domingo, 17 de mayo de 2009

Sin destino.


Los placeres del confinamiento y la exclusión me permiten, por ejemplo, dedicar un fin de semana a leer Sin destino, una novela de Imre Kertész, sin que nadie a través del móvil, del messenger o del correo electrónico me reclame para ningún rito social. Voluntariamente excluyo la visita personal a mi casa —a la de Víctor, quiero decir—, pues eso es algo que hace años que no sucede.

De Kertész leí la semana pasada Un relato policíaco, novela corta que llevaba durmiendo en mi librería el sueño de los injustos desde enero, y su tema —torturas, los no-límetes de la abyección humana— me interesó, para variar. Sin embargo, no fue eso lo mejor. Su narrador, uno de los torturadores que escribe sus memorias desde la celda de la cárcel mientras espera su juicio-farsa en el que resultará, con toda seguridad, condenado, cuenta la historia de una forma aséptica, objetiva. Eso fue lo que más me gustó. Los excesos verbales —y yo que los cometo sé de lo que hablo— preludian o, en el peor de los casos, confirman la doctrina panfletaria. Imre Kertész ahí no entra, y eso es todo un acierto.

Sin destino narra las vivencias de György Köves, un joven judío de quince años, primero en Budapest y, posteriormente, en diversos campos de concentración nazis. No es difícil adivinar en este personaje un trasunto autobiográfico del propio Kertész. Bien, hasta ahí nada nuevo. Son muchas las novelas o películas que han tratado este tema. Se me vienen ahora a la cabeza El largo viaje, de Jorge Semprún, El niño del pijama de rayas, de J. Boyne, o películas como El pianista, de R. Polanki, o La vida es bella, de R. Beningni.

Sin embargo, hay algo que diferencia a todas estas de Sin destino. Kertész, de nuevo, se esfuerza por objetivizar la situación —muchas veces a través de la ironía— y alejar este tema de tentaciones patéticas o sentimentales con las que sería muy fácil atraer al lector. Desde luego, no estoy diciendo que las anteriores sí hagan eso —algunas sí lo hacen y descaradamente, pero ése es otro tema—, sino que el acierto de Sin destino reside en presentar de una forma casi científica hechos que, por sí solos y a estas alturas de la película, no necesitan el subrayado en negrita para parecernos abominables.

A propósito de esto que digo, os dejo el final de la novela (no os preocupéis, nada os destripo). Aquí la tenéis completa en formato pdf, para quien se quiera aventurar.

BUENO, tampoco había que exagerar, puesto que justamente allí residía el meollo de la cuestión: allí estaba yo, aceptando cualquier argumento con tal de poder seguir viviendo. Miré alrededor en aquella plaza pacífica, ya crepuscular, por las calles atormentadas pero llenas de promesas, y sentí cómo crecían y se juntaban en mí las ganas de continuar con mi vida, aunque pareciera imposible. Mi madre me estaría esperando y seguramente se pondría muy contenta de verme, la pobre. Me acordé de que ella quería que yo fuera arquitecto, médico o algo así. Seguramente así sería, como ella deseara, puesto que no podía haber ninguna cosa insensata que no pudiéramos vivir de manera natural, y en mi camino, ya lo sabía, me estaría esperando, como una inevitable trampa, la felicidad. Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los «horrores», cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.


Acabo de descubrir que hay una versión cinematográfica de Sin destino, dirigida por Lajos Koltai. Os dejo el traíler —no me ha gustado, a propósito, porque se pone más conmovedor de la cuenta—, pero habrá que ver la peli.


miércoles, 13 de mayo de 2009

Preferiría no hacerlo.


Bartleby, el escribiente apenas tiene treinta páginas. Narrado en primera persona por un abogado testigo de los hechos que se cuentan, esta pequeña novela crea uno de los personajes más conmovedores, lacónicos e inclasificables con los que jamás me he encontrado: el señor Bartleby, escribiente en el despacho del abogado narrador, un hombre inexpresivo y ataráxico cuya máxima muestra comunicativa es la oración preferiría no hacerlo. Pues sí, Bartleby prefiere no hacer recados, prefiere no leer en voz alta documentos, prefiere no ir a comer, prefiere no relacionarse con sus compañeros de trabajo... Sólo copia... hasta que decide —prefiere— no copiar, claro.

Escrita por Herman Melville —el autor de Moby Dick— en 1856, es ya un lugar común hablar de ella como prekafkiana. De hecho, Borges dijo a propósito de esta novela: «Bartleby prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.»

Novelas como ésta, como El doble o Memorias del subsuelo, ambas de F. Dostoievski, o como El capote de N. Gógol prefiguran ya en el siglo XIX un tipo de personaje crucial en la narrativa —y en la vida— del siglo XX y lo que llevamos de XXI: el hombre vencido por un entorno incognoscible aunque siempre adverso, una sociedad cuyas reglas degluten la individualidad del personaje sin argumentos, esperas ni motivos. Huelga decir que La metamorfosis, El castillo o El proceso —es decir, Kafka— son eso, y mucho más.

Una última razón por la que leer la no-vida de este Bartleby: la edición de Nórdica Libros, con unas ilustraciones de Javier Zabala que recogen perfectamente el confinamiento del personaje y el mundo árido de la novela. Os dejo el comienzo de la novela. Para quien quiera seguir, he aquí un enlace al texto completo.


SOY un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.

lunes, 4 de mayo de 2009

Pizarnik, la sangrienta.


Había en Nüremberg un famoso autómata llamado la "Virgen de Hierro". La condesa Báthory adquirió una réplica para la sala de torturas de su castillo de Csejthe. Esta dama metálica era del tamaño y del color de la criatura humana. Desnuda, maquillada, enjoyada, con rubios cabellos que llegaban al suelo, un mecanismo permitía que sus labios se abrieran en una sonrisa, que los ojos se movieran. La condesa, sentada en su trono, contempla. Para que la "Virgen" entre en acción es preciso tocar algunas piedras preciosas de su collar. Responde inmediatamente con horribles sonidos mecánicos y muy lentamente alza los blancos brazos para que se cierren en perfecto abrazo sobre lo que esté cerca de ella —en este caso una muchacha—. La autómata la abraza y ya nadie podrá desanudar el cuerpo vivo del cuerpo de hierro, ambos iguales en belleza. De pronto, los senos maquillados de la dama de hierro se abren y aparecen cinco puñales que atraviesan a su viviente compañera de largos cabellos sueltos como los suyos. Ya consumado el sacrificio, se toca otra piedra del collar: los brazos caen, la sonrisa se cierra así como los ojos, y la asesina vuelve a ser la "Virgen" inmóvil en su féretro.


Corría segundo de carrera —tiernos diecinueve añitos tenía yo por aquella época—, cuando en la asignatura de Literatura Hispanoamericana leímos, entre otros, a Alejandra Pizarnik. No sé si por falta de tiempo, preparación o de atención —probablemente por una mezcla de las tres— no terminé de empatizar con su poesía. Sin embargo, hubo algo que a mí, y a la mayoría de mis compañeros de entonces, nos sedujo: La condensa sangrienta. Claro, no era para menos.

Pizarnik recogía en suave e incitante prosa la leyenda de la Condesa Erzébet Báthory, aristócrata húngara del siglo XVI. La Condesa, en los periodos de ausencia guerrera de su marido primero, tras la muerte de éste después, fue desarrollando una obsesión por los estragos del tiempo en su cuerpo que se tradujo, con el paso de los años, en una búsqueda desesperada por retener la lozanía de su juventud. Como no podía ser de otra forma, una hechicera, de la que la Condesa se hacía acompañar, le sugirió que los estragos del tiempo se verían frenados si sustituía el agua por la sangre de doncellas jóvenes en sus baños. Erzébet Báthory —pues es lo común que los locos tomen por verdad irrefutable los disparates de los demás— no tuvo otra ocurrencia que seguir los consejos de su hechicera e iniciar así una pequeña cacería de la doncella por aquellas tierras húngaras. La historia, como os imagináis, no tuvo buen final, ni para todas las doncellas ésas cuya sangre usó la Condesa para sus baños rejuvenecedores ni, por último, para la propia Erzébet Báthory, que murió emparedada en su propio castillo.

El caso es que hoy, leyendo El País, he encontrado un artículo que informa sobre la reciente publicación de una edición de La condesa sangrienta ilustrada por Santiago Caruso. Algunas de las ilustraciones acompañan a este post. La obra de Pizarnik amplía la historia de la Condesa y le añade, al estilo de nuestro querido Conde de Lautréamont, unas gotas de sadismo, morbo, erotismo y sensualidad. Como muestra valgan los textos que inician y concluyen esta entrada. Si aún queréis más, podéis pinchar aquí. Eso sí, tened cuidado de no confundir la ficción de Pizarnik con vuestros propios anhelos de sangre. No digo más.



Salvo algunas inferencias barrocas —tales como la "Virgen de hierro", la muerte por agua o la jaula—, la condesa se adhería a un estilo de torturar monótonamente clásico que se podría resumir así:

Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes —su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años— y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?).

También los muros y el techo se teñían de rojo. No siempre la dama permanecía ociosa en tanto los demás se afanaban y trabajaban en torno a ella. A veces colaboraba, y entonces, con gran ímpetu, arrancaba la carne —en los lugares más sensibles— mediante pequeñas pinzas de plata, hundía agujas, cortaba la piel de entre los dedos, aplicaba a las plantas de los pies cucharas y planchas enrojecidas al fuego, fustigaba (en el curso de un viaje ordenó que mantuvieran de pie a una muchacha que acababa de morir y continuó fustigándola aunque estaba muerta); también hizo morir a varias con agua helada (un invento de su hechicera Darvulia consistía en sumergir a una muchacha en agua fría y dejarla en remojo toda la noche). En fin, cuando se enfermaba las hacía traer a su lecho y las mordía. Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa.

sábado, 28 de marzo de 2009

Confidencias (III). Vida, tiempo.


Era lo que me hacía falta este fin de semana: montañas de exámenes por corregir y una enfermedad extraña que me provoca fiebre, dolor de cabeza y de garganta y una sensación no del todo desagradable de estar flotando. Intentaré no sucumbir al pastilleo médico, que uno ha leído a Molière y sabe cómo se las gastan estos tipos. Así que si de placebos se trata, mejor me agarro La ciudad de Karmelo Iribarren y cumplo con el tercero de los cuatro post que os tenía prometidos. Además, éste me viene muy bien ahora: hablemos de la vida y del paso del tiempo, no en balde entre los temblores, los pañuelos y el zumo de naranja —¿alguien me puede aclarar de una maldita vez si el zumo de naranja sirve para algo en lo que a enfermedades se refiere?— me siento un viejo total. Bueno, a esto también contribuyen los casi treinta tacazos, pero como me ponga a pensar en eso creo que acabaré echándole mano a la gillette, y no para afeitarme, precisamente, aunque, ahora que lo pienso, un afeitadito no me vendría mal. Bueno, a lo que vamos: la vida y el tiempo. Jajajaja, vaya joda las dos.


"La felicidad"

Te sientas en una terraza
a tomar algo.
A pocos metros de ti,
niños y niñas patinan, saltan
a la comba, se pelean...
Enciendes un cigarro,
fumas plácida-
mente. Al fin llega
la cerveza: en su punto,
espumeante, fresca.

Cierras los ojos
y «esto es la felicidad»,
te dices.

Luego los abres
y ves a ese pobre viejo
hurgando en las papeleras.


Claro que esto va por barrios. No me negaréis que es mejor pincharse la concienzucha burguesa nuestra durante cuatro o cinco segundos que ser el tipo que rebusca en las papeleras. Mira, a lo mejor la imagen del viejito nos da para llenar los vacíos de conversación de nuestras vidas vacías criticando a los yankis, al capitalismo, a los banqueros y a Aznar (entre otros). Eso sí, mejor ir pidiendo otra cerveza más.


"Trágame tierra"

El semáforo cambia a ámbar,
no me va a dar tiempo
a pasarlo,
acelero,
pero es inútil,
rojo.

Freno,
y me entretengo mirando
a una deliciosa pelirroja
que empieza a cruzar
la calle,
y que me mira
a su vez,
que no me quita ojo,

y que resulta ser
—trágame tierra—
una amiga de mi hija.


Conclusión: no pienso pararme en ningún semáforo en rojo más. Prefiero el cajón a la visión inasible de la pelirroja.


"Señor"

No es que me moleste
en sí, pero
cuesta acostumbrarse.

Eso de que vayas
por ahí
tranquilamente
y se te acerque
una chavala
y te diga:
«¿Tiene hora, señor?»,

eso de que te saquen
de la pista
con tanta educación,
no es fácil de asumir,
qué duda cabe.


Y si eres calvo, ya ni te cuento. A todo esto, ¿alguien tiene algún kleenex por ahí? Entre las lágrimas y los mocos no doy una.


"Las resacas"

Las primeras tienen
su cosa, es cierto. Otra vez
con el trago en la mano,
uno se siente a gusto de sentirse
tan mal, de tener ese cuerpo,
de ser al fin el blanco
de miradas y risas (comentarios
jocosos, vacilones), ya sabes,
de sufrir como un hombre.

Luego vienen las otras,
las de siempre, las clásicas,
sin el encanto de la novedad,
las que uno ya conoce en su justa
medida, aburridas y tercas,
pegajosas, las que apenas
sorprender, las que una mañana
te avisan que ojo al parche,
pero tú ni te enteras.

Las últimas resacas,
las auténticas, las de verdad,
las que ni risas ni miradas
que valgan, las del vómito
encima, las del asco
y las lágrimas, las del miedo
a vivir y a morir de repente,
las de la más absoluta soledad,

ésas, amigo mío, mejor
que no las tengas que pasar.


Esto, para los que nos creemos muy hombres y, en realidad, somos tan estúpidos que somos incapaces de ver el patetismo de nuestra propia podredumbre. Las primeras tienen esa cosa de la juventud, de consecuencia del absurdo rito iniciático que la comunicad te impone para considerarte un tío. Las últimas contienen la arcada desesperada para, una vez que has conseguido esa consideración, olvidarte de que lo eres.


"Se acabó el cuento"

Se acabó el cuento,
amigo: esto es la vida.
Todos los grandes sueños
con los que hasta ahora
te has entretenido,
puedes dejarlos a la entrada.
Aquí no sirven de nada.


Y ésta es la consecuencia. Veámoslo a lo Juan Ramón. ¿Os acordáis del poema aquel de "Vino primero pura..."? En él, la concepción de la poesía de Juan Ramón pasa por distintas etapas hasta que, al final, se va desnudando ante el engolfamiento del Juanrra. Pues lo mismito pero cambiando la poesía —¿eso para qué sirve, maestro?— por la vida. ¿Cuál de los dos poemas preferís?


"Al límite"
(poema dedicado a todos vosotros)

Tienes veinte años,
tienes a la vida
por el cuello,
a tu merced;
pero no es suficiente,
quieres más.

Conozco
esa sensación.

Y te deseo mucha suerte,
porque la vas a necesitar.


Suerte, muchachada.

Os debo todavía un último post.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El Manifiesto Vegas.


Así, como para relajarse y echarse unas risas después de los agobios de los exámenes, no es. Ahora, a poco que os coja un día con el paso cambiado y con ganas de desaparecer —reconocedlo, días de ésos los tenemos todos—, Nacho Vegas puede ser el mejor compañero de pensamientos nocivos y ganas de maldecir, empezando por uno mismo. En otro post ya os hablé de él a propósito de un proyecto, Lucas 15, en el que Vegas y otros recuperaban parte de la literatura tradicional asturiana con ritmos actuales. El Manifiesto Desastre es el nuevo trabajo por el que Nacho Vegas, heterodoxo, descreído, ensimismado, outsider..., aparece hoy por aquí.

Este último trabajo es su cuarto en solitario, tras Actos inexplicables, Cajas de música difíciles de parar y Desaparezca aquí. En medio, además de Lucas 15, encontramos otras dos colaboraciones, una con Bunbury en El tiempo de las cerezas y otra con Christina Rosenvinge en Verano fatal. Es curioso lo que, al menos a mí, me pasa con este tipo. Lo conocí a través del disco con Bunbury. Al principio, sus canciones me resultaban extrañas, incomprensibles, vacías, como si estuvieran escritas en un lenguaje que no comprendía. Recuerdo que cuando escuchaba El tiempo de las cerezas siempre pasaba sus canciones y sólo escuchaba las de Bunbury. Bajé, más por curiosidad de entomólogo que por gusto musical, Cajas de música... y Desaparezca aquí. Los tuve en el disco duro un tiempo, sin descomprimir siquiera. Un día —uno de ésos en los que me había levantado con el pie cambiado y con ganas de desaparecer—, me dio por escucharlos. Y ahí fue. Las buenas cosas siempre nos descubren a nosotros, nada de nosotros a ellas. Esto vale también para los libros, y me da a mí que también para las personas.

Después de eso vendría mi entusiasmo por Lucas 15 —uno de los discos que más he regalado—, por Verano fatal —y, a partir de éste, por Tu labio superior, de Christina Rosenvinge, que tiene una canción titulada Tu boca por la que merece la pena fatigar kilómetros y kilómetros—, mi redescubrimiento de El tiempo de las cerezas y, ahora, de advenimiento de El Manifiesto Desastre.

Nacho Vegas es un tipo con unas melodías y unas letras obsesivas. Descarnadas, perdedoras, pesimistas, la mayoría. Sinceras o no —eso me da igual—, consiguen taladrarme y enfrentarme a algunos de mis miedos más perdurables, fundamentalmente aquéllos recurrentes sobre las relaciones humanas, ya sabéis de qué os hablo. Os dejo algo de este tipo para que comprobéis. Ahora, eso sí, elegid bien los tiempos. O, mejor, dejad que sean ellos quienes os elijan a vosotros.

"Morir o matar", último corte de El Manifiesto desastre.



"La plaza de la Soledá", de Cajas de música difíciles de parar.



"Nuevos planes, idénticas estrategias", de Desaparezca aquí.



Para terminar, el vídeo de "El hombre que casi conoció a Michi Panero", grabado en el Liceo de Barcelona con Bunbury, correspondiente al disco El tiempo de las cerezas.

martes, 17 de marzo de 2009

Mal de escuela.

A Juan, Ana, Pili, Raquel, Fran, José Antonio et alii,
a nuestras conversaciones inacabadas y a sus enseñanzas.


Todavía me quedan veinte páginas para terminarlo, Juan. Me lo he tragado en un par de ratos, este sábado después de almorzar y hoy martes. En la terraza —ésa que espero que pronto conozcas—, mirando el mar. Por supuesto, después de algún tiempo desde que nos conocemos y unas cuantas horas de conversación, mantel y botellas, no dudaba de tu acierto con el regalo. "¡Son aaaaaños!", diría el maître de Piégari, un restaurante de La Recoleta, en Buenos Aires, que te encantaría. Permíteme poner al resto en antecedentes. Hablo de Mal de escuela, un libro de Daniel Pennac que trata sobre la visión que de la enseñanza —así, en minúscula mejor— tiene este viejo profesor francés que fue un perfecto zoquete en sus años de escuela.

Un tipo que sabe de lo que habla. Eso contra tantos discursitos, ¿verdad? ¿Puedo comenzar citando unas palabras del libro ante las que no he podido evitar sonreírme pensando en alguna charla nuestra (y en algún conocido nuestro también)?:

«Algunos colegas se creen unos Karajan que no soportan dirigir el orfeón municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín, lo que es comprensible...»


Tentado estoy también de poner ahora la canción de Karina del "Baúl de los recuerdos", por aquello de que "cualquier tiempo pasado —sobre todo en la enseñanza y para mucha gente— siempre fue mejor". Discursitos, más discursitos. Pero, ¿qué hacemos con los ojos que tenemos delante dispuestos a escucharnos, a creer que lo que les decimos en esos sesenta minutos es importante para ellos, para sus vidas? ¿Y qué hacemos también con los que no quieren, Juan? Digamos que delante tenemos primeros violines de la Filarmónica de Berlín y pedigüeños flautistas de boca de metro. Y ahí (un 1º E.S.O. D o F, un 2º E.S.O. G, pero también un 3º E.S.O. E o un 1º Bach. B) está el tajo. Ahí no sirve la excusa del "no valen" ni tan siquiera la del "no tienen base", como tampoco es lícito —sí, moralmente lícito— el sopor autocomplaciente de la adulación a-de los alumnos ni el timo intelectual de "hay que ver lo buenos que son estos niños que se lo saben todo".

Tú y yo coincidimos en que tenemos el trabajo más bonito del mundo, también uno de los más peligrosos, de los más arriesgados. Cuando nos ponemos delante de todos esos ojos estamos cargados de responsabilidad. Sí, quizás no suene progre decir eso ahora, y lo mejor sería criticar leyes de calidad, ratios (o ratias), hablar de la deslegitimación (sic) de la función docente (resic) o de lo poco poquísimo que leen los niños de ahora (porque hace veinte años las bibliotecas estaban llenas y porque todos nosotros llevamos a Garcilaso todo el día debajo del sobaco). Sin embargo, seguimos estando ahí, delante de sesenta ojos, con cuatro horas a la semana y todo un mundo que compartir con esos alumnos.

«Todo lo malo que se dice de la escuela nos oculta el número de niños que se han salvado de las taras, los prejuicios, la altivez, la ignorancia, la estupidez, la codicia, la inmovilidad o el fatalismo de las familias» (y de algunos de sus profesores y, si quieres, también del sistema —ahora creo que debería escribirlo en mayúscula)—.


Y el miedo, a veces. Miedo suyo; miedo nuestro. Miedo a aprender; miedo a enseñar. También el asco: pronunciar mal a conciencia una palabra en inglés porque no les da la gana hacerlo bien, porque creen en el marchito prestigio del guiñapo; ensañarnos con el sujeto y el predicado, morfemas flexivos y derivativos, porque somos incapaces de hacerles visible el significado que chillan las palabras de un texto.


«Conservo la conciencia de que era preciso hablar con los alumnos en el único lenguaje de la materia que yo les enseñaba. ¿Miedo a la gramática? Hagamos gramática. ¿Falta de apetito por la literatura? ¡Leamos! Pues, por muy extraño que pueda pareceros, oh alumnos nuestros, estáis amasados con las materias que os enseñamos. Sois la propia materia de todas nuestras materias. ¿Infelices en la escuela? Tal vez. ¿Sacudidos por la vida? Algunos, sí. Pero, a mi modo de ver, hechos de palabras, todos vosotros, tejidos con gramática [y con pragmática], llenos de discursos, incluso los más silenciosos o los menos armados de vocabulario, obsesionados por vuestras representaciones del mundo, llenos del literatura en suma, cada uno de vosotros, os ruego que me creáis.»


«¡Oh, el penoso recuerdo de las clases en las que yo no estaba presente! Cómo sentía que mis alumnos flotaban, aquellos días, tranquilamente a la deriva mientras yo intentaba reavivar mis fuerzas. Aquella sensación de perder la clase... No estoy, ellos no están, nos hemos largado. Sin embargo, la hora transcurre. Desempeño el papel de quien está dando una clase, ellos fingen que escuchan. Qué seria está nuestra jeta común, bla bla bla por un lado, garabatos por el otro, tal vez un inspector se sentiría satisfecho; siempre que la tienda parezca abierta... Pero yo no estoy allí, diantre, hoy no estoy allí, estoy en otra parte. Lo que digo no se encarna, les importa un pimiento lo que están oyendo. Ni preguntas ni respuestas. Me repliego tras la clase magistral. ¡Qué desmesurada energía dilapido entonces para que tomen esa ridícula brizna de saber! Estoy a cien leguas de Voltaire, de Rousseau, de Diderot, de esta clase, de ese jaleo, de esa situación, me esfuerzo para reducir la distancia pero no hay modo, estoy tan lejos de mi materia como de mi clase. No soy el profesor, soy el guarda del museo, guío mecánicamente una visita obligada.»


En fin, Juan, a seguir. Creo que, para compensar, te voy a mandar un poema de ésos en los que salen jais y tipos que podríamos —y deberíamos— ser nosotros que las conquistan y hablan con ellas toda la noche sobre filosofía neokantiana, pongo por caso. Un abrazo, monstruo.

jueves, 19 de febrero de 2009

Sed de Maldoror (II).


Dado que, en su día, Lautréamont y sus Cantos de Maldoror fueron del agrado de la muchachada silente seguidora de este humilde blog, me he permitido insistir con algún nuevo texto que supera en degeneración y maldad a los precedentes. Dedicado, especialmente, a Leo, Alberto y Lucas, que me hicieron llegar su gusto insano por el Conde. Ahí va:

HE aquí a la loca que pasa bailando mientras, vagamente, recuerda alguna cosa. Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo. Ella blande un bastón y finge perseguirles, luego reemprende su carrera. Se ha dejado un zapa­to en el camino y no lo advierte. Largas patas de araña re­corren su nuca; son tan sólo sus cabellos. Su rostro no se parece ya al rostro humano y lanza carcajadas como las de la hiena. Deja escapar jirones de frases en los que, reuniéndo­los, muy pocos encontrarían un significado claro. Su vestido, agujereado en más de un lugar, ejecuta entrecortados movi­mientos alrededor de sus piernas huesudas y embarradas. Camina hacia adelante, como la hoja del álamo, empujada, ella, su juventud, sus ilusiones y su felicidad pasada, que re­cuerda a través de las brumas de una inteligencia destruida, por el torbellino de las facultades inconscientes. Ha perdido su gracia y su belleza primitivas; sus andares son innobles y su aliento hiede a aguardiente. Sería oportuno asombrarse por ello si los hombres fueron felices en esta tierra. La loca no hace reproche alguno, es demasiado orgullosa para que­jarse, y morirá sin haber revelado su secreto a quienes se in­teresan por ella, pero a los que les ha prohibido, para siem­pre, dirigirle la palabra. Los niños la persiguen a pedradas, como si fuera un mirlo. Ha dejado caer de su seno un rollo de papel. Un desconocido lo recoge, se encierra en su casa toda la noche y lee el manuscrito, que contiene lo siguiente:

«Tras muchos años estériles, la Providencia me envió una hija. Durante tres días me arrodillé en las iglesias y no dejé de alabar agradecida el gran nombre de Aquel que, por fin, había colmado mis votos. Alimenté con mi propia leche a la que era más que mi vida y la veía crecer rápidamente, dota­da de todas las cualidades del alma y del cuerpo. Me decía: "Quisiera tener una hermanita para divertirme con ella; pí­dele al buen Dios que me la envíe; y, como recompensa, trenzaré para él una guirnalda de violetas, menta y gera­nios". Por toda respuesta, la estrechaba contra mi seno y la besaba con amor. Sabía ya interesarse por los animales y me preguntaba por qué la golondrina se limita a rozar con el ala las chozas humanas, sin atreverse a entrar. Pero yo ponía un dedo sobre mis labios, como diciéndole que guardara silen­cio ante tan grave cuestión, cuyos elementos no quería to­davía hacerle comprender, para no herir, con una sensación excesiva, su imaginación infantil; y me apresuraba a desviar la conversación de aquel tema, que es difícil de tratar para cualquier ser perteneciente a la raza que ha extendido un in­justo dominio sobre los demás animales de la creación. Cuando me hablaba de las tumbas del cementerio, dicién­dome que en aquella atmósfera se respiraban agradables perfumes de ciprés y siemprevivas, me guardaba mucho de contradecirla; pero le decía que era la ciudad de los pájaros, que, allí, cantaban de la aurora al crepúsculo vespertino, y que las tumbas eran sus nidos, donde se acostaban por la noche con su familia, levantando el mármol. Yo había cosido los bonitos vestidos que llevaba, así como los encajes, de mil arabescos, que reservaba para el domingo. En invierno, te­nía su legítimo lugar ante la gran chimenea, pues se creía una persona seria, y, en verano, la pradera reconocía la sua­ve presión de sus pasos cuando se aventuraba, con su red de seda atada al extremo de un junco, tras de los colibríes, lle­nos de independencia, y de las mariposas de incómodos zig­zagueas. "¿Qué haces, pequeña vagabunda, si hace ya una hora que la sopa te espera, con la cuchara que se impacien­ta?" Pero ella exclamaba, arrojándose a mi cuello, que no vol­vería a hacerlo. A la mañana siguiente, se escapaba de nue­vo por entre margaritas y resedas; entre los rayos del sol y el atorbellinado vuelo de los insectos efímeros; conociendo sólo la copa prismática de la vida, pero todavía no su hiel; fe­liz de ser mayor que el abejaruco; burlándose de la curruca, que no canta tan bien como el ruiseñor; sacando a escondi­das la lengua al feo cuervo, que la miraba paternalmente; y graciosa como un gato joven. No iba a gozar mucho tiempo de su presencia; se aproximaba la hora en que debía, de modo inesperado, despedirse de los hechizos de la vida, abandonando para siempre la compañía de las tórtolas, las gallinetas y los verderones, los parloteos del tulipán y de la anémona, los consejos de las hierbas de la marisma, el mor­daz espíritu de las ranas y el frescor de los arroyuelos. Me contaron lo que había ocurrido; pues yo no estuve presente en el acontecimiento que produjo la muerte de mi hija. Si lo hubiera estado, habría defendido a aquel ángel al precio de mi sangre... Pasaba Maldoror con su perro de presa; ve a una chiquilla que duerme a la sombra de un plátano y cree, pri­mero, que es una rosa. No podría decirse qué se abrió antes camino en su espíritu, si la visión de la niña o la resolución que la siguió. Se desviste con rapidez, como un hombre que sabe lo que se dispone a hacer. Desnudo como una piedra se ha arrojado sobre el cuerpo de la muchacha y le ha quita­do la ropa para cometer un atentado al pudor... ¡A la luz del día! ¡Vamos, eso no tiene importancia!... No insistamos sobre esa acción impura. Con el espíritu insatisfecho, se viste de nuevo precipitadamente, lanza una cauta mirada al camino polvoriento, por donde nadie transita, y ordena al perro que estrangule, con el movimiento de sus quijadas, a la ensan­grentada niña. Indica al perro montaraz el lugar donde res­pira y aúlla la sufriente víctima y se aparta, para no ser testi­go de la entrada de los puntiagudos colmillos en las venas rosadas. Al perro de presa le pudo parecer duro cumplir esa orden. Creyó que le exigían lo que había sido perpetrado ya y se limitó, aquel lobo de monstruoso hocico, a violar tam­bién la virginidad de aquella delicada niña. De su desgarra­do vientre, la sangre corre de nuevo por sus piernas y a tra­vés del prado. Sus gemidos se unen al llanto del animal. La muchacha le ofrece la cruz de oro que adornaba su garganta para que la respete; no se había atrevido a ofrecérsela a los huraños ojos de quien, primero, había ideado apro­vecharse de débil edad. Pero el perro no ignoraba que, si desobedecía a su dueño, un cuchillo lanzado por debajo de una manga abriría bruscamente, sin demasiados aspavien­tos, sus entrañas. Maldoror (¡cómo me repugna pronunciar este nombre!) escuchaba esas agonías de dolor y se asom­braba de que la víctima tuviera una vida tan resistente como para no haber muerto todavía. Se acerca al altar sacrificial y ve el comportamiento de su perro, entregado a las bajas in­clinaciones y que levantaba la cabeza por encima de la mu­chacha, como un náufrago levanta la suya por encima de las furiosas olas. Le da un puntapié y le revienta un ojo. El pe­rro, encolerizado, huye por el campo arrastrando tras de sí, un trecho de camino que sería demasiado largo ya por corto que fuera, el cuerpo de la chiquilla que sólo se desprende, más tarde, gracias a las irregulares sacudidas de la fuga; pero teme atacar a su dueño, que no volverá a verlo. Éste saca de su bolsillo una navaja americana, compuesta por diez o doce hojas que sirven para distintos usos. Abre las angulosas pa­tas de esa hidra de acero y, provisto de semejante escalpelo, viendo que la hierba no desaparecía aún teñida por tanta sangre derramada, se dispone, sin palidecer, a hurgar vale­rosamente en la vagina de la desgraciada niña. De aquel am­pliado agujero extrae, uno tras otro, los órganos internos; in­testinos, pulmones, hígado y, por fin, el propio corazón son arrancados de sus fundamentos y llevados a la luz del día por la espantosa abertura. El sacrificador advierte que la muchacha, pollo vaciado, está muerta desde hace tiempo; cesa en la creciente perseverancia de sus estragos y deja que el cadáver repose de nuevo a la sombra del plátano. Recogie­ron la navaja abandonada a pocos pasos de allí. Un pastor, testigo del crimen, cuyo autor no fue descubierto, sólo lo contó, mucho tiempo después, cuando estuvo seguro de que el criminal había llegado con seguridad a las fronteras y no debía ya temer la segura venganza proferida contra él, en caso de que lo revelara. Compadecí al insensato que había cometido aquella fechoría, que el legislador no había pre­visto y que no tenía precedentes. Le compadecí porque, pro­bablemente, no conservaba el uso de su razón cuando ma­nejó el puñal de hoja cuatro veces triple, lacerando de arriba abajo las paredes de las vísceras. Le compadecí porque, si no estaba loco, su vergonzosa conducta debía de ocultar un odio muy grande contra sus semejantes puesto que así se en­sañaba en las carnes y las arterias de una inofensiva niña, que fue mi hija. Asistí al entierro de aquellos escombros hu­manos con muda resignación; y cada día voy a orar sobre una tumba.» Al finalizar esta lectura, el desconocido no pue­de mantener sus fuerzas y se desvanece. Recupera el cono­cimiento y quema el manuscrito. Había olvidado este re­cuerdo de su juventud (¡la costumbre embota la memoria!); y tras veinte años de ausencia regresaba a ese país fatal. ¡No comprará ya perros de presa!... ¡No conversará con los pas­tores!... ¡No se acostará a la sombra de los plátanos!... Los niños la persiguen a pedradas como si fuera un mirlo.