
lo he sido
alguna vez;
aunque creo que no.
Y a ti te ocurre
otro tanto,
me consta.
Pero no es esto
lo peor.
Lo peor del caso,
lo más triste,
es que ya
ni siquiera
nos importa.


Consecuencia de lo anterior. Porque esas cosas se notan. Sí, claro, nos hemos buscado la excusita de "estamos pasando una mala racha" o "una mala temporada" para no decirle a quien tenemos enfrente que la cosa se acaba y que, en la medida de lo posible, lo infiera ella misma y se las apañe como pueda. Lo que no alcanzamos a comprender la mayoría de las veces es que quien tenemos enfrente está tratando de hacer con nosotros exactamente lo mismo. Pero, vamos, forma parte del juego y así van tirando las cosas.


"Sinceridad"

Querías sinceridad sobre todas
las cosas. Que entre nosotros
—dijiste—, nunca se interpusieran
perfidias ni secretos. Que la duda
no arraigase jamás en nuestros
corazones. Querías sinceridad
a cualquier precio. Y que yo
sepa, eso es lo único que hice,
ser sincero, cuando te dije
que me lo había hecho una noche
con tu amiga. No entiendo,
pues, a qué vienen ahora esos
insultos, ni esas miradas torvas,
ni esas lágrimas. No entiendo
de qué vas, sinceramente.


Venga, otro topicazo: "Tenemos que ser sinceros. Nos lo tenemos que decir todo, cari, gordi" (ojo al parche con los vocativos). El que dijo esto por primera vez estará en el infierno junto a Hitler y Goebbels, seguro. O debería estarlo. Pero, vamos, cualquiera dice que no. Hay que pasar por el aro. El caso es que ser sincero para decir "te quiero" es lo más fácil del mundo. Otra cosa es serlo para decir lo que confiesa el del poema. ¿Veis?, ahí ya no es lo mismo. Me da a mí que las sinceridades no se valoran de la misma forma. Pero, vamos, que hay que ser sincero no voy a ser yo quien lo niegue.


"Ya ves, nada"

«No te vayas, no me dejes así»,
te hubiese dicho entonces.
Pero no dije nada, sin embargo.
Me quedé quieto, allí, bajo
la lluvia, como un perfecto imbécil,
viendo cómo te ibas para siempre.
Eso es lo único que hice. Luego,
es verdad, bebí durante muchos
meses mucho, demasiado. Hasta
que una mañana de resaca infernal
te vomité en la alfombra. Y esa fue
al final toda la historia. Ya ves,
nada: talego y medio de tintorería.


Ea, poemita con estrambote. Después de apostar a que el malo era el juez, de importarle poco si había sido o no feliz y de montárselo con la amiga, sería demasiado cinismo —aunque nunca descartable— decirle "no te vayas, no me dejes así". Claro que, pese a todo, luego viene lo de pasarlo mal. Y ahí cada uno tiene sus medios. El caso es estar hundido, que es de lo que se trata. Y, claro, los malditos —que son muy tremendistas y que no se distinguen, precisamente, por su inteligencia— le dan al alcohol porque tienen demasiadas pelis de Bogart y demasiado cine negro encima. Después, todo se pasa. ¡Qué pena!


"Dos extraños"

Cruzar cuatro palabras en un
bar, y percibir al instante
que nada queda de aquella
vieja historia. Que somos dos
extraños, nada más. Dos extraños
a los que la vida puso en una
esquina el tiempo justo para
engañarse un poco, gozar
también a veces, e incluso
prometerse irrealidades.
Dos extraños que esta noche
se miran con indiferencia,
o apenas si se miran. Que tienen
prisa, ganas de despedirse,
de volver a su mundo. Y que
ya ni se molestan en fingir.


Ay, esa sensación es extraña las primeras veces. La tienes ahí delante, estáis rodeados de otros, y, aunque mientras transcurría el poema anterior a éste te pareciera imposible, ahora la ves y ya no queda nada. No, nada. Y lo reconoces, y te alegras, y te vienes arriba hablando con ella, y te muestras alegre, locuaz, incluso amistosamente cercano. Joder, qué bien estoy, piensas. Claro que quien tienes delante también piensa lo mismo y, además, seguro que lo consiguió antes, mejor y más barato que tú. Ya verás cuando, esta noche, te des cuenta de esto. A ver si ahí te ríes también, mono.


"Lo difícil"

Enamorarse es fácil.

Uno puede enamorarse
—sin demasiado
esfuerzo—
varias veces al día,
a nada
que se lo proponga
y se mueva un poco por ahí;
y si es verano,
ni te cuento.

Enamorarse no tiene
mayor mérito.
Lo realmente difícil
—no conozco
ningún caso—,
es salir entero
de una historia de amor.


Eso. A ver quién. Lo malo, siendo esto malo, no es que nadie salga entero, sino que todo el mundo reincide. Y encima decimos que es como la primera vez. El colmo.

Ah, si os gustan estos textos me lo decís y pongo más poemas. Tengo seleccionados algunos sobre el amor, sobre la vida ¿? y otros bastante cínicos. Bueno, y si no lo decís, también los pondré, que las tardes y las noches son largas por aquí, y la compañía, escasa. Ah, y si alguien se anima a escribir un poemita tipo Karmelo Iribarren, prometo regalar un librito suyo al mejor poema. Ea, saluditos, que hoy me siento generoso.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El doble.

"El desconocido se detuvo justa­mente ante la casa en la que el señor Goliadkin tenía su vi­vienda. Se oyó el tintineo de la campanilla y casi simultá­neamente el chirrido del cerrojo. Se abrió el postigo, el desco­nocido se agachó, quedó visible un momento y desapareció. Casi en el mismo instante llegó allí el señor Goliadkin y se deslizó veloz por el postigo. Sin escuchar al portero, que re­funfuñaba algo, entró corriendo en el patio, casi sin poder respirar, y por un segundo alcanzó a ver a su interesante com­pañero al pie de la escalera que conducía al piso del señor Goliadkin. Éste se lanzó en pos de él. La escalera estaba oscura, húmeda y mugrienta. En los descansillos había montones de basura depositados allí por los inquilinos. Un extraño que su­biese esa escalera después de anochecido necesitaría media hora para hacerlo, sin contar el riesgo de quebrarse una pier­na, y acabaría maldiciendo la escalera y a los amigos que se habían ido a vivir a semejante lugar. Pero el compañero del señor Goliadkin parecía ser conocido allí, mejor dicho, pare­cía alguien de la casa. Subía a paso ligero, sin esforzarse y con pleno conocimiento del sitio. El señor Goliadkin estuvo a punto de alcanzado. Dos o tres veces le rozó la nariz el borde del gabán del desconocido. De pronto se le cayó el alma a los pies. El misterioso personaje se detuvo frente a la puerta mis­ma del apartamento del señor Goliadkin, llamó con los nudi­llos y (lo que en otra ocasión hubiera sorprendido al señor Goliadkin) Petrushka, su sirviente, como si hubiera estado esperando sin acostarse, abrió al punto la puerta y con una bujía en la mano alumbró la entrada del desconocido. Fuera de sí, nuestro hé­roe entró corriendo en su domicilio. Sin despojarse del gabán y el sombrero siguió por el corto pasillo y se detuvo, como al­canzado por un rayo, en el umbral de su habitación. Todos los presentimientos del señor Goliadkin se habían cumplido. Todo lo que temía y sospechaba se había trocado en realidad. Se le cortó el aliento y sintió un mareo. El desconocido estaba sentado en su propia cama, sin quitarse el gabán y el sombre­ro; y con una ligera sonrisa, frunciendo levemente el entrece­jo, le dirigía un amistoso movimiento de cabeza. El señor Go­liadkin quiso gritar, pero no pudo; protestar de alguna mane­ra, pero le fallaron las fuerzas. Se le erizó el cabello y se desplomó exánime del horror que sentía. ¿Y cómo no? El se­ñor Goliadkin había reconocido enteramente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo, el propio señor Goliadkin, otro señor Goliadkin, pero absoluta­mente idéntico a él... En una palabra, su doble..."

El doble, Fiódor Dostoievski, Alianza Editorial, págs. 65, 66.


Ahora actualicemos qué cosa entendemos por novela realista. Sí, empecemos por ahí, por la cronología. Siglo XIX, ¿no? Mediados del siglo XIX, más o menos, en Europa —Tolstoi y Dostoievski en Rusia, Balzac y Flaubert en Francia, Dickens en Inglaterra—, y segunda mitad ya adelantada en España —Galdós escribió La fontana de oro, su primera novela, en 1968—. Ya se sabe, España tiene su ritmo. Y ahora, tratemos de definir qué entendemos por novela realista. Sí, venga, aunque sea una definición un poco escolar: "novela en la que se refleja fielmente la realidad, en la que, a diferencia del Romanticismo, el movimiento literario precedente, se eliminan la subjetividad y la imaginación excesiva y el escritor pretende limitarse a ser mero transmisor —notario casi— de los acontecimientos". Pues bien, ¿cómo nos explicamos que una novela de unos de los grandes escritores realistas, Fiódor M. Dostoivski, titulada El doble (1846), nos presente a un tipo que ha descubierto que tiene un doble exactamente igual a él: su mismo nombre, su mismo trabajo, su mismo aspecto físico...? No me negaréis que esto, de realismo, tiene poco.


Así comienza El doble, una novelita breve en la que Yakov Petrovich Goliadkin, su protagonista, ve tambalearse su vida por la llegada súbita de ¡un doble! Esta novela, que pasó sin mucha pena ni gloria por la carrera literaria de Dostoievski, adelantaba, sin embargo, uno de los grandes temas de la novela del siglo XX: el enfrentamiento de un hombre con fuerzas desconocidas, intangibles y, por tanto, contra las que es imposible luchar, a las que es imposible vencer. Así, la novela se nos presenta como trasunto de aquellas circunstancias existentes (se quiera o no se quiera) en la vida de todo individuo y a las que éste ha de hacer frente con disigual fortuna según los casos, aunque siempre sintiéndose aplastado, empequeñecido por el peso y la importancia de dichas circunstancias.

Sí, Dostoievski se adelantó en casi sesenta años a uno de los grandes novelistas del siglo XX, Franz Kafka, el escritor que mejor ha sabido plasmar la absoluta indefensión e inanidad del individuo frente a fuerzas avasalladoras y desconocidas —y por fuerzas avasalladoras y desconocidas podéis entender el poder, la burocracia, el Estado... cualquier tipo de autoridad superior al individuo—.

Sin embargo... es curioso. Cuando uno termina de leer El doble se da cuenta de que, quizás, sea la novela más realista de Dostoievski. Y es que, como decía Goethe, sólo todos los hombres viven lo humano. ¿Alguien se atreve a averiguar qué es lo humano que se esconde tras el señor Goliadkin? Ya estáis tardando.


miércoles, 26 de noviembre de 2008

Hayao Miyazaki.


"No ha acabado nada. Seguimos vivos. Y tú vas a ayudarme." Ashitaka le dice estas palabras a San, la reina de los lobos. San es La princesa Mononoke, uno de los personajes de esta película de animación japonesa del año 1997. Ya, imagino que estas cosas son distintas en Japón, que los tiempos, los ritmos y todo lo demás quizás no tengan nada que ver con los nuestros. Ahora bien, en la película de Hayao Miyazaki, director también de El viaje de Chihiro (2001), se constata algo que, no por evidente, resulta superfluo: hay elementos comunes a cualquier cultura, básicamente porque todas las culturas están formadas por personas.

Tanto La princesa Mononoke como El viaje de Chihiro muestran mundos, paisajes, texturas, formas de narrar... a las que no estamos acostumbrados. Su atmósfera es parecida a la de un sueño muy estilizado en el que no faltan momentos de tensión, desgarro e ilusión. Sí, ya sé que nada está quedando muy claro. Quizás sea mejor que me calle y tiremos de youtube para ver las dos pelis. Afortunadamente, están enteras.

La princesa mononoke.



El viaje de Chihiro.