La carretera, novela de Cormac McCarthy, es uno de esos libros que estoy muy orgulloso de haber descubierto. La primera vez que tuve noticias de él fue en uno de los chats semanales de Carlos Boyero, entonces todavía en El Mundo. Hablaba de la relación entre un padre y su hijo en un mundo postapocalíptico. Alguien le preguntaba si no creía que se podría hacer una buena adaptación de cine manga de ese libro y Boyero, pasando de la pregunta, glosó las virtdes de la novela. Eso fue enero de 2008 y —perdón por la autorreferencia— constituyó el tercer post de este blog. Desde entonces, la he recomendado y la he regalado mucho: Agustín la leyó en el hospital mientras su padre estaba enfermo, Juan la leyó en inglés, Alicia la leía las noches de Zamora mientras hacía guardia para que nuestros niños no se preñasen demasiado, Víctor en su-mi casa de La Antilla con unas entradas de Alberto guardadas en el libro (¿o era al revés?), Leo la eligió como regalo tras el trabajo veraniego en la librería de su tío, Eugenia se emocionó con los vale del niño, a Gotzon se lo regalé el pasado verano porque le parecía literatura de aeropuertos y siempre había tenido reticencias... Yo lo leí en casa, hace ya dos años, mirad si ha pasado el tiempo. Lo compré para la biblioteca del instituto, de ahí lo leyó también Encarna y, espero, alguna gente más. Y, como siempre sucede, me quedé sin mi ejemplar porque —y no es la primera vez que lo digo aquí— lo más digno que se puede hacer con un libro, además de leerlo, es robarlo.
Llevar La carretera al cine es difícil. Es una novela en la que no pasa demasiado, sólo un padre y su hijo que se dirigen al sur, al mar, y que intentan mantener el fuego. No, no es poca cosa, desde luego, pero ya sabéis qué quiero decir. Carmen me mandó un mensaje hace un par de sábados de madrugada y me dijo que la fotografía le había encantado, a Rocío también le gustó, Alberto y Víctor fueron a verla juntos —como niños buenos— y venían satisfechos. A mí me tocó el turno ayer. El viernes les había hablado a mis alumnos de primero a sobre el libro y sobre la peli a propósito de una foto de Vigo Mortensen que aparece en nuestro libro. A Laura no le resultaba muy guapo —"hombre, aquí no sale muy bien", dijo—, a María y a mí, en cambio, nos encantaba, Natalia dijo que creía que pasaban la película en los cines de Lepe, Alberto usó su inglés macarrónico para llamarla derroad, y Stefan concluyó afirmando "el invierno nuclear".
En fin, nombres, vivencias y tiempo en torno a un libro, a una película. Una de las mejores formas de comunicarse. Y de mantener el fuego, claro.
Si no podéis ir al cine, pinchad aquí.
domingo, 21 de febrero de 2010
Dos en medio de nada (II).
viernes, 12 de febrero de 2010
Crepúsculo en Polonia.
Esta luz crepuscular del mediodía y estos cinco grados de sutura. Viernes nonato que concluye antes de nacer, o viernes neonato redivivo tras la muerte imperiosa. Pies fríos que se calientan con versos de papel. En el labio de arriba, todo el sistema consonántico. En el de abajo, el lento recorrido por los grados de la apertura hecha vocal. La lengua, conjugando uniones imposibles. Porque las vocales y las consonantes hay veces que no se avienen al ayuntamiento. Y sales torpe del encuentro, débil, sintiéndote inútil como la larga espera del hombre del campo ante la Ley. Y comprendes —como comprendió él antes de morir— que tu Ley de hoy es el silencio, ese silencio de viento atlántico, que trae nubarrones y limpieza desde Isla Cristina. Comprendes que tus huellas de hoy no se quedarán marcadas en la arena. Que la lluvia no va a respetar las propiedades físicas, y, otra vez, un líquido volverá a traspasarte a ti, tan sólido. Comprendes, por fin, que la única salida es comer la sombra de un adjetivo sobre el papel, la débil luz que emana del sustantivo medio sepultado por el peso de la página, el tibio movimiento de un verbo que, un día, creyó poder volar. Y así, amigo mío, sólo así quizás vuelvas a creer en la ilusión de poder conjurar el tiempo y la distancia, y pensar que ni tú eres tú ni tu casa es ya tu casa.
Lo leí en El País el extinto año dosmilnueve. Szymborska publicaba un nuevo libro. Aquí, su título. Un par de poemas acompañaban la noticia. La remití a algunas personas, para comentarla más adelante. Recordé la antología verde —¿era verde?— de Hiperión. No sé por qué, pero también recordé a Zagajewski, aquella edición de Pre-textos. Poesía, toda, crepuscular. Hice votos —yo, Sancho Panza estudiante de bachillerato— de comprar las dos, porque me he quedado, como me ha ocurrido con tantas cosas, sin ellas. Aquí fue fácil: las novedades de la fnac en materia poética alcanzan a un par de ejemplares. Yo me llevé el mío. La edición de Zagajewski, tan difícil de encontrar ya, me la regaló una lluvia oportuna en la casa del libro. La antología de Szymborska, en una preciosa edición de Lumen, la de las tapas marrones, me vino de oriente. También recordé a Ángel González, Otoño y otras luces o Nada grave (lo que queda —tan poco ya— sería suficiente, si durase).
Hoy, mientras mis alumnos trataban de hacerme ver —o de engañarme, qué más da— que sí habían leído El jugador, seleccionaba poemas de Szymborska para este post. Cinco poemas. Cosas del mundo, de este mundo. Gente. El tiempo. Clavos ardiendo. Clavos que dejaron de arder. Un cuadro, una música. El tiempo, otra vez. Los que fuimos, los que somos. La nada que seremos. Los otros, los distintos... tan iguales. No sé, son sólo cinco poemas, y esto está durando demasiado.
Adolescente
¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?
¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?
Hay tantas diferencias entre nosotros
que probablemene sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.
Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatua mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.
Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.
Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.
Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.
Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.
Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.
La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.
Al despedirnos nada, una especia de sonrisa
y ninguna emoción.
Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.
Una bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.
Todavía la conservo.
Terroristas
Se pasan los días pensando
cómo matar por matar,
y a cuántos matar para matar muchos.
Fuera de eso comen con apetito,
rezan, se lavan los pies, dan de comer a los pájaros,
hablan por teléfono rascándose el sobaco,
se detienen la sangre cuando se cortan el dedo,
si son mujeres compran compresas,
sombra de ojos, flores para los floreros,
todos bromean un poco cuando están de humor,
beben zumo de naranja sacado de la nevera,
por la noche miran la luna y las estrellas,
se ponen los auriculares con música tranquila
y duermen apaciblemente hasta el amanecer
-a menos de que eso en lo que piensan tengan que hacerlo de noche.
No lectura
A las obras de Proust
no les añaden en la librería un mando a distancia,
no podemos cambiar
a un partido de fútbol
o a un concurso donde ganar un volvo.
Vivimos más,
pero menos precisos
y con frases cortas.
Viajamos más rápido, más a menudo, más lejos,
aunque en lugar de recuerdos volvemos con fotos.
Aquí yo con un tío.
Aquel creo que es mi ex.
Aquí todos en pelotas,
así que seguramente es una playa.
Siete tomos: piedad.
¿No se podría resumir, abreviar,
o mejor mostras en imágnees todo eso?
Una vez pasaron una serie que se titulaba La muñeca
pero mi cuñada dice que era de otro que también empezaba por P.
Además, seamos sinceros, quién es ése.
Al parecer escribió en la cama un montón de años.
Página tras página,
a una velocidad limitada.
Y nosotros con la quinta puesta
y —toquemos madera— saludables.
Ella Fitzgerld en el cielo
Le rezaba a Dios,
le rezaba ardientemente,
para que hiciera de ella
una feliz chiquilla blanca.
Y si ya es tarde para esos cambios,
pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso
y quita de aquí como poco la mitad.
Pero el misericordioso Dios dijo No.
Simplemente puso la mano en su corazón,
le miró la garganta, le acarició la cabeza.
Y cuando todo haya pasado —añadió—,
me llenarás de júbilo viniendo a mí,
mi alegría negra, mi tonel cantarín.
Vermeer
Mientras esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
la leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del mundo.
viernes, 29 de enero de 2010
Larga vida a Salinger.
A veces suceden estas casualidades. Cuando en agosto releía El guardián entre el centeno por esas tierras francesas de Dios, pensaba que, si este año impartía clases en 1º de Bachillerato, les propondría —es un decir— a mis alumnos que leyeran este libro. Creía que les podría gustar, que Holden Caulfield era un personaje interesante con el que, en algún aspecto, podrían sentirse identificados. Después de que leyeran el libro, hubo opiniones para todos los gustos. Me quedo, sin embargo, con unos cuantos comentarios de algunos alumnos que me confesaron que, en efecto, les había encantado el libro.
Y ayer —por eso hablaba de casualidades al principio—, murió J. D. Salinger. Un tipo extraño, desde luego. Hoy la prensa ha amanecido con obituarios, análisis más o menos sesudos, referencias sacadas de la wikipedia sobre Salinger... Está bien, no pasa nada. En El Mundo, dicen:
NO CONCEDÍA entrevistas. Vivía recluido en su casa, guardiana y defensora de su idolatrada intimidad, y sólo quería escribir. La figura de J. D. Salinger se apagó con un áurea de misterio muy grande, que el autor de 'El guardián entre el centeno' se encargó de construir prácticamente toda su vida.
En El País también hablan sobre Salinger:
J. D. SALINGER no era un escritor sino una religión. Es lo mejor y lo peor que puede decirse del autor de El guardián entre el centeno, un libro que desde su aparición en 1951 convirtió a legiones de lectores en posesivos devotos de un misterio, el de sus personajes y el suyo mismo. ¿Quién era Jerome David Salinger? ¿Quién era ese tipo convertido en profeta de ese doloroso tránsito llamado adolescencia? En la investigación que Ian Hamilton emprendió en 1983 y que se convirtió en una cruzada del escritor para evitar airear cualquier dato sobre su vida, el biógrafo convirtió el célebre y elocuente silencio de Salinger en respuesta.
Rosa me manda un mensaje y me dice que en El ojo crítico, un programa de RNE, ayer hablaron sobre Salinger. Lo escucho mientras escribo esto (minuto 11:50).
Ha muerto J.D. Salinger, autor de "El guardián entre el centeno" (El Ojo Crítico)
Incluso en El Mundo publican el primer capítulo de El guardián entre el centeno. Y eso es lo más interesante de Salinger. Leer, leerlo. La novela entera, por ejemplo. O sus relatos. Mañana, si puedo, me los compro.
Larga vida a Salinger.
sábado, 23 de enero de 2010
Ezequiel 25:17.
"EL CAMINO del hombre recto está por todos lados rodeado por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel Pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del Valle de la Oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi venganza sobre ti!" Ezequiel 25:17.
Entonces ya comenzaba yo a comportarme como un inadaptado, yendo solo al cine y peleado con el mundo que conocía. Ignoraba por aquellos años, pese a que creyera saberlo todo —ay, la cándida estupidez de los que un día fuimos niños—, las cicatrices que eso dejaba, deja. Creía que algún año más cercano que distante iba a ser el mío y, a partir de ese momento, las cosas cambiarían. Para mejor, claro. Hoy, igualmente estúpido pero con la inocencia arrojada entre bilis y asco de mí mismo, me limito a purgar fantasmas irónicamente con versos que recogen desengaño y nada: "Eso —te dices—, tú sigue así, esperando que te llegue tu momento. Que ya verás cuando te des cuenta."
Pero no es esto de lo que os quiero hablar hoy. La cosa va de cine. De cine y narración. Este viernes, mientras conducía de Lepe a Arcos para llevar el coche al taller y pagar con buena cara —encima da uno las gracias—doscientos euros por un par de ruedas, pensaba en mis queridos alumnos de primero de Bachillerato y en lo que habíamos visto en clase los últimos días: tipologías textuales, texto narrativo et alii. Pansaba en el tiempo narrativo, en la linealidad, en el flash-back (recordad, niños, el capítulo del miedo a volar de Marge Simpson), en el flash-forward (ídem para un capítulo cualquiera de CSI), y en cómo mostrarles claramente que en la narrativa moderna los juegos temporales son muy normales, y que, además, esos juegos tienen como objetivo en muchos casos mostrar la fragmentación de la vida actual y el desquiciamiento del personal. Por si esto fuera poco, pensaba en uno de los constituyentes básicos del texto narrativo, el personaje, y en que es también moneda de cambio habitual de la narrativa moderna crear personajes múltiples, colectivos, o crear textos en los que aparezca un gran número de personajes cuyas historias o vivencias se mezclen, se confundan. Por si hay algún purista por ahí, que de todo hay en la viña del Señor, soy consciente de que estos juegos se han hecho de toda la vida de Dios, pero cuando hablo de narrativa moderna me refiero a nuevas formas de afrontar el hecho narrativo, estén los textos escritos en el siglo XVII (el Quijote, ni más ni menos) o en el siglo XXI.
En fin, que todo esto pensaba yo —sí, tenéis toda la razón, ¡vaya vida miserable debe llevar este tipo para pensar un viernes recién salido del trabajo en estas cosas!... os remito al segundo párrafo— cuando se me ocurrió Pulp Fiction, película imprescindible de Quentin Tarantino, como muestra perfecta para comprender, más allá de mis explicaciones insuficientes, la maravilla del arte de contar. Saltos en el tiempo, diálogos vibrantes, personajes cuyas vidas se cruzan, se mezclan, se separan, acción, tiros, sangre, palabrotas, una banda sonora para llevarse al fin del mundo... Joder, tíos, ¿qué coño hacéis leyendo esto en lugar de pinchar más abajo y comenzar a ver la peli?
Así pues, queridos míos, quien se sienta preparado puede reclinar su asiento, desabrocharse el cinturón, abrir bien los ojos y alucinar con esta peli. Pinchad aquí, hombres y mujeres de Dios, para verla... y no se lo contéis a nadie.
Nota a pie de página: hay un capítulo de Los Simpsons en el que se parodia una escena de Pulp Fiction. Mirad, mirad..., ¿lo recordáis?

sábado, 16 de enero de 2010
Sangre para olvidar.
En la última escena, cuando ya el Novio y Leonardo se han dado lo suyo a navajazo limpio, la Novia llega con las dos manos ensangrentadas —tampoco hay que ser el mejor hermeneuta del mundo para darse cuenta de que la sangre de cada mano pertenenece a cada uno de sus dos hombres—, pero muy ensangrentadas tipo peli gore, y se arrodilla allí delante de la Madre y le suelta algunas de las mejores líneas de la obra (ah, a propósito, estoy hablando de Bodas de sangre, de Lorca, nuevo montaje en el que han colaborado el CAT —Centro Andaluz de Teatro— y el CDN —Centro Drámatico Nacional— y que se puede ver hasta el día 31 de enero en el Teatro Central, en Sevilla):
¡PORQUE yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no quería, ¡óyelo bien!. Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!

Pero, claro, para entonces ya la obra estaba perdida. Perdida por muchas causas: por la dicción de los actores, que oscilaba entre la pronunciación de las eses implosivas o su aspiración, entre la aspiración de la velar fricativa sorda (vulgo jota) y su aspiración, perdida porque los actores —y esto es marca de la casa del CAT, ya les vale— telegrafían los movimientos tipo sheriff del Oeste (las manos semiabiertas a la altura de las caderas) y sobreactúan cada palabra para dotarla de una supuesta intensidad sin tener en cuenta que el efecto conseguido es justamente el contrario... A esto hay que añadir dos borrachos (sic) sentados en la fila de delante y toda una caterva de alumnos de 2º de Bachillerato oligofrénicos más preocupados en meter bulla que en prestar atención. Por si alguien no se ha coscado hasta ahora, no, no me gustó nada el montaje (nota: ¿cuándo vamos a superar las escenografías basadas en paredes móviles? Joder, desde una Celestina que vi siendo mocito se lleva utilizando eso... ¡hay que innovar!). Claro, que siempre será mejor ver esto que absorber los despapuchos de Juanito el Golosina (resic) en uno de los cubos de basura de la tiví.
Otra cosa es el texto de Bodas de sangre. Ahí ya la cosa cambia. Es Lorca, para bien y para mal. Con sus lunas y sus simbolismos no sé si simples o demasiado manidos ya, pero también con su apelación a lo más profundo —primitivo también— de nosotros mismos: la esencia de la tragedia. Me siguen poniendo un nudo en la garganta estas palabras de la Madre a propósito de los hijos, de cuánto cuesta criarlos y de cuánto duele que mueran:
PADRE: Lo que yo quisiera es que esto [que su hija y el Novio tengan descendencia] fuera cosa de un día. Que en seguida tuvieran dos o tres hombres.
Madre: Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.
Hay una versión cinematográfica de Bodas de sangre dirigida por Carlos Saura y protagonizada por Antonio Canales y Cristina Hoyos. Os dejo el tráiler, a ver qué os parece.
Y lo mejor de todo, sin duda. El texto completo de Bodas de sangre.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Volver a Carver.
Zahara suena de fondo. Jose, Elena, Estrella y Aitor duermen. Rubén, que hasta hace nada ha estado mirando el libreto de un cd de la ELO que ha comprado en la fnac, cabecea en el sofá y parece que se deja vencer. La muchachada vela armas y ahorra fuerzas para la noche de fin de año, que se presenta con un bocadillo de calamares en una mano y las doce uvas en la otra. No es mal menú, ni mal plan.
Y yo, sin sueño. Y con Carver, con Short Cuts, para terminar en Madrid el año. Una colección de nueve cuentos publicados por Anagrama y con un prólogo del director de cine Robert Altman, que filmó una peli basada en estos relatos de Carver. Uno de los actores que participaron en ella fue Tom Waits, de quien compré el otro día The Heart of Saturday Night. En este disco aparece un tema que incluí en el post anterior sobre Carver. Es curioso ver cómo al final todo casa, y cómo todos los caminos conducen a Roma. Claro que, a veces —la mayoría—, estos caminos no son ni los más rectos ni los más rápidos ni parecen llegar a ningún sitio. Y cuánto se aprende estando perdido. Ya sabéis, para encontrarse, suele ser necesario perderse.
Me siguen estremeciendo los relatos de Raymond Carver. Gente intrascendente. Ni siquiera antihéroes. Gente que nunca saldría en los periódicos. Rumiando su tiempo, zafándose —intentándolo al menos— de sus dificultades, disfrutando de sus victorias con fecha de caducidad. Amando, odiando, engañando... en pequeño formato. Por ejemplo, Bill y Arlene Miller, que riegan las plantas y alimentan al gato de sus vecinos porque ellos están realizando el viaje que a Bill y Arlene les hubiera gustado emprender. O Earl Ober y su mujer, Doreen. Él en el restaurante en el que trabaja ella, avergonzado por los comentarios que un par de tíos hacen sobre el culo —a algunos tipos las palomitas les gustan gordas— de ella. O el protagonista de Vitaminas, y su mujer, Patti, y las amigas-compañeras de trabajo de ella, vendedoras puerta a puerta de vitaminas, cansadas de su trabajo, de su ciudad, y el deseo de mudarse a Portland, otro vacío al que escapar. O el engaño doloroso —dos, tres, cuatro... años no son nada cuando te revientan la vida— de Marian a Ralph en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? O el hospital en el que el pequeño Scotty trata de recuperarse después de haber sido atropellado por un coche mientras su pastel de cumpleaños se queda rancio en la pastelería.
Son las historias de Carver. Altman lo explica mucho mejor que yo en el prólogo: "Raymond Carver hacía de lo prosaico poesía. Un crítico dijo de él que «revelaba lo extraño que se oculta tras lo banal», pero lo que hacía en realidad era captar las maravillosas idiosincrasias del comportamiento humano, esas idiosincrasias que se dan dentro de lo azaroso de las experiencias de la vida."
¡Larga lectura, pues, a Carver!
jueves, 24 de diciembre de 2009
Navidad.
Para celebrar el nacimiento
de Dios,
nuestro señor,tiras la casa por la ventana
y compras
nueve guirnaldas brillantesTodo, en una tienda de chinos
a euro el trío
figuritas del niño,
san josé bendito
y la virgen santísima
(una por cada sagrada forma,
se entiende)
dos arbolitos de plástico
con seis bolas de regalo cada uno
y
un esprai para crear la nieve
en el desierto de belén.
y por doce euros.
Revisa
la cuenta
de tu celebración,
porque aquí hay algo
que no me cuadra.