"Cuando la sombra del marco de la ventana apareció en las cortinas era entre las siete y las ocho y entonces me encontré de nuevo en el interior del tiempo, oyendo el reloj. Era el del abuelo y cuando padre me lo dio, dijo: Quentin, te doy el mausoleo de toda esperanza y deseo; es más que penosamente posible que lo uses para conseguir el reducto absurdo de toda experiencia humana, lo que no satisfará tus necesidades individuales más de lo que satisfizo las suyas o las de su padre. Te lo doy, no para que recuerdes el tiempo, sino para que consigas olvidarlo de vez en cuando durante un momento y no malgastes todo tu aliento intentando conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana, jamás, como él decía. Ni tan siquiera se libra. Solo el campo de batalla revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es ilusión de filósofos e idiotas."
He sido hijo tonto, niña consentida. He sido hermano sádico, también incestuoso. He sido madre enferma y padre ausente. He sido blanco y negro. He preparado cenas y me las he comido. He despreciado platos llenos, también corazones, alguna metáfora. Me he columpiado en los árboles prohibidos, solo a veces, en compañía otras. He cargado mi estupidez como un fardo humano, a cuestas, a rastras. He dicho deja de llorar, deberían llevarte a Jackson. He pedido vuelve a llorar, y el cauce entonces estaba seco. He sido el perro que ladraba la llegada de extraños y he sido envenedador de los ladridos que me delataban. He viajado tarde y mal, y en su momento y bien. He hecho todo el daño que he podido, voluntariamente. He pasado temporadas donde todos, arriba o abajo, creyendo que no hay salida. He salido, he comprobado que, después de todo, se estaba mucho mejor sin mí. Eso es lo que más me tranquiliza.
El ruido y la furia es el tercer libro que leo de William Faulkner. La poca teoría que sé de él me la han enseñado mis apuntes de Literatura Universal. Faulkner —dicen— creó un mundo propio que describe la vida de los habitantes del sur de los Estados Unidos, antiguas familias de blancos poderosos que asisten ajenas a su propia consumación. La grandeza de Faulkner —utilizan los apuntes estas palabras— reside en su capacidad de indagar en la naturaleza humana a partir de las vivencias de los seres de un mundo tan reducido. Después, como todo apunte, se pasa a otra cosa.
Seres extraviados. Me gustan los seres extraviados. Los sádicos, los idealistas, los mezquinos, los entregados, los amantes, los subnormales, los dictatoriales, los inocentes, los lascivos, los reprimidos. Me gustan todos. Porque es mi búsqueda en una sopa de letras. Aún no di con la pieza, que es tanto como decir que encajo en todos lados. Acaso sea solo cuestión de un par de muescas.
domingo, 16 de enero de 2011
Al campo de batalla.
martes, 6 de julio de 2010
El Tercer Reich.
Esta mañana, temprano, siete y media o algo así, mientras esperaba a que los chalanes del aire acondicionado hiciesen su esperada y currita aparición concertada, he estado leyendo a Borges, una antología publicada en Cátedra que compré hace una semana a un tipo que, sobre una manta, en el suelo, mostraba libros al lado de radiocassettes en la Gran Plaza. Me pidió un euro por Borges —me pareció un precio justo, razonable— y le ofrecí otro por Gómez de la Serna. El caso es que leyendo la antología, he encontrado un cuento que hacía mucho que no leía. Un clásico de Borges, Pierre Menard, autor del Quijote. El empeño titánico y, a la vez, espontáneo y natural de Pierre Menard por escribir el Quijote, no una segunda parte —o tercera, o cuarta, o quinta—, no una continuación, sino el mismo Quijote, línea por línea, que escribió Cervantes siempre me hace pensar en qué cosa es la literatura. Recuerdo que este año, explicándoles a mis alumnos de 1º de Bachillerato la literatura hasta el Barroco, les decía que el objeto de la literatura nunca cambia —eso que podemos llamar esencia—, lo único que cambia es el tratamiento verbal que los hombres damos a ese objeto. Esto, desde luego, es una simplificación impropia, pero me servía —es de lo que se trataba— para que comprendieran cómo, por ejemplo, la obsesión por el paso del tiempo que habíamos visto en la literatura tradicional —que se nos va la tarde, zagalas, que se nos va— es la misma que aparece en las Coplas de Manrique —cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando—, primas hermanas ambas del soneto de Garcilaso —coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto— o del gongorino —en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada—. A ver ahora cómo salgo del berenjenal en que me he metido.
Así que, por un lado, tenemos a Pierre Menard y a Cervantes y, por el otro, a Manrique, Garcilaso, Góngora... Y a Borges que, anacrónicamente, los une a todos. Para colmo, Víctor llega esta mañana y me dice que en la novela que acaba de terminar de leer, Nocilla experience, de Fernández Mallo, el final es calcado al final de Annie Hall, de Woody Allen, homenaje explícito, así excluimos la posibilidad del plagio. Por último—y aquí es donde quiero llegar—, cuando le digo que anoche terminé El Tercer Reich, de Roberto Bolaño, me contesta que en Nocilla experience, en un apartado final titulado "Aclaraciones y créditos", se nombra a Bolaño. El caso es que un personaje de la novela cuelga fórmulas matemáticas del mismo cordel del que tiende la ropa, y el autor aclara que, después de escribir la novela, un amigo le preguntó que si ese personaje era un homenaje a otro que aparece en la novela 2666, de Roberto Bolaño, en la que un viejo profesor también colgaba un libro de matemáticas del cordel de la ropa para que se aireen las fórmulas. El amigo le dice: "Me imagino que no has leído el libro [2666, de Bolaño] pero es una de esas coincidencias que joden o, como diría Borges, que forman un orden secreto." Por supuesto, Fernández Mallo le contesta: "En efecto, para mi sorpresa, yo no había leído ese libro, cosa que aclaro para constatar que al final todos volvemos, queramos o no, a las tramas ocultas de una literatura que nos sobrepasa". Y ahí tenemos donde yo quería llegar, a Bolaño, a Roberto Bolaño, aunque fijaos qué rodeo he tenido que dar.
Y quería llegar a Bolaño porque en El Tercer Reich, novela póstuma que comienza muy bien y a la que le cuesta terminar, hay páginas que me recuerdan a Kafka, a El Castillo, palabras, situaciones, giros que podrían haber sido escritos por Kafka. Descartado el plagio miserable de Bolaño —es uno de los novelistas más imaginativos y prepotentes que he leído—, solo me queda acudir al mismo argumento que Fernández Mallo: "al final todos volvemos, queramos o no, a las tramas ocultas de una literatura que nos sobrepasa".
Ahí va el primer capítulo de El Tercer Reich. El resto, en Anagrama.
lunes, 7 de junio de 2010
Caperucita y la Pantera Rosa.
Desde luego, a Caperucita Roja hay que respetarla, independientemente de lo rojo que se sea, incluso de si no se es rojo en absoluto. Nos ha producido solaz y esparcimiento narrativos en nuestra niñez; nos ha hecho aprender que, en el caso de tener una hijita pequeña y más o menos mona, nunca jamás hay que mandarla sola a un bosque en el que sospechemos que puede haber un lobo muy cabrón, por mucho que nuestra madre —la abuelita de la niña— se esté muriendo de hambre sola en la cama en mitad del susodicho bosque, que digo yo también que qué coño hace una vieja viviendo sola en el bosque, pero, vamos, eso es ya harina de otro costal; incluso el tal cuento de la Caperucita nos ha permitido engendrar alguna fantasía más o menos espuria según la cual determinada mocita de buen ver y de accesibilidad imposible se nos ponía a tiro con cestita y coletas y nosotros —que, por supuesto, representaríamos el papel del lobo cinco minutos (tirando por lo alto) feroz— nos la encontraríamos y lo demás, querido Horacio, es silencio.
En fin, a lo que iba, que el cuento de Caperucita es guay se mire por donde se mire. Y que te guste no significa que tú seas un revienta bragas ni que varees —en sentido estricto— a tu torda de turno a la primera desavenencia. Nada de eso. Te gusta y punto, y si, desde luego, vas a ser un hijo de puta en tu vida no se lo puedes achacar al cuento, sino a ti mismo y, como mucho, a la revisión de todos los capítulos de la serie V —la de los largartos alienígenas— innúmeras veces, y es que estar expuesto a la maldad sofocante de Diana no hay cristo que lo resista.
Bueno, pues el bueno de Pérez Reverte ha usado el cuento para ciscarse en los muertos (advertencia para lectores pujiedes: utilizo el lenguaje del propio señor Reverte) de los marmajosos que se la cogen con papel de fumar al hablar del sexismo en el lenguaje y otras zarandajas. Mismamente mi paisana Aído, que es que en Cádiz, como en botica, hay de todo, hasta ministros, ministras y menestras, oiga. Todo lo dicho debe servir para partirse el ojete con el citado artículo cuyo inicio os dejo aquí y os lo enlazo con la web del autor:
HOY ME HE levantado con talante. Como después de haber publicado El pequeño hoplita -un cuento sobre un niño en las Termópilas, que tanto debe a su magnífico ilustrador, Fernando Vicente- le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable. Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista. O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado. (sigue)
Y, claro, si hablamos de Caperucita y de sus virtudes, la Pantera Rosa no se puede quedar atrás. Joder, ¡cuántos buenos ratos me ha hecho pasar la Pantera Rosa! Ya con el título de los capítulos la cosa prometía: "Mundo color rosa" o "El azul es rosa" o "Noches en rosa"... Y la Pantera puteando como Dios manda al tipo ese blanco de la nariz larga que era más soso que un Carrusel sin Paco González, ¡ay! Definitivamente, la Pantera Rosa es un icono de la modernidad y no hay más que hablar. Un poquito cabrona, todo hay que decirlo, porque al tipo de blanco lo ponía en el cien (mi madre dicis) y el muchacho siempre terminaba llorando y a puntito de cortarse las venas, blancas, por supuesto.
Pues Pérez Reverte también tiene otro artículo en el que, a propósito de la cosa no sexista, habla de la Pantera. Y eso, se mire por donde se mire, no puede ser considerado menos que una genialidad. Ahí va, niños:
NO SÉ DE QUÉ diablos protesto, a veces. Soy un gruñón bocazas, porque en realidad vivimos en un país fascinante. Según donde te sitúes, o lo haga el azar, lo mismo puedes echar la mascada por sotavento que rularte de risa o estamparle besos al vecino de barra. Yo mismo, cuando tengo sobredosis de telediario y me asomo a la ventana pidiendo que llueva napalm y nos lleve a todos a tomar por saco, me organizo a veces una terapia que funciona de cine: corro al bar más próximo, pido una caña y una tapa, miro alrededor y tiendo la oreja. Así, muchas veces, lo que veo o lo que oigo, las vidas que hormiguean a mi alrededor, la pareja que habla en voz baja cogida de la mano en la mesa junto a la ventana, el currante que se come el bocata, la señora que entra a pedir un café con leche después de pasar veinte minutos charlando con las otras marujas en la puerta del mercado, la peña considerada de cerca, en resumen, me suben el ánimo. Me reconcilian con la gente y con el escenario. Conmigo mismo, de paso. Como digo siempre, Sodoma y Gomorra, igual que Villacenutrios del Rebollo, están, si uno se fija, llenas de justos que las salvan. También de payasos que las animan. Que le dan vidilla al cotarro. (sigue)
Ahora que lo pienso, Caperucita y el tema del lobo nos han dado, además, otros dos grandes momentos: un poema de Luis Alberto de Cuenca y, a partir de ahí, una canción de La Orquesta Mondragón. Ya que estoy desvariando de lo lindo hoy, pues los voy a poner, qué cojones:
El de Cuenca desfasando en el Cervantes.
El Gurruchaga haciendo lo propio en una actuación en directo. No os perdáis las pintas ochentaras del personal. Ni a la Caperucita que sale, ésta plenamente actual y homologable.
Y, por supuesto, un capitulito de la Pantera.
domingo, 6 de junio de 2010
De picnic.
Sobre Iván Ferreiro no es la primera vez que hablo por aquí. Ya, cuando sacó su disco anterior, Mentiroso mentiroso, comenté qué sí y qué no de lo que me parecía. Ahora, cuando llevo todo el fin de semana —y más— escuchando su último disco, Picnic extraterrestre, todo —lo de aquel post, me refiero— sigue más o menos igual. Ahí va algo del nuevo material, las canciones que, por ahora, más me van llegando. Las hay muy buenas.
"Paraísos perdidos"
"Canción de amor"
Y el primer single, "Fahrenheit 451"
martes, 11 de mayo de 2010
Las armas y las letras.
Cuando uno ya ha avanzado algo en esto de las letras y comienza a tener edad para, además de seguir con fuerza hacia adelante, mirar también hacia atrás para revisar y revisarse, debe saber huir —si es que de algo han servido el estudio y el aprendizaje— de los lugares comunes, del discurso y de la información sin contrastar, pero, sobre todo, debe saber huir de una visión maniquea de la realidad —y, lo que es peor, de la literatura— que facilite la comprensión de la vida a partir de una facil y falsa distinción entre buenos y malos, sobre todo si, en esto —como en casi todo— está presente la política.
Permítaseme este primer párrafo-oración preñadito de subordinadas como explicación del asunto de hoy: Las armas y las letras, libro cuyo título nos trae un fresco aroma cervantino recién reeditado por Destino, en una edición ampliada y revisada por Andrés Trapiello, su autor. Este libro, que tiene el muy significativo subtítulo de Literatura y Guerra Civil (1936-1939) apareció por primera vez en 1993 y, ya entonces, levantó alguna que otra polvareda y provocó más de un sarpullido. Los aventados y escocidos, claro, fueron aquellos que —no precisamente independientemente de su ideología— pretendían acomodar la historia de la literatura al panfleto o la propaganda, y hacer pasar por santos varones —además de por homeros literarios— a los acólitos de un bando y del otro. Era necesario, pues, que Andrés Trapiello, con una prosa vibrante, cómica, cínica a veces, otras comprensiva, pusiese a cada uno en el sitio de sus palabras y, más allá de lo políticamente incorrecto de citar testimonios afrentosos para pretendidos prohombres como Neruda, Alberti, Baroja o Azorín —todos ellos, dicho sea de paso, genios literarios—, nos mostrase a quienes el mucho interés se nos mezcla con la mucha ignorancia por dónde iban los tiros —y las palabras— en el citado trienio.
Voy avanzando en el libro, comprado a fuerza de treinta y ocho machacantes el viernes en la fnac. Un poco más de la mitad ya ha caído y, además de dejar alguna perlita en twitter, me gustaría dejar algunas aportaciones de autores que, por su lucidez, me han llamado la atención. Son todos testimonios de esos tres años. Asombra la capacidad de estos autores para interpretar la cosa española con tanta clarividencia en un momento en el que el país era blanco o negro, incluso rojo y azul. Ahí va eso. En lo sucesivo, cito a Trapiello.

MANUEL CHAVES NOGALES, que adquirió gran renombre en su época por su inolvidable biografía del torero Juan Belmonte y un apasionante reportaje sobre la Revolución Rusa contada por un cantaor flamenco, dirigió, al estallar la guerra, el periódico prorrepublicano de Madrid Ahora.
«YO ERA ESO que los sociólogos llaman un "pequeño burgués liberal" —nos dirá—, ciudadano de una república democrática y parlamentaria [...]. Ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportaban una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero en fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria».
Estas son las palabras con las que Chaves empezaba el prólogo de A sangre y fuego. Por gusto lo reproduciría aquí entero. Creo que no se encotrarán escritas sobre la misma guerra palabras más juiciosas, actuales y vivas que las suyas.
«CUANDO ESTALLÓ la guerra —nos relata Chaves—, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un Consejo Obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el "camarada director" y puedo decir que durante los meses de la guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espítiru revolucionario, ni por mi condición de "pequeño burgués liberal" de la que no renegué jamás.
»Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios, y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo...».
Y también de 1937, como el de Chaves, es el otro libro excepcional de este período, La Revolución vista por una republicana, de una autora no menos admirable. Hablamos de Clara Campoamor, la clarividente, noble y tenaz Clara Campoamor, la misteriosa mujer que partió al exilio en 1936 y que moriría en el exilio en 1972, olvidada de todos.
CLARA CAMPOAMOR era, y lo fue durante todos los años del exilio y hasta fecha muy reciente, en que se la ha reivindicado un poco a hurto por su labor parlamentaria, una de esas personas que lo perdieron todo en la guerra, hasta el prestigio de los perdedores, solo porque era una política liberal y porque su visión de las cosas no se avino a las versiones oficiales de unos y otros.
«MADRID ofrecía un aspecto asombroso: burgueses saludando puño en alto y gritando a todas horas el saludo comunista para no convertirse en sospechosos; hombres en mono y alpargatas copiando de esta guisa el uniforme adoptado por los milicianos; mujeres sin sombrero; vestidos usados, raspados, toda una invasión de fealdad y miseria moral, más que material, de gente que pedía humildemente permiso para vivir. [...] Desde los primeros días de lucha, un indecible terror reinaba en Madrid. La opinión pública tuvo al principio la tentación de atribuir a los anarquistas las violencias sufridas por los civiles, y en particular en Madrid. La historia dirá algún día si fueron justos quienes los consideraron responsables de esos hechos. En todo caso debieran de ser todos los gubernamentales, sin distinción, quienes asumieran su responsabilidad.»
domingo, 25 de abril de 2010
Wolfe en domingo y playa.
Son las siete y pico de la tarde. El gentucerío playero me va dejando ya la playa sola. ¿Dónde cojones estaba toda esta gente cuando aquí hacía un frío del copón bendito y la lluvia y el viento sur se me colaban por debajo de la puerta? Una pareja de novios —a los que espero que Dios les tenga en cuenta esto para una futura condenación eterna— se hacen fotos juntos en poses cariñosas y, por separado, en posturitas que pretenden ser insinuantes, sobre todo las de ella que, a lo que se ve, aventaja en mucho al jambo en el antiguo y noble arte del zorreo. Pobrecillo, este desgraciado no tiene ni puta idea de dónde se mete. Las pondrán en facebook o en tuenti o en el messenger o donde mierda ponga la gente las fotos del zorreo, que yo de eso —bendita sea mi fealdad— poco entiendo. Otras parejas —incluso de viejos y de feos, que ya es lo último— se pasean por el paseo marítimo cogiditos de la mano y risueños. Otros desgraciados, se creerán que esta ficción del sol y del buen tiempo va a evitar el derrumbe de sus vidas. El año que viene, si nada lo remedia, los veré pasar con la misma impostura o, en el mejor de los casos, paseando con un acompañante distinto la misma mentira que pesean con el de ahora. Pues que Dios también les dé porculo, suponiendo que Dios no solo se dedique a dármelo a mí, que ya sería la polla consagrada, con perdón.
Bueno, el caso es que, como me he sacado la sillita a la terraza para que me dé el aire —que si no después mi omá dice que estoy muy paliducho y que tengo cara de enfermo—, he cogido un libro de Roger Wolfe, Días sin pan, para ahutentar el vómito al que me impulsa la contemplación. Pues nada, ahí van algunos poemas cogidos al azar. Espero que haya suerte y que el libro se abra por los que más resentimiento transmitan. Es lo que pega. Otro diita prometo colgar poemas más optimistas, incluso amorosos, para los que aún estéis con eso.
"Todo, nada."
Cuando todo son
malas noticias
o simplemente —y peor—
todo es una gigantesca
ausencia de noticias
hace falta algo
para sacar fuerzas
de donde no las hy
y seguir con la comedia.
El teléfono es Dios
que se ha callado.
El buzón se ha transformado
en papelera.
La gente
a la que alguna vez
hemos querido
es un recuerdo
que se pudo haber soñado.
Cualquier cosa puede servir
y nada sirve:
la muerte de alguien
que nos roce muy de cerca.
Una amenaza de desahucio
por impago de alquiler.
El diagnóstico de alguna
enfermedad, si no fatal
entretenida al menos.
Un ataque
de migraña.
Un tumulto histérico
en la calle.
Una vieja
comiéndose un plátano
en un banco,
bajo la lluvia.
Lo que sea
menos este asco incoloro
en que se pudre el corazón.
Bombeando
por pura incapacidad
para otra cosa.
"Odio"
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el locutor deportivo
de la radio del vecino
esos domingos por la tarde.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el macaco de uniforme
que sentencia —arma
al cinto— que el semáforo
no estaba en ámbar, sino en rojo.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el cívico paleto
vestido de payaso
que te dice
que no se permiten perros
en el parque.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con la gente que choca contigo
por la calle
cuando vas cargado
con las bolsas de la compra
o un bidón de queroseno
para una estufa
que en cualquier caso
no funciona.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con los automovilistas
cuando pisas un paso de peatones
y aceleran.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con el neandertal en cuyas manos
alguien ha puesto
ese taladro de percusión.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
cuando le dejas un libro a alguien
y te lo devuelve en edición fascicular.
El odio es una edición crítica
de Góngora.
El odio son las campanas
de la iglesia
en mañanas de resaca.
El odio es la familia.
El odio es un cajero
que se niega a darte más billetes
por imposibilidad transitoria
de comunicación con la central.
El odio es una abogada
de oficio
aliándose con el representante
de la ley
a las ocho de la mañana
en una comisaría
mientras sufres un ataque
de hipotermia.
El odio es una úlcera
en un atasco.
El odio son las palomitas
en el cine.
El odio es un cenicero
atestado de cáscaras de pipa.
El odio es un teléfono.
El odio es preguntar por un teléfono
y que te digan que no hay.
El odio es una visita
no solicitada.
El odio es un flautista
aficionado.
El odio
en estado puro
es retroactivo
personal
e intransferible.
El odio es que un estúpido
no entienda
tu incomprensión,
tu estupidez.
El odio son las cosas
que te gustaría hacer
con este poema
si tu pluma
valiera
su pistola.
"La avería"
Dar amor, lo sé,
pero no funciona.
Mostrar piedad, lo sé,
pero no funciona.
Eliminar el yo, lo sé,
pero no funciona.
Acabar con el deseo,
lo sé,
pero no funciona.
Poner
la otra mejilla,
lo sé,
pero no funciona.
Vivir el hoy (y no el mañana
ni el ayer), lo sé,
pero no funciona.
¿Qué hacer entonces?
No lo sé
Y no funciona.
domingo, 11 de abril de 2010
Popocatépetl.
Estábamos Jorge y yo en la fnac de Madrid, delante de la estantería de poesía extranjera. Jorge cogía al azar libros desconocidos por él, y yo me sorprendía al comprobar que la mano del niño, pese a los seis años y a la arbitrariedad, ya elegía algunos grandes nombres. Atrapó a Verlaine —aquel libro de la editorial Nórdica— y le enseñé algunos dibujos y le leí algunas palabras; seleccionó a Wordsworth y le dije que hay un poema suyo, "Intimations of Inmortality", que contiene un buen puñado de los versos más lujosos y más brillantemente mentirosos que jamás he leído:
"Pues aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo,
en aquella primera simpatía
que habiendo sido una vez, habrá de ser por siempre,
en los consoladores pensamientos que brotaron
del humano sufrimiento
y en la fe que mira a través de la muerte,
y en los años, que traen consigo las ideas filosóficas."
Finalmente, Jorge cogió un librito fino, con sobrecubierta, de los Marginales de Tusquets —ay, esas tendencias que matan—, del que yo había leído una reseña unos días antes. Se trataba de El trueno más allá del Popocatépetl, un poemario de Malcolm Lowry recientemente traducido por Juan Luis Panero que, dicho sea de paso, traduce como quiere, inventando versos y palabras, y lo hace bien.
Ya puestos, compré también Bajo el volcán, una novela también de Lowry, de relaciones a tres y alcohólicos destruidos y destructivos a la que, a propósito, aún no le he hincado el diente más por miedo que por abulia lectora. No hay problema, vendrán tiempos de mayores soledades y sirocos —porque todo puede siempre ser mayor y peor— en los que esta novela consiga destruirme como Dios manda (en el Antiguo Testamento, por supuesto). A propósito, es la segunda novela, junto a Los detectives salvajes, de Bolaño, en la que el mezcal está presente. Ya arde mi gaznate esperando a ese suicida líquido.
Aquí van algunos poemas de Lowry, quien, a propósito, confundió, en México, merced al alcohol vida y obra viviendo una historia destructiva con su primera esposa. Ya sabéis, cosas que pasan.
"Por el placer de morir"
Duros son los tormentos del infierno
y las llamas de su terrible fuego,
sin embargo, los zopilotes volando contra el viento
son más hermosos que las gaviotas
planeando con la primera luz del sol,
o los abanicos moviéndose monótonos
en los asilos, tejiendo su destino de sueños,
una esperanza que jamás volará tan alto
como vuela el horror de vivir.
Si la muerte puede volar, sólo por el placer de volar,
¿qué no hará la vida por el placer de morir?
"Amanecer"
Sobrio cabalgo hacia el nuevo y salvado amanecer
firme la rienda en mi mano
—nuevas las herraduras, todo nuevo—
en la teatral y sonriente llanura.
Sin cincha ni freno, libre como el cielo
cabalga mi corcel en el día
y al cielo le canto mi canción:
Ah, cómo han pasado los años, qué perdidos parecen
y qué remotas mis viejas hazañas.
Pero, ¿de dónde han salido esos cactus,
esos perros salvajes, los espectros que me rodean?
Debo regresar hacia la tierra del atardecer
galopando, galopando, galopando
sobre ese implacable caballo enloquecido
cuyos ojos no tienen párpados
y cuyo nombre es Remordimiento.
"Oración por los borrachos"
Señor, da de beber a todos estos que ahora se levantan,
destrozados, farfullando palabras desde el centro del infierno,
mientras espían a través de las ventanas
la espantosa realidad del día que comienza.
"El miedo como única compañía"
Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en el rincón de este bar con su agrietada pintura marrón
—mezcal, coñac, cerveza—,
dos sucias escupideras y el miedo como única compañía:
miedo de la luz, de la primavera, de la enfermedad,
de los pájaros y de los autobuses con lejanos destinos,
de los estudiantes que van a la carreras
y de las muchachas saltando con el viento en sus caras.
Solo, sin más compañía que el miedo,
miedo de la fuente y sus flores:
todas las flores que el sol ilumina
son mis enemigas, todas
en estas horas muertas. ¿En estas horas muertas?