Terminar un viernes a las diez y cuarto puede ser un arma de doble filo. En fines de semana como este, sin nadie a quien ver y con apetitos irrealizables, me dejo llevar por el ritmo de las mareas y me avengo junto al mar amparando mi soledad en un libro de E. E. Cummings. De sus páginas —no me acostumbro a este milagro de los libros por más que lo lleve experimentando muchos años— sale la luz hiriente de tres poemas que abren el cielo encapotado de este viernes a medias.
Conocí a Cummings —como otras muchas cosas— a través de Woody Allen. En Hannah y sus hermanas, Elliot, personaje interpretado por Michael Caine, le regala un libro suyo a su cuñada, de la que secretamente está enamorado. Le recomienda con especial vehemencia que lea el poema de la página ciento doce, pensé en ti cuando lo leí, le dice. Ella, más tarde, en la cama, lo lee y llora. La suerte estaba echada.
Aunque Cummings es un poeta más o menos conocido, me costó mucho encontrar ese poema en una traducción decente y en una edición atractiva. Finalmente, di con él en una edición bilingüe de la editorial Hiperión titulada Buffalo Bill ha muerto. La misma que he abierto esta mañana, la misma que contiene estos tres poemas.
I
ven un poco más lejos —por qué tener miedo—
ya despunta la primera estrella (¿tienes algún deseo?)
tócame
antes de que perezcamos
(créeme que nada de cuanto se ha
inventado podría arruinar esto o este instante)
bésame un poco:
el aire
se oscurece y está vivo—
vive conmigo en la parquedad de
estos colores;
que solos a duras penas
están siempre fuera del alcance de la muerte
II
porque te amo) anoche
ataviada con encajes marinos
se me apareció
tu alma deslizándose
con un risueño montón
de perlas algas corales y piedras;
se elevó, y (hundiéndose ante
mis ojos) hacia dentro, huyó; suavemente
tu rostro sonrisa pechos engullidos
por la muerte: ahogados solo
para volver a subir cuidadosamente a través de la profundidad
tus muñecas
muslos pies manos
irguiéndose
para volver a desaparecer por completo;
precipitándose suave rápidamente arrastrándose
anoche, todo tu
cuerpo con su espíritu flotaba
(ataviado sólo con
el agudo y oscilante murmullo de la marea
III (este es el poema de la película)
en algún lugar adonde nunca he ido, gozosamente más allá
de toda experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más delicado hay cosas que me rodean,
o que no puedo tocar porque están demasiado cerca
tu mirada más leve me abrirá sin esfuerzo
aunque me haya cerrado como un puño,
tú siempre me abres pétalo a pétalo como abre la Primavera
(tocando hábil, misteriosamente) su primera rosa
o si tu deseo fuera cerrarme, yo y mi vida
nos cerraremos muy delicadamente, de repente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve cayendo cuidadosamente por todas partes;
nada de lo que podamos percibir en este mundo iguala
el poder de tu intensa fragilidad: su textura
me domina con el color de sus países,
produciendo muerte y eternidad a cada latido
(no sé qué hay en ti que se cierra
y se abre; pero algo en mí comprende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas
Escena completa en la que aparece este poema.
Segundo movimiento del Concierto en Fa menor de J. S. Bach incluido en la banda sonora de Hannah y sus hermanas.
viernes, 16 de octubre de 2009
Cummings, arma de doble filo.
lunes, 5 de octubre de 2009
Si la cosa funciona...
"Aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir, toda la felicidad que puedas birlar o brindar, cualquier medida de gracia pasajera... Si la cosa funciona..."
Es raro que yo no haya hablado antes de Woody Allen por aquí. La primera película suya que vi fue Toma el dinero y corre, que venía en una colección en vhs que compró mi padre al que, por cierto, no le gusta el cine. Bueno, no es exactamente que no le guste, sino que sólo ve las pelis del oeste y, como nunca se acuerda de nada, las puede ver el tío diez o quince veces como si fuera la primera vez. Luego, muchos años después, en Canal + pusieron otras cuantas, Hannah y sus hermanas, entre otras, y me volvió a llamar la atención aquel judío de gafas de pasta que no paraba de hablar. En el verano de 2001, no sé por qué, llegaron a mis manos Annie Hall y Manhattan, y aquello supuso uno de los descubirmientos más grandes de mi vida. ¡Joder!, el tipo de las gafas de pasta y de la cara boba decía cosas muy interesantes. Ese mismo septiembre apareció en los quioscos de prensa una colección con la filmografía completa de Woody Allen, y yo usaba mi exigua manutención para la comida para comprar las pelis. Ha sido una de las mejores inversiones que he hecho jamás, os lo aseguro.
Quizás muchos únicamente conozcáis a Woody Allen por ser el director de la peli esa en la que Penélope Cruz y Scarlett Johansson se dan un morreo de media hora y por la que a la adorable Pe le dieron un Oscar. Bueno, pues tengo el inmenso placer de anunciaros que Woody Allen es mucho, muchísimo más, y que esa peli sólo es una de las peores de su filmografía.
En efecto, Manhattan —la sonrisa de Tracy...—, Annie Hall —el mundo se divide entre lo horrible y lo miserable—, Delitos y faltas —mi peli favorita; la cara de derrotado de Woody Allen en la última escena me sigue sobrecogiendo cada vez que la veo—, Septiembre —el universo es fortuito, moralmente neutro e increíblemente violento—, Match Point —¿Sabes que tienes un juego muy agresivo? / ¿Sabes que tienes unos labios muy sensuales?—... son verdaderos arcanos del humor, el dolor, la cordura, la locura, de la felicidad, de la infelicidad... de la vida, en fin, que es lo que se palpa en todas las películas de este amante infiel de Nueva York.
Ahora, en el cine, acaba de estrenarse Si la cosa funciona. No hay efectos especiales, no hay naves ni tiros, no hay malos ni buenos, no hay fiestas de adolescentes subnormales diciendo imbecilidades. No hay nada de eso. Precisamente por todas esas razones no os la podéis perder. La película cuenta la historia de Boris Yellnikoff, un físico desengañado que se gana la vida enseñando a jugar al ajedrez en el parque a unos niños a los que siempre acaba insultando. Boris tiene una visión iconoclasta y descarnada de la vida, y no suele dejar títere con cabeza cuando habla. Sin embargo, la vida se va a encargar de mostrarle una nueva perspectiva del asunto, una nueva forma de aceptar el paso del tiempo y, por supuesto, la seguridad de la muerte. Son los mismos temas de Woody Allen de siempre, ya, pero... ¿quién quiere más?
Y, de regalo, la primera escena de Manhattan. ¡Esto es cine!
sábado, 29 de agosto de 2009
Lascano Tegui, Vizconde sin condado.
BUSQUÉ siempre el amor que no poseía. Quise ser amado. He hecho todo lo posible. No he hecho nada más que eso. Los obreros se exponen a caer como los ladrillos desde los andamios. Pierden los brazos y las piernas. Yo no he podido perder nada y he perdido todo. Justo era que se me quisiera. No hay nada más que un amor. Ser amado. Ésa es la alegre monotonía de mi vida.
Que nadie se deje engañar por esta prosa meliflua de Emilio Lascano Tegui, falso Vizconde de vida inquieta y peripecias inverosímiles que tuvo a bien nacer en la Argentina, aunque pudo haber nacido donde se le hubiese antojado, sobre todo en Francia. Otro raro. Otro buceo en esa paraliteratura de la que en este blog ya hemos dado alguna muestra (Leutréamont, Pizarnik...). Sobre todo con el primero tiene que ver este Lascano Tegui. En su obra De la elegancia mientras se duerme (editorial Impedimenta) se adivina la misma falta de hilo narrativo que en los Cantos de Maldoror y, sobre todo, el mismo gusto por todas las parafilias habidas y por haber —os las podéis imaginar, que yo casi que prefiero no decirlas aquí—, entre ellas, claro está, el asesinato:
¿QUÉ ESTARÍA haciendo mi víctima?... Me agaché y miré la bodega que le servía de habitación. Estaba mondando patatas, prolijamente, lentamente. Me hice liviano, me deslicé por la compuerta de la escotilla. Comencé a bajar por la escalera que daba a sus espaldas. La barcaza se inclinó a popa. Deseaba llegar hasta la mujer sin ser sentido y hundirle mi puñal en la nuca como se hace con los terneros en el matadero. Cada milímetro de esa puñalada brusca debía sentirla en mi mano. La piel, la carne, los huesos, tal vez la médula debían ofrecerme esa resistencia que es la suprema voluptuosidad del asesinato. ¿La médula? ¿Es que podría seccionarla fácilmente? Y pensé en las cavernas de la época neolítica llenas de restos de huesos de caballo a los que nuestros padres chuparon las médulas frescas con fruición, aún calientes las presas según deducciones de los paleontólogos. Estaba ya a dos pasos de la mujer rubia, cuando se inclinó como para recoger mi sombra que se alargaba hasta el canasto donde tomaba las patatas. La mujer aquella que no sabía calcular a simple vista la moneda que le devolvían con esa inocencia con que realizan todas sus acciones los corderos a la vista de los lobos elegantes, me ofreció el sitio preferido que yo anhelaba en mis raciocinios y mi mano se me fue independientemente de mi voluntad, que el gesto tan rápido me impidió gustar ese pasaje del cuchillo a través de las carnes. Sentí mi mano enredada entre sus cabellos húmedos y un instante después un chorro de sangre pujar apresurado entre mi mano y el cabo del cuchillo. Fue cuando solté todo. Dejé el arma y la mujer que estaba retenida a mí por el punzón de acero. El bulto cayó. El cuerpo flácido de la mujer rubia entró dentro del canasto y dejó una mano sobre la silla en que había estado sentada. El otro brazo lo colocó bajo el brasero.
Pero no sólo de asesinatos vive el Vizconde. El amor con ribetes de depravación, la seducción con ídem y, en general, las reflexiones sobre todo lo que se le antoje tienen cabida en esta novelita, De la elegancia mientras se duerme, escrita en forma de diario de un hombre que se convierte en asesino por la pura voluptuosidad del crimen. Como muestra, una reflexión un tanto misógina —sí, la misoginia suele ser habitual en esta literatura— a propósito de la seducción tras conocer el personaje principal que ha contraído la sífilis debido a su vida prostibularia en el norte de África:
UNA SOLA duda pudiera retenerte —repuso el varón—, y es que a raíz del libro las mujeres te abandonen. Y eso no sucederá. Las mujeres aman con preferencia a un depravado. Si tú confiesas que te hallas enfermo de lo que llaman tan poéticamente nuestras esposas «de una mala enfermedad», recién sabrás lo que es ser amado. Tendrás, soberbio conquistador, el atractico de un peligro más. Hasta hoy, sólo el embarazo de ti hacíate seductor. Mañana, el nuevo encanto creará una nueva voluptuosidad: la de estar sifilítica. Será la cuarta voluptuosidad que le conozco a la mujer. Conocíale tres: la de abortar, la de menstruar y la de la cánula de irrigador.
Como veis, no tiene desperdicio. La novela se deja leer muy rápido, son apenas ciento ochenta páginas. Otra muestra más de esa literatura que no se enseña, de esa literatura proscrita de los planes de estudio, afortunadamente. Así siempre podremos hallar un mórbido placer en descubrir lo prohibido.
HE VUELTO a ver las dos cabras blancas. Una de ellas me ha mirado. Tiene ojos de señorita. La tarde estaba en silencio y he sentido un chivo dentro de mí, que la comprendía. Las cabras son los animales que me están más cerca, y no he podido menos de responder a esa mirada y comenzar un acercamiento con la más hermosa de ellas cuya ubre rosa es un seno de mujer.
sábado, 15 de agosto de 2009
Entre el centeno.
Cuándo aprendemos a leer. Cuando unimos las primeras letras o cuando descubrimos qué se puede hacer con ellas. No sé cuántos años tenía. Supongo que quince o dieciséis, no sé. Puede que más, o menos. A mi hermano le habían mandado el libro en el instituto. Lo tenía allí, más bien intocado. Desde que lo compró —yo fui con él a la librería— me llamó la atención su título. El guardián entre el centeno.
Lo cogí una mañana y empecé a leerlo. Yo, a mis quince o dieciséis años, más o menos. Y la historia de aquel tío, Holden. Y, sobre todo, su forma de hablar. Casi al final del libro, en el capítulo veintidós, yo aprendí a leer. Lo recuerdo nítidamente. Estaba en el balcón de la sala. Era la casa de mi abuela, aunque ella hubiese muerto hacía ya unos cuantos años. Aprendí a leer mientras Holden le explicaba a su hermana qué quería ser de mayor. Tuve que parar de leer aquello. ¡Joder, qué cosas se podían hacer con las palabras!
Ahora, a cien kilómetros de París, he vuelto a leerlo. Otros quince años después, sigo aprendiendo a leer.
—¿SABES lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
—¿Qué?
—¿Te acuerdas de esa canción que dice, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...»? Me gustaría...
—Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno» —dijo Phoebe—. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
—Ya sé que es un poema de Robert Burns.
Tenía razón. Es «Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno», pero entonces no lo sabía.
—Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» —le dije—, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
La obra entera, aquí. Un clásico.
martes, 28 de julio de 2009
Rayuella III. Sobre el lenguaje y lo demás.
Lo hablábamos el otro día. Yo te decía que reconstruir hoy la rosa de Juan Ramón era una inutilidad. Tú, más comedido que yo, me decías que los elementos naturales siguen estando ahí, que son lo único que hay. Yo, matizando, te dije que claro que están ahí, pero que seguir tratándolos igual, con esa trascendencia y esos afanes telúricos, hoy, siglo XXI, con células madre y la madre de las células, ya no. Tú contraargumentaste donde me dolía, Iribarren y Wolfe también usan esos signos. Sí, te dije, pero en ellos no tienen el peso de tanta tradición, mira García Montero, por ejemplo, los sigue usando, aunque para mí muchos de esos usos están ya acabados. La lejanía de los referentes, en eso coincidíamos los dos. Y también en que una cosa es lo que se escribe y otra lo que se lee. ¿Quién nos quita a Garcilaso?
Todo surgió por el capítulo 99 de Rayuela, a la que, como me vaticinaste, se le va cogiendo el ritmo con el paso de las páginas. Sirvan estas líneas para seguir hablando. De literatura, o de lo que sea.
LOS SURREALISTAS creyeron que el verdadero lenguaje y la verdadera realidad estaban censurados y relegados por la estructura racionalista y burguesa del occidente. Tenían razón, como lo sabe cualquier poeta, pero eso no era más que un momento en la complicada peladura de la banana. Resultado, más de uno se la comió con la cáscara. Los surrealistas se colgaron de las palabras en vez de despegarse brutalmente de ellas, como quisiera hacer Morelli desde la palabra misma. Fanáticos del verbo en estado puro, pitonisos frenéticos, aceptaron cualquier cosa mientras no pareciera excesivamente gramatical. No sospecharon bastante que la creación de todo un lenguaje, aunque termine traicionando su sentido, muestra irrefutablemente la estructura humana, sea la de un chino o la de un piel roja. Lenguaje quiere decir residencia en una realidad, vivencia en una realidad. Aunque sea cierto que el lenguaje que usamos nos traiciona (y Morelli no es el único en gritarlo a todos los vientos) no basta con querer liberarlo de sus tabúes. Hay que re-vivirlo, no re-animarlo.
—¿PERO y después, qué vamos a hacer después? —dijo Babs.
—Me pregunto —dijo Oliveira—. Hasta hace unos veinte años había la gran respuesta: la Poesía, ñata, la Poesía. Te tapaban la boca con la gran palabra. Visión poética del mundo, conquista de una realidad poética. Pero después de la última guerra, te habrás dado cuenta de que se acabó. Quedan poetas, nadie lo niega, pero no los lee nadie.
—No digas tonterías —dijo Perico—. Yo leo montones de versos.
—Claro, yo también. Pero no se trata de los versos, che, se trata de eso que anunciaban los surrealistas y que todo poeta desea y busca, la famosa realidad poética. Creeme, querido, desde el año cincuenta estamos en plena realidad tecnológica, por lo menos estadísticamente hablando. Muy mal, una lástima, habrá que mesarse los cabellos, pero es así.
—A mí se me importa un bledo la tecnología —dijo Perico—. Fray Luis, por ejemplo...
—Estamos en mil novecientos cincuenta y pico. —Ya lo sé, coño.
—No parece.
—Y POR ESO el escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que pretende mentar. No ya las palabras en sí, porque eso importa menos, sino la estructura total de una lengua, de un discurso.
—Para todo lo cual se sirve de una lengua sumamente clara —dijo Perico.
—Por supuesto, Morelli no cree en los sistemas onomatopéyicos ni en los letrismos. No se trata de sustituir la sintaxis por la escritura automática o cualquier otro truco al uso. Lo que él quiere es transgredir el hecho literario total, el libro, si querés. A veces en la palabra, a veces en lo que la palabra transmite. Procede como un guerrillero, hace saltar lo que puede, el resto sigue su camino. No creas que no es un hombre de letras.
domingo, 26 de julio de 2009
Rayuela II. Morelliana sobre la escritura.
Las conversaciones que hemos tenido nosotros sobre la escritura, JaunLuz. Sobre el peso de los adjetivos, sobre la oscuridad de la sintaxis, sobre el tiempo de los verbos. Y ahí seguimos. Estando. "A través de los siglos, / por la nada del mundo, / yo, sin sueño, buscándote. / ¿Adónde el Paraíso, / sombra, tú que has estado? / Pregunta con silencio." Pues eso. El peso de las perras, de las palabras, encajándonos, o no. Es curioso, después de tanto tiempo sin hablar contigo, me siguen pareciendo perfectamente visionarios tus razonamientos sobre cómo escribir. Y tus explicaciones, a pesar de que recurras a captarme una benevolencia que no necesitas, son claras y certeras. ¡Cómo hemos cambiado! Para llegar al mismo sitio. Ya sabes, JuanLuz, "Yo soy dos ojos mis ojos abiertos / solos hacia ti que eres intocable". O, si quieres, "Cagó sangre aquella mañana. Lo supo desde antes, por el olor."
No he podido evitar acordarme de ti esta mañana, en el patio de la casa de Arcos, mientras leía el capítulo prescindible 112 de Rayuela. Ha venido a ponerle palabras a algo que me lleva obsesionando —literarariamente hablando (¿acaso hay más?)— desde hace tiempo.
MORELLIANA
Estoy revisando un relato que quisiera lo menos literario posible. Empresa desesperada desde el vamos, en la revisión saltan en seguida las frases insoportables. Un personaje llega a una escalera: «Ramón emprendió el descenso...» Tacho y escribo: «Ramón empezó a bajar...» Dejo la revisión para preguntarme una vez más las verdaderas razones de esta repulsión por el lenguaje «literario». Emprender el descenso no tiene nada de malo como no sea su facilidad: pero empezar a bajar es exactamente lo mismo salvo que más crudo, prosaico (es decir, mero vehículo de información), mientras que la otra forma parece ya combinar lo útil con lo agradable. En suma, lo que me repele en «emprendió el descenso» es el uso decorativo de un verbo y un sustantivo que no empleamos casi nunca en el habla corriente; en suma, me repele el lenguaje literario (en mi obra, se entiende). ¿Por qué?
De persistir en esa actitud, que empobrece vertiginosamente casi todo lo que he escrito en los últimos años, no tardaré en sentirme incapaz de formular la menor idea, de intentar la más simple descripción. Si mis razones fueran las del Lord Chandos de Hofmannsthal, no habría motivo de queja, pero si esta repulsión a la retórica (porque en el fondo es eso) sólo se debe a un desecamiento verbal, correlativo y paralelo a otro vital entonces sería preferible renunciar de raíz a toda escritura. Releer los resultados de lo que escribo en estos tiempos me aburre. Pero a la vez, detrás de esa pobreza deliberada, detrás de ese «empezar a bajar» que sustituye a «emprender el descenso», entreveo algo que me alienta. Escribo muy mal, pero algo pasa a través. El «estilo» de antes era un espejo para lectores-alondra; se miraban, se solazaban, se reconocían, como ese público que espera, reconoce y goza las réplicas de los personajes de un Salacrou o un Anouilh. Es mucho más fácil escribir así que escribir («describir», casi) como quisiera hacerlo ahora, porque ya no hay diálogo o encuentro con el lector, hay solamente esperanza de un cierto diálogo con un cierto y remoto lector. Por supuesto, el problema se sitúa en un plano moral. Quizá la arteriosclerosis, el avance de la edad acentúan esta tendencia —un poco misantrópica, me temo— a exaltar el ethos y descubrir (en mi caso es un descubrimiento bien tardío) que los órdenes estéticos son más un espejo que un pasaje para la ansiedad metafísica.
Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza, no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio, y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista. En cambio el plano meramente estético me parece eso: meramente. No puedo explicarme mejor.
jueves, 23 de julio de 2009
Rayuela I. Jazzuela.
En esto anda metido uno ahora. Los calores veraniagos con Rayuela, que son menos. Un poco de jazz, para empezar. Capítulo 17.
NADIE parecía dispuesto a contradecirlo porque Wong esmeradamente aparecía con el café y Ronald, encogiéndose de hombros, había soltado a los Warring’s Pennsylvanians y desde un chirriar terrible llegaba el tema que encantaba a Oliveira, una trompeta anónima y después el piano, todo entre un humo de fonógrafo viejo y pésima grabación, de orquesta barata y como anterior al jazz, al fin y al cabo de esos viejos discos, de los show boats y de las noches de Storyville había nacido la única música universal del siglo, algo que acercaba a los hombres más y mejor que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas, una música bastante primitiva para alcanzar universalidad y bastante buena para hacer su propia historia, con cismas, renuncias y herejías, su charleston, su black bottom, su shimmy, su foxtrot, su stomp, sus blues, para admitir las clasificaciones y las etiquetas, el estilo esto y aquello, el swing, el bebop, el cool, ir y volver del romanticismo y el clasicismo, hot y jazz cerebral, una música-hombre, una música con historia a diferencia de la estúpida música animal de baile, la polka, el vals, la zamba, una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos, una música que permitía todas las imaginaciones y los gustos, la colección de afónicos 78 con Freddie Keppard o Bunk Johnson, la exclusividad reaccionaria del Dixieland, la especialización académica en Bix Beiderbecke o el salto a la gran aventura de Thelonius Monk, Horace Silver o Thad Jones, la cursilería de Erroll Garner o Art Tatum, los arrepentimientos o las abjuraciones, la predilección por los pequeños conjuntos, las misteriosas grabaciones con seudónimos y denominaciones impuestas por marcas de discos o caprichos del momento y toda esa francmasonería de sábado por la noche en la pieza del estudiante o en el sótano de la peña, con muchachas que prefieren bailar mientas escuchan Star Dust o When your man is going to put you down , y huelen despacio y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente que las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí misma, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente, todo eso en una música que espanta a los cogotes de platea, a los que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizás había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombres porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.
I could sit right here and think a thousand miles away,
I could sit right here and think a thousand miles away,
Since I had the blues this bad, I can’t remember the day…