martes, 11 de noviembre de 2008

Sed de Maldoror.


"Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura."

Ése es Maldoror. O Lautréamont, el Conde de Lautréamont. O Isidore Ducasse. En realidad, estos tres nombres muestran -u ocultan- a la misma persona, al hijo de un diplomático francés nacido en Montevideo (Uruguay), el 4 de abril de 1846. Isidore -el Conde de Lautréamont para la historia de la literatura- murió en 1870, dejando tras de sí un reguero de escándalos, sombras, abismos, tinieblas y, sobre todo, revolviéndole las tripas a la literatura canónica de su época -y de todas las épocas posteriores- con obras como Los cantos de Maldoror, de la que están sacadas las citas que ilustran estas líneas.

La exaltación de la violencia, del sadismo, del dolor, de los instintos más abyectos del hombre -y quizás los más sinceros-, del canibalismo, de todas las parafilias habidas y por haber... tienen cabida en estos seis cantos que suponen todo un reto de aguante para el lector, pero también una fuente inagotable de desautomatización de los temas y las formas de la literatura.

"Preferiría tener soldados los párpados, que mi cuerpo careciera de piernas y brazos, haber asesinado a un hombre, antes que ser tú. Porque te odio."


Lautréamont, al igual que otros malditos franceses como Baudelaire o Rimbaud, se valió del camino abierto por el Romanticismo como movimiento que promulgaba la abolición de imperativos morales, éticos, para explorar la amoralidad en todas sus facetas. Así, la crueldad, el dolor, la perversión, las drogas, la blasfemia y, en general, todo lo prohibido o lo considerado de mal gusto por parte de la buena sociedad forman parte habitual de las composiciones de estos poetas. A todo esto, hay que unir un exquisito dominio de la forma, del lenguaje, una visión estética de la vida que se traladaba al ámbito de la literatura y que proponía una idealización degradada (valga el oxímoron) del arte de vivir.


Os dejo un par de textos más de Los cantos de Maldoror. Ya sabéis, "no toquéis, si queréis vida".

"NO, no, te lo suplico; no aparezcas de nuevo ante mis cejas fruncidas y aviesas. En un instante de extravío, podría cogerte los brazos,' retorcerlos como si escurriera la colada o romperlos con es­truendo, como dos ramas secas, y hacértelos luego comer, empleando la fuerza. Podría, tomando tu cabeza entre mis manos, con aire acariciador y dulce, hundir mis ávidos dedos en los lóbulos de tu inocente cerebro, para extraer de ellos, con la sonrisa en los labios, una grasa eficaz que lave mis ojos, doloridos por el eterno insomnio de la vida. Podría, cosiendo tus párpados con una aguja, privarte del espectáculo del universo y hacerte imposible encontrar tu camino; y no sería yo quien te sirviera de guía. Podría, levantando tu cuer­po virgen con brazo de hierro, tomarte por las piernas, ha­certe girar a mi alrededor, como una honda, concentrar mis fuerzas al describir la última circunferencia, y arrojarte contra el muro. ¡Cada gota de sangre salpicará un pecho humano, para aterrorizar a los hombres y poner ante sus ojos el ejem­plo de mi maldad! Se arrancarán sin tregua jirones y jirones de carne; pero la gota de sangre permanece indeleble, en el mismo lugar, y brillará como un diamante. No temas, daré a media docena de criados la orden de guardar los venera­dos restos de tu cuerpo y preservarlos del apetito de los vo­races perros. Sin duda el cuerpo ha permanecido pegado en la muralla, como una pera madura, y no ha caído a tierra; pero, si no se presta atención, los perros saben dar elevados brincos."


"HAY que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh!, qué dulce resulta entonces arrancar brutalmente del lecho a un niño que nada tenga todavía sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, simular que se pasa dulcemente la mano por su frente, echando hacia atrás sus hermosos cabe­llos. Luego, de pronto, cuando menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, cuidando de que no muera; pues si muriese, no se tendría más tarde el espectáculo de sus miserias. A continuación, se bebe la sangre lamiendo sus he­ridas; y durante ese tiempo, que debiera ser largo como lar­ga es la eternidad, el niño llora. Nada es mejor que su sangre extraída como acabo de explicar y caliente todavía, salvo sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has gustado nunca tu sangre cuando, por azar, te has cortado un dedo? Qué buena es, ¿verdad?; pues no tiene gusto alguno. Además, ¿no recuerdas haberte llevado un día, entre lúgubres reflexiones, la mano, ahuecando la palma, a tu enfermizo rostro mojado por lo que de tus ojos caía; mano que luego se dirigió fatal­mente a tu boca, para beber a largos tragos, en esta copa, temblorosa como los dientes del alumno que mira de sosla­yo a quien nació para oprimirle, las lágrimas? ¿Qué buenas son verdad?; pues tienen el sabor del vinagre. Diríanse las lágrimas de la que más ama; pero las lágrimas del niño tie­nen mejor paladar. Él no traiciona, al no conocer todavía el mal: la que más ama acaba traicionando tarde o temprano... Lo adivino por analogía, aunque ignoro lo que sea la amis­tad o el amor (es probable que nunca los acepte; al menos viniendo de la raza humana). Así, puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate confiada­mente con las lágrimas y la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras sus palpitantes carnes; y, tras ha­ber escuchado durante largas horas sus sublimes gritos, pa­recidos a los hirientes estertores que lanzan en una batalla los gaznates de los heridos agonizantes, entonces, tras ha­berte apartado como una avalancha, saldrás corriendo de la vecina alcoba y fingirás acudir en su ayuda. Le desatarás las manos de hinchados nervios y venas, devolverás la vista a sus extraviados ojos, lamiendo de nuevo sus lágrimas y su sangre. ¡Qué auténtico es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que brilla en nosotros, y que tan raras veces se muestra, aparece; ¡pero demasiado tarde! Cómo se conmue­ve el corazón al poder consolar al inocente a quien se ha he­cho daño; «Adolescente que acabáis de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer en vos un crimen que no sé cómo calificar? ¡Infeliz! ¡Cuánto debéis de sufrir! Y si vuestra madre lo supiera, no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que ahora estoy yo. ¡Ay!, ¿qué son pues el bien y mal? ¿:¿Son acaso una misma cosa con la que damos, rabiosamente, testimonio de nuestra impotencia y de nuestra pasión por alcanzar el infinito, aun con los medios más insensatos? ¿O son dos cosas distintas? Sí... Sean más bien una sola cosa... pues, de lo contrario, ¿qué sería de mí el día del Juicio? Adolescente, perdóname; ha sido el que está ante tu rostro, noble y sagrado, quien te ha quebrado los huesos y desgarrado las carnes que cuelgan en distintos lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, es un instinto secreto que no depende de mi razonamiento como el del águila que desgarra su presa, lo que me ha llevado a cometer tal crimen?; ¡y, sin embargo, he sufrido tanto como mi víctima! Adolescente, perdóname. Una vez salidos de esta vida pasajera, deseo que permanezcamos abraza­dos por toda la eternidad; que formemos un solo ser, con mi boca pegada a la tuya. Ni siquiera así mi castigo será com­pleto. Me desgarrarás, entonces, sin detenerte nunca con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con per­fumadas guirnaldas para este holocausto expiatorio; y am­bos sufriremos, yo al ser desgarrado, tú por desgarrarme ... con mi boca pegada a la tuya. Oh adolescente de rubios ca­bellos, de tan dulces ojos, ¿harás ahora lo que te aconsejo? Quiero, a tu pesar, que lo hagas, y así complacerás mi conciencia». Tras haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano. y, al mismo tiempo, serás amado por él: es la ma­yor felicidad que pueda concebirse. Más tarde, podrás lle­varle al hospicio; pues el tullido no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro ocultarán tus pies desnudos, sembrados en la gran tum­ba, al anciano rostro. Oh tú, cuyo nombre no quiero escri­bir en esta página que consagra la santidad del crimen, sé que tu perdón fue inmenso como el universo. Pero ¡yo existo aún!"

3 comentarios:

Shanty dijo...

Paso a saludarte. Estuve aquí hace un tiempo, pero ratos tenía de no visitarte.
Un beso,
Shanty

Anónimo dijo...

Muy bueno. Este pasaje me ha gustado mucho me ha recordado un poco a La colonia penitenciaria pero solo porque esperaba leer algo del mismo estilo.
Un saludo un EX-alumno, Lucas.

Pd: Todavía sigo mirando estas cosas, aunque algún día me cansaré

Anónimo dijo...

Pablo insuperable como siempre...
me encanta maldoror, saludos de tu ex-alumno Rafa!