Hace años, en Badajoz, en un tiempo en el que el primer (o el segundo, ya no recuerdo) Gran Hermano causaba furor y estridencias en el territorio patrio, tuve la oportunidad de ver una película alemana llamada El experimento. El punto de partida no podía resultar más coincidente: con la excusa de investigar científicamente el comportamiento agresivo de los seres humanos en un entorno coercitivo, veinte personas son encerradas en una cárcel. Diez son guardianes; diez, prisioneros. Os podéis imaginar que la detentación del poder de un ser humano sobre un semejante es una oportunidad irrenunciable para mostrar lo peor de nosotros mismos. El experimento acabó, pues, como tenía que acabar. Ya lo dice el tierno refrán español: "Dale a Juanillo un carguillo".
La Ola (Die Welle) también propone otro experimento, y también percute sobre otra de las debilidades humanas. En un instituto de secundaria alemán, se celebra una "Semana de proyectos", semana dedicada al tratamiento monográfico de una determinada materia. Rainer Wenger es un profesor —okupa en sus años universitarios— al que le hubiese gustado impartir el proyecto sobre Anarquía. Sin embargo, contra su voluntad, se ve obligado a impartir el de Autocracia (sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona o de un grupo es la suprema ley). Sus alumnos —os lo podéis imaginar— están tan desmotivados como él. Sólo pretenden trabajar y pensar lo menos posible. El primer día, hablando sobre dictadores y dictaduras, sobre Hitler y el III Reich, surge la siguiente pregunta: "¿Sería posible que en la Alemania actual ocurriese algo parecido a lo que ya ocurrió en el pasado?" Al señor Wenger se le acaba de ocurrir una idea. Acaba de nacer La Ola.
En un principio, sólo fue un experimento, un trabajo de clase. Se trataba de mostrar a los alumnos el significado de la autocracia de forma práctica, que pudiesen ver cómo crear la idea de grupo, la de disciplina y diferencia respecto de los demás no era algo del pasado y, además, era admitido de buen grado por una comunidad. El experimento estaba resultando todo un éxito. Los alumnos se sentían involucrados en el proyecto, colaboraban. Su actitud, en clase y en sus vidas, estaba cambiando. Sin embargo, La Ola comenzaba a ser otra cosa. Algo muy distinto (o no) a lo que el señor Wenger había planificado.
De esta película, además del mensaje claro y directo de lo fácilmente manipulables que somos todos cuando sentimos la necesidad de pertenecer a un grupo y de buscar su amparo para llenar nuestras vidas, me llama la atención el personaje del protagonista, el profesor Rainer Wenger. Toda autocracia necesita un líder. Y los delirios megalómanos de cualquiera de nosotros siempre van a estar dispuestos a ser encumbrados por un grupo. Nada tan tentador como el poder.
Está en el cine. Merece la pena. También aquí.
Nota: observad el instituto alemán. ¿A cuánto estamos de eso? ¿Por qué nuestros lugares de trabajo se parecen más a cárceles que a centros educativos?
sábado, 3 de enero de 2009
Die Welle.
martes, 30 de diciembre de 2008
Confidencias (II). Amor más.
Era la disputa de siempre: Betis o Sevilla. Jugadores, tópicos aprendidos en las retransmisiones, pátinas sentimentales bajo las que ocultar la inefable felicidad de que el balón entre o no. Música suave para el atardecer de un lunes. Medias pintas de Guinness —omito el pleonasmo— circunvalando distancias entre las cuatro esquinas de la mesa. Kanouté, Mehmet Aurelio, el primo guapo de Álvaro. Y La ciudad allí tirada, en mitad de vosotras dos. Cerradas, aguardando el instante en que os eligen, así son las letras. Tú te dejabas mirar por Karmelo; tú te dejabas tentar por sus páginas. Antes o después, La carretera, Hierro3, La princesa Mononoke, Lolita. El premio a un mes de trabajo en la librería de tu tío; nuestra conversación de viernes mientras te decía cómo me había impresionado la película de Kim Ki-Duk, esa bellísima escena final que nos dejó sin palabras (apuntado quedó el título en el móvil); la escena del jabalí pútrido impresionando los ojos de una niña; luz de mi vida, fuego de mis entrañas.
Acercando vuestras manos. Resulta raro abrir un libro en un bar un lunes a las siete de la tarde. Pero la gloria de la sístole-diástole únicamente está reservada a las que se arriesgan a abrir puertas en lugares ignotos. Os veía en la distancia de los poemas: la absorción de la tinta iba manchando vuestros ojos pretodo. ¿Quién es este tío, Pablo? ¿Te pasa algo? La ciudad, con ser la ciudad, en unos cuantos versos de arte menor (o mayor) cabe. Y en los cuatro ojos que la miran, reedificándola con el movimiento de vuestros labios mientras la leen.
El tiempo del amor más. Anverso-reverso del menos. Ciclo agridulce de esta joda-fiesta brava. Vivir. Os estará tocando todo esto. No os apresuréis, os seguirá tocando. Pero apuradlo hasta el fondo. No hay otra cosa. Los demagogos siempre son atractivos (aunque, afortunadamente, en ese reino caben otras tipologías). Os enamoraréis de varios de ésos. Suerte la suya. Os romperán el corazón, esos mismos u otros. Alguno también romperéis vosotras. No será cosa vuestra, vale, pero tratadlo bien. Echarse a amar y volver con la boca partida es un acto de valentía que nunca debe ser despreciado (aunque él sea feo, torpe, calvo y no levante más de dos palmos del suelo).
Hay dos cosas dignas que se pueden hacer con un libro. Una, leerlo. Otra, robarlo. ¿Te lo robo? Anda, llévatelo. Un beso a las dos.
"La leve sombra"
La leve sombra que proyectas
sobre la sábana recién inaugurada,
es un país tranquilo, acogedor,
donde se hospeda
—por pura complacencia—
toda la luz del mundo.
"Las mujeres" (poema para Juan)
No sé qué tienen
—además
de lo que tienen—, pero
sin duda
es mágico.
Capaces
con un mínimo
gesto
de hacerte desear
no haber nacido nunca
en un instante
y que al siguiente
te arrojes a sus pies, pasan
siempre de largo.
Sus miradas
desarman.
Sus caricias
te pueden reducir
a un pobre
imbécil. Son
como el alumbrado
de la vida.
Las mujeres. Lo máximo.
"Una mujer"
Una mujer
a la que no sólo
no le falta
de nada, sino
que tiene para dar y tomar
de todo lo que a los hombres
—por mucho que digamos
lo contrario— tanto nos gusta
en las mujeres:
feminidad, sutileza,
clase, buen humor,
ternura,
y una carcasa alucinante.
Ésa eres tú.
"Acaso hace falta más"
La oigo subir por la escalera,
es ella, pienso,
estoy seguro,
sólo ella es capaz
de sacarle esa música
al cemento,
ya está aquí,
abro la puerta, la ayudo
con las bolsas:
pan, jamón,
cerveza, café, queso...
comemos
y nos reímos un rato
del mundo.
¿Que por qué?
Ni lo sé
ni me importa.
Es miércoles,
tres de marzo,
un día gris, oscuro,
sin historia,
un día de perros, sí,
pero estamos enamorados.
¿Acaso hace falta más?
"Así sí"
Te digo que te quiero,
pero no te suena
bien.
Vuelvo a intentarlo
con más énfasis,
pero tampoco te convence.
Nos miramos
un rato,
en silencio...,
y rompemos a reír
a carcajadas.
Pero en qué estaría
pensando.
Que se vayan al carajo
las palabras.
Te acaricio largamente
las piernas,
y te beso en la boca,
y te muerdo la nariz,
y... tú
me dices que así sí.
martes, 9 de diciembre de 2008
Confidencias (I). Amor menos.
Como esperando se me acentúan los sentimientos de estupidez e inutilidad, entre otros, antes de salir del piso de Víctor me echó mano un librillo al que llevaba observando en la estantería desde hacía tiempo. Primero me llamó la atención por la portada con tonos verdes. Después, porque el autor tenía nombre vasco, Karmelo Iribarren. Y por el título, La ciudad. De todas formas, poco habría importado todo si no me moviese también el snobismo vomitivo de conocer a un poeta nuevecillo y fardar de eso sacándome un par de versos suyos en una conversación, en un bar, jugando al intelectual marchito para epatar a alguna torda o, si me apuráis, incluso a algún jambo (o a algún amigo, si no hay otro remedio). El caso es creer que uno impresiona con estas cosas. Sí, así de vacío estoy.
Pues bien, me pongo el abrigo —me da un toque más underground y me acerca más a la imagen (otra falacia mía) que pretendo dar de mí mismo—, cojo el coche y me voy al aeropuerto, a esperar, y dispuesto a pasarlo en grande sintiéndome estúpido e inútil pero, eso sí, diciéndole al mundo ahí os jodéis que yo tengo mi poeta y vosotros no. Como si al mundo le importara algo esto. En fin, las cosas.
Claro, con ese título, La ciudad, los versitos no podían ir más que de lo que iban: de la ciudad, de poeta urbano, con bares, barras, tías, tíos, alcohol, lenguaje postmoderno, referencias culturales para ser guay, de cinismo y jueguecitos de palabras, de ser un poquito maldito pero también un poquito adorable, de ser sufridor gratuito y cabrito entrañable, de jugar a ser madurito-atractivo-desaliñado-peterpan-virgencitaquemequedecomoestoy... En fin, de toda esa porquería que yo intento. Joder, cómo nos eligen los libros. Qué asco.
Y como mi padre me enseñó a llegar a los sitios con antelación, tenía cuarenta minutos de espera. Cuarenta minutos que, por otra parte, me tocaría pagar en el parking. Pero bueno, yo tenía mi libro y tal. Me siento para que se me vea pero sin que se note (claro, uno juega a pasar de todo pero quiere que lo miren). Y me pongo a leer. Aquí van algunos poemas, con comentario, alrededor del tema del amor que se va a hacer puñetas, algo que, por otra parte, es lo que le suele ocurrir al amor la mayoría de las veces. Espero que ya, a vuestra tierna edad, lo estéis probando —y sufriendo— a base de bien. ¿A que se pasa de maravilla? Ea, pues bienvenidos. Ah, he seleccionado los poemas en orden cronológico: desde el hastío inicial al desconocimiento final, pasando, por supuesto, por la ruptura. Así queda más dramático y veis que todo lo que es susceptible de empeorar siempre termina empeorando. Venga, al lío.
"El principio del fin"
Mientras ella se desnuda
poco a poco, incendiando
la alcoba,
él
—absorto en la pantalla,
ajeno por completo
a la deflagración—,
se juega mentalmente
un carajillo
a que el malo es el juez.
Claro, ahora pensaréis que si ella (o él) se desnuda, nadie puede estar absorto en ninguna pantalla de televisión, por muy granhermano o sellamacopla que se ponga la cosa. Jajaja. Daría igual que cayera muerta (o muerto) en ese mismo instante. El tiempo hace preferible a maríadelmonte o a anasosaquintana en lugar de la torda (o del jambo) que dijimos amar una vez. Eso, las cosas.
"Lo peor, lo más triste"
No sé si soy
feliz,
si verdaderamente
lo he sido
alguna vez;
aunque creo que no.
Y a ti te ocurre
otro tanto,
me consta.
Pero no es esto
lo peor.
Lo peor del caso,
lo más triste,
es que ya
ni siquiera
nos importa.
Consecuencia de lo anterior. Porque esas cosas se notan. Sí, claro, nos hemos buscado la excusita de "estamos pasando una mala racha" o "una mala temporada" para no decirle a quien tenemos enfrente que la cosa se acaba y que, en la medida de lo posible, lo infiera ella misma y se las apañe como pueda. Lo que no alcanzamos a comprender la mayoría de las veces es que quien tenemos enfrente está tratando de hacer con nosotros exactamente lo mismo. Pero, vamos, forma parte del juego y así van tirando las cosas.
"Sinceridad"
Querías sinceridad sobre todas
las cosas. Que entre nosotros
—dijiste—, nunca se interpusieran
perfidias ni secretos. Que la duda
no arraigase jamás en nuestros
corazones. Querías sinceridad
a cualquier precio. Y que yo
sepa, eso es lo único que hice,
ser sincero, cuando te dije
que me lo había hecho una noche
con tu amiga. No entiendo,
pues, a qué vienen ahora esos
insultos, ni esas miradas torvas,
ni esas lágrimas. No entiendo
de qué vas, sinceramente.
Venga, otro topicazo: "Tenemos que ser sinceros. Nos lo tenemos que decir todo, cari, gordi" (ojo al parche con los vocativos). El que dijo esto por primera vez estará en el infierno junto a Hitler y Goebbels, seguro. O debería estarlo. Pero, vamos, cualquiera dice que no. Hay que pasar por el aro. El caso es que ser sincero para decir "te quiero" es lo más fácil del mundo. Otra cosa es serlo para decir lo que confiesa el del poema. ¿Veis?, ahí ya no es lo mismo. Me da a mí que las sinceridades no se valoran de la misma forma. Pero, vamos, que hay que ser sincero no voy a ser yo quien lo niegue.
"Ya ves, nada"
«No te vayas, no me dejes así»,
te hubiese dicho entonces.
Pero no dije nada, sin embargo.
Me quedé quieto, allí, bajo
la lluvia, como un perfecto imbécil,
viendo cómo te ibas para siempre.
Eso es lo único que hice. Luego,
es verdad, bebí durante muchos
meses mucho, demasiado. Hasta
que una mañana de resaca infernal
te vomité en la alfombra. Y esa fue
al final toda la historia. Ya ves,
nada: talego y medio de tintorería.
Ea, poemita con estrambote. Después de apostar a que el malo era el juez, de importarle poco si había sido o no feliz y de montárselo con la amiga, sería demasiado cinismo —aunque nunca descartable— decirle "no te vayas, no me dejes así". Claro que, pese a todo, luego viene lo de pasarlo mal. Y ahí cada uno tiene sus medios. El caso es estar hundido, que es de lo que se trata. Y, claro, los malditos —que son muy tremendistas y que no se distinguen, precisamente, por su inteligencia— le dan al alcohol porque tienen demasiadas pelis de Bogart y demasiado cine negro encima. Después, todo se pasa. ¡Qué pena!
"Dos extraños"
Cruzar cuatro palabras en un
bar, y percibir al instante
que nada queda de aquella
vieja historia. Que somos dos
extraños, nada más. Dos extraños
a los que la vida puso en una
esquina el tiempo justo para
engañarse un poco, gozar
también a veces, e incluso
prometerse irrealidades.
Dos extraños que esta noche
se miran con indiferencia,
o apenas si se miran. Que tienen
prisa, ganas de despedirse,
de volver a su mundo. Y que
ya ni se molestan en fingir.
Ay, esa sensación es extraña las primeras veces. La tienes ahí delante, estáis rodeados de otros, y, aunque mientras transcurría el poema anterior a éste te pareciera imposible, ahora la ves y ya no queda nada. No, nada. Y lo reconoces, y te alegras, y te vienes arriba hablando con ella, y te muestras alegre, locuaz, incluso amistosamente cercano. Joder, qué bien estoy, piensas. Claro que quien tienes delante también piensa lo mismo y, además, seguro que lo consiguió antes, mejor y más barato que tú. Ya verás cuando, esta noche, te des cuenta de esto. A ver si ahí te ríes también, mono.
"Lo difícil"
Enamorarse es fácil.
Uno puede enamorarse
—sin demasiado
esfuerzo—
varias veces al día,
a nada
que se lo proponga
y se mueva un poco por ahí;
y si es verano,
ni te cuento.
Enamorarse no tiene
mayor mérito.
Lo realmente difícil
—no conozco
ningún caso—,
es salir entero
de una historia de amor.
Eso. A ver quién. Lo malo, siendo esto malo, no es que nadie salga entero, sino que todo el mundo reincide. Y encima decimos que es como la primera vez. El colmo.
Ah, si os gustan estos textos me lo decís y pongo más poemas. Tengo seleccionados algunos sobre el amor, sobre la vida ¿? y otros bastante cínicos. Bueno, y si no lo decís, también los pondré, que las tardes y las noches son largas por aquí, y la compañía, escasa. Ah, y si alguien se anima a escribir un poemita tipo Karmelo Iribarren, prometo regalar un librito suyo al mejor poema. Ea, saluditos, que hoy me siento generoso.
lunes, 1 de diciembre de 2008
El doble.
"El desconocido se detuvo justamente ante la casa en la que el señor Goliadkin tenía su vivienda. Se oyó el tintineo de la campanilla y casi simultáneamente el chirrido del cerrojo. Se abrió el postigo, el desconocido se agachó, quedó visible un momento y desapareció. Casi en el mismo instante llegó allí el señor Goliadkin y se deslizó veloz por el postigo. Sin escuchar al portero, que refunfuñaba algo, entró corriendo en el patio, casi sin poder respirar, y por un segundo alcanzó a ver a su interesante compañero al pie de la escalera que conducía al piso del señor Goliadkin. Éste se lanzó en pos de él. La escalera estaba oscura, húmeda y mugrienta. En los descansillos había montones de basura depositados allí por los inquilinos. Un extraño que subiese esa escalera después de anochecido necesitaría media hora para hacerlo, sin contar el riesgo de quebrarse una pierna, y acabaría maldiciendo la escalera y a los amigos que se habían ido a vivir a semejante lugar. Pero el compañero del señor Goliadkin parecía ser conocido allí, mejor dicho, parecía alguien de la casa. Subía a paso ligero, sin esforzarse y con pleno conocimiento del sitio. El señor Goliadkin estuvo a punto de alcanzado. Dos o tres veces le rozó la nariz el borde del gabán del desconocido. De pronto se le cayó el alma a los pies. El misterioso personaje se detuvo frente a la puerta misma del apartamento del señor Goliadkin, llamó con los nudillos y (lo que en otra ocasión hubiera sorprendido al señor Goliadkin) Petrushka, su sirviente, como si hubiera estado esperando sin acostarse, abrió al punto la puerta y con una bujía en la mano alumbró la entrada del desconocido. Fuera de sí, nuestro héroe entró corriendo en su domicilio. Sin despojarse del gabán y el sombrero siguió por el corto pasillo y se detuvo, como alcanzado por un rayo, en el umbral de su habitación. Todos los presentimientos del señor Goliadkin se habían cumplido. Todo lo que temía y sospechaba se había trocado en realidad. Se le cortó el aliento y sintió un mareo. El desconocido estaba sentado en su propia cama, sin quitarse el gabán y el sombrero; y con una ligera sonrisa, frunciendo levemente el entrecejo, le dirigía un amistoso movimiento de cabeza. El señor Goliadkin quiso gritar, pero no pudo; protestar de alguna manera, pero le fallaron las fuerzas. Se le erizó el cabello y se desplomó exánime del horror que sentía. ¿Y cómo no? El señor Goliadkin había reconocido enteramente a su amigo nocturno. Su amigo nocturno no era otro que él mismo, el propio señor Goliadkin, otro señor Goliadkin, pero absolutamente idéntico a él... En una palabra, su doble..."
Ahora actualicemos qué cosa entendemos por novela realista. Sí, empecemos por ahí, por la cronología. Siglo XIX, ¿no? Mediados del siglo XIX, más o menos, en Europa —Tolstoi y Dostoievski en Rusia, Balzac y Flaubert en Francia, Dickens en Inglaterra—, y segunda mitad ya adelantada en España —Galdós escribió La fontana de oro, su primera novela, en 1968—. Ya se sabe, España tiene su ritmo. Y ahora, tratemos de definir qué entendemos por novela realista. Sí, venga, aunque sea una definición un poco escolar: "novela en la que se refleja fielmente la realidad, en la que, a diferencia del Romanticismo, el movimiento literario precedente, se eliminan la subjetividad y la imaginación excesiva y el escritor pretende limitarse a ser mero transmisor —notario casi— de los acontecimientos". Pues bien, ¿cómo nos explicamos que una novela de unos de los grandes escritores realistas, Fiódor M. Dostoivski, titulada El doble (1846), nos presente a un tipo que ha descubierto que tiene un doble exactamente igual a él: su mismo nombre, su mismo trabajo, su mismo aspecto físico...? No me negaréis que esto, de realismo, tiene poco.
Así comienza El doble, una novelita breve en la que Yakov Petrovich Goliadkin, su protagonista, ve tambalearse su vida por la llegada súbita de ¡un doble! Esta novela, que pasó sin mucha pena ni gloria por la carrera literaria de Dostoievski, adelantaba, sin embargo, uno de los grandes temas de la novela del siglo XX: el enfrentamiento de un hombre con fuerzas desconocidas, intangibles y, por tanto, contra las que es imposible luchar, a las que es imposible vencer. Así, la novela se nos presenta como trasunto de aquellas circunstancias existentes (se quiera o no se quiera) en la vida de todo individuo y a las que éste ha de hacer frente con disigual fortuna según los casos, aunque siempre sintiéndose aplastado, empequeñecido por el peso y la importancia de dichas circunstancias.
Sí, Dostoievski se adelantó en casi sesenta años a uno de los grandes novelistas del siglo XX, Franz Kafka, el escritor que mejor ha sabido plasmar la absoluta indefensión e inanidad del individuo frente a fuerzas avasalladoras y desconocidas —y por fuerzas avasalladoras y desconocidas podéis entender el poder, la burocracia, el Estado... cualquier tipo de autoridad superior al individuo—.
Sin embargo... es curioso. Cuando uno termina de leer El doble se da cuenta de que, quizás, sea la novela más realista de Dostoievski. Y es que, como decía Goethe, sólo todos los hombres viven lo humano. ¿Alguien se atreve a averiguar qué es lo humano que se esconde tras el señor Goliadkin? Ya estáis tardando.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Hayao Miyazaki.
"No ha acabado nada. Seguimos vivos. Y tú vas a ayudarme." Ashitaka le dice estas palabras a San, la reina de los lobos. San es La princesa Mononoke, uno de los personajes de esta película de animación japonesa del año 1997. Ya, imagino que estas cosas son distintas en Japón, que los tiempos, los ritmos y todo lo demás quizás no tengan nada que ver con los nuestros. Ahora bien, en la película de Hayao Miyazaki, director también de El viaje de Chihiro (2001), se constata algo que, no por evidente, resulta superfluo: hay elementos comunes a cualquier cultura, básicamente porque todas las culturas están formadas por personas.
Tanto La princesa Mononoke como El viaje de Chihiro muestran mundos, paisajes, texturas, formas de narrar... a las que no estamos acostumbrados. Su atmósfera es parecida a la de un sueño muy estilizado en el que no faltan momentos de tensión, desgarro e ilusión. Sí, ya sé que nada está quedando muy claro. Quizás sea mejor que me calle y tiremos de youtube para ver las dos pelis. Afortunadamente, están enteras.
La princesa mononoke.
El viaje de Chihiro.
martes, 11 de noviembre de 2008
Sed de Maldoror.
"Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura."
Ése es Maldoror. O Lautréamont, el Conde de Lautréamont. O Isidore Ducasse. En realidad, estos tres nombres muestran -u ocultan- a la misma persona, al hijo de un diplomático francés nacido en Montevideo (Uruguay), el 4 de abril de 1846. Isidore -el Conde de Lautréamont para la historia de la literatura- murió en 1870, dejando tras de sí un reguero de escándalos, sombras, abismos, tinieblas y, sobre todo, revolviéndole las tripas a la literatura canónica de su época -y de todas las épocas posteriores- con obras como Los cantos de Maldoror, de la que están sacadas las citas que ilustran estas líneas.
La exaltación de la violencia, del sadismo, del dolor, de los instintos más abyectos del hombre -y quizás los más sinceros-, del canibalismo, de todas las parafilias habidas y por haber... tienen cabida en estos seis cantos que suponen todo un reto de aguante para el lector, pero también una fuente inagotable de desautomatización de los temas y las formas de la literatura.
Os dejo un par de textos más de Los cantos de Maldoror. Ya sabéis, "no toquéis, si queréis vida".
"NO, no, te lo suplico; no aparezcas de nuevo ante mis cejas fruncidas y aviesas. En un instante de extravío, podría cogerte los brazos,' retorcerlos como si escurriera la colada o romperlos con estruendo, como dos ramas secas, y hacértelos luego comer, empleando la fuerza. Podría, tomando tu cabeza entre mis manos, con aire acariciador y dulce, hundir mis ávidos dedos en los lóbulos de tu inocente cerebro, para extraer de ellos, con la sonrisa en los labios, una grasa eficaz que lave mis ojos, doloridos por el eterno insomnio de la vida. Podría, cosiendo tus párpados con una aguja, privarte del espectáculo del universo y hacerte imposible encontrar tu camino; y no sería yo quien te sirviera de guía. Podría, levantando tu cuerpo virgen con brazo de hierro, tomarte por las piernas, hacerte girar a mi alrededor, como una honda, concentrar mis fuerzas al describir la última circunferencia, y arrojarte contra el muro. ¡Cada gota de sangre salpicará un pecho humano, para aterrorizar a los hombres y poner ante sus ojos el ejemplo de mi maldad! Se arrancarán sin tregua jirones y jirones de carne; pero la gota de sangre permanece indeleble, en el mismo lugar, y brillará como un diamante. No temas, daré a media docena de criados la orden de guardar los venerados restos de tu cuerpo y preservarlos del apetito de los voraces perros. Sin duda el cuerpo ha permanecido pegado en la muralla, como una pera madura, y no ha caído a tierra; pero, si no se presta atención, los perros saben dar elevados brincos."
"HAY que dejarse crecer las uñas durante quince días. ¡Oh!, qué dulce resulta entonces arrancar brutalmente del lecho a un niño que nada tenga todavía sobre el labio superior y, con los ojos muy abiertos, simular que se pasa dulcemente la mano por su frente, echando hacia atrás sus hermosos cabellos. Luego, de pronto, cuando menos lo espera, hundir las largas uñas en su tierno pecho, cuidando de que no muera; pues si muriese, no se tendría más tarde el espectáculo de sus miserias. A continuación, se bebe la sangre lamiendo sus heridas; y durante ese tiempo, que debiera ser largo como larga es la eternidad, el niño llora. Nada es mejor que su sangre extraída como acabo de explicar y caliente todavía, salvo sus lágrimas, amargas como la sal. Hombre, ¿no has gustado nunca tu sangre cuando, por azar, te has cortado un dedo? Qué buena es, ¿verdad?; pues no tiene gusto alguno. Además, ¿no recuerdas haberte llevado un día, entre lúgubres reflexiones, la mano, ahuecando la palma, a tu enfermizo rostro mojado por lo que de tus ojos caía; mano que luego se dirigió fatalmente a tu boca, para beber a largos tragos, en esta copa, temblorosa como los dientes del alumno que mira de soslayo a quien nació para oprimirle, las lágrimas? ¿Qué buenas son verdad?; pues tienen el sabor del vinagre. Diríanse las lágrimas de la que más ama; pero las lágrimas del niño tienen mejor paladar. Él no traiciona, al no conocer todavía el mal: la que más ama acaba traicionando tarde o temprano... Lo adivino por analogía, aunque ignoro lo que sea la amistad o el amor (es probable que nunca los acepte; al menos viniendo de la raza humana). Así, puesto que tu sangre y tus lágrimas no te disgustan, aliméntate, aliméntate confiadamente con las lágrimas y la sangre del adolescente. Véndale los ojos mientras desgarras sus palpitantes carnes; y, tras haber escuchado durante largas horas sus sublimes gritos, parecidos a los hirientes estertores que lanzan en una batalla los gaznates de los heridos agonizantes, entonces, tras haberte apartado como una avalancha, saldrás corriendo de la vecina alcoba y fingirás acudir en su ayuda. Le desatarás las manos de hinchados nervios y venas, devolverás la vista a sus extraviados ojos, lamiendo de nuevo sus lágrimas y su sangre. ¡Qué auténtico es entonces el arrepentimiento! La chispa divina que brilla en nosotros, y que tan raras veces se muestra, aparece; ¡pero demasiado tarde! Cómo se conmueve el corazón al poder consolar al inocente a quien se ha hecho daño; «Adolescente que acabáis de sufrir crueles dolores, ¿quién ha podido cometer en vos un crimen que no sé cómo calificar? ¡Infeliz! ¡Cuánto debéis de sufrir! Y si vuestra madre lo supiera, no estaría más cerca de la muerte, tan aborrecida por los culpables, de lo que ahora estoy yo. ¡Ay!, ¿qué son pues el bien y mal? ¿:¿Son acaso una misma cosa con la que damos, rabiosamente, testimonio de nuestra impotencia y de nuestra pasión por alcanzar el infinito, aun con los medios más insensatos? ¿O son dos cosas distintas? Sí... Sean más bien una sola cosa... pues, de lo contrario, ¿qué sería de mí el día del Juicio? Adolescente, perdóname; ha sido el que está ante tu rostro, noble y sagrado, quien te ha quebrado los huesos y desgarrado las carnes que cuelgan en distintos lugares de tu cuerpo. ¿Es un delirio de mi razón enferma, es un instinto secreto que no depende de mi razonamiento como el del águila que desgarra su presa, lo que me ha llevado a cometer tal crimen?; ¡y, sin embargo, he sufrido tanto como mi víctima! Adolescente, perdóname. Una vez salidos de esta vida pasajera, deseo que permanezcamos abrazados por toda la eternidad; que formemos un solo ser, con mi boca pegada a la tuya. Ni siquiera así mi castigo será completo. Me desgarrarás, entonces, sin detenerte nunca con tus dientes y tus uñas a la vez. Adornaré mi cuerpo con perfumadas guirnaldas para este holocausto expiatorio; y ambos sufriremos, yo al ser desgarrado, tú por desgarrarme ... con mi boca pegada a la tuya. Oh adolescente de rubios cabellos, de tan dulces ojos, ¿harás ahora lo que te aconsejo? Quiero, a tu pesar, que lo hagas, y así complacerás mi conciencia». Tras haber hablado así, habrás hecho daño a un ser humano. y, al mismo tiempo, serás amado por él: es la mayor felicidad que pueda concebirse. Más tarde, podrás llevarle al hospicio; pues el tullido no podrá ganarse la vida. Te llamarán bueno, y las coronas de laurel y las medallas de oro ocultarán tus pies desnudos, sembrados en la gran tumba, al anciano rostro. Oh tú, cuyo nombre no quiero escribir en esta página que consagra la santidad del crimen, sé que tu perdón fue inmenso como el universo. Pero ¡yo existo aún!"
sábado, 11 de octubre de 2008
Lorca dura.
Lo descubrí este verano, en junio o julio. Doce años durmiendo el sueño de los justos. Desde el 96 hasta ahora, siglo XXI. Aunque, al escucharlo, seguía pareciendo ajeno al tiempo, o, mejor dicho, superior al tiempo. Omega —esto es, Enrique Morente y Lagartija Nick—y todo el poder críptico de los textos de Poeta en Nueva York, poemario en la nuca que Federico García Lorca descerrajó a la historia de la literatura en 1930, cuando el mundo todo aún se frotaba los ojos por el crack de año anterior.
Una de las muchas cosas que es Poeta en Nueva York consiste en la capacidad visionaria de sus textos al presentar un modelo desquiciado de convivencia entre el ser humano y su hábitat actual, la ciudad. El descoyuntamiento del hombre al sentirse solo, más solo que nunca, rodeado de tanta gente, más gente que nunca. El hambre insatisfecha por las necesidades descubiertas. El grito catártico del rebelado que se pierde en el kilómetro infinito de las avenidas. El ansia del verde frustrado, del amarillo tumefacto, del azul contaminado. La desigualdad absoluta, la infelicidad inmisericorde, la pobreza. La muerte, a secas.
Y una de las muchas cosas que es Omega es la materialización sonora de todo lo anterior con una contundencia, riqueza y terror que consiguen que la atmósfera de los textos lorquianos se hiperbolice hasta provocar, en algunos momentos, la angustia del ahogo. El cantaor Enrique Morente y el grupo de rock Lagartija Nick, ambos granadinos, destruyeron prejuicios, fronteras para crear una de las obras artísticas más importantes de la historia de la música española. Añadieron, además, a Leonard Cohen, admirador y también adaptador de los versos de Lorca.
El resultado, doce años después, sigue siendo sobrecogedor. Atmósferas oníricas, otras aparentemente limpias, pero tras las que se esconde el veneno de las pesadillas, bulerías y soleares mezcladas con el delirio de la distorsión y las sicofonías de la Niña de los Peines y Manolo Caracol... Esta es la historia de nuestra música. Alguien seguirá hablando de este disco cuando hayamos muerto. Y quizás nosotros, los muertos, sigamos sintiendo escalofríos al recordarlo. No va más.
"La aurora"
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraísos ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
"Vuelta de paseo"
Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.
Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.
Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.
Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.
Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!
"Pequeño vals vienés."
En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.
Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.
Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.
En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del "Te quiero siempre".
En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.
"Ciudad sin sueño. Nocturno de Brooklyn Bridge."
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.