lunes, 15 de septiembre de 2008

Literatura tradicional 2008.

Recelo de los ímpetus folclóricos del personal. Me suelen parecer intentos forzados de actualizar y engrandecer algo cuya belleza y sentido radican, precisamente, en un contexto reducido, limitado, en el que todas las claves que en ellos se manejan adquieren su verdadero significado. Mis recelos se agravan aún más cuando es algún neotérico —esto es, moderno o modernillo— el que realiza esta tarea, pues es muy cool y retro que el artisteo actual se lance, quizás por falta de ideas, sobre cualquier cosa con una pátina inactual. ¿Qué hago, entonces, hablando de Lucas 15, el último proyecto de Nacho Vegas, en el que se recupera el cancionero asturiano? Pues que siempre hay excepciones. Algunas tan brillantes como ésta.


El capítulo 15 del Evangelio según San Lucas muestra la parábola del hijo pródigo. Vegas, junto a Manu Molina, Luis Rodríguez, Chus Naves y Xel Pereda, vuelve a las raíces de su tierra para rescatar romaces, villancicos, coplas... y pasarlas por el tamiz del pop. El resultado son once composiciones que mantienen intactos la esencia y el proceso de decantación que el tiempo ha ejercido sobre la literatura tradicional, y, además, les suma la actualidad y la cercanía de ritmos inteligibles para nosotros.

La literatura tradicional, lejos de ser simple o monótona, ha ido acumulando —aquí las perífrasis se hacen más necesarias que en ningún otro lugar— composiciones en las que el único requisito es mantener el interés del receptor. Así, nos encontramos canciones amorosas, villancicos crueles de asesinos sin escrúpulos, composiciones a medio camino entre lo religioso y lo profano en las que se mezcla el nacimiento del Niño Jesús con espectos de la vida ordinaria... Ejemplos de todo ello encontramos en Lucas 15. El disco original consta de un libreto con las letras y con ilustraciones preciosas de un tal Isidro Suárez al que yo, al menos, desconocía.

Uno de los romances más impresionantes de este trabajo es el corte 8, "Teresina". Es curioso, en él se puede observar toda esa teoría que estudiamos en los libros de Literatura y que nos parece, como mínimo, bella reliquia muerta: impresionismo de los tiempos verbales, supresión del verbo de lengua, alternancia de estilo directo e indirecto, polifonía... Suenan, resuenan ecos del Romance del Conde Niño, del Romance del enamorado y la muerte... ¿Alguien será capaz de encontrar algo de esto aquí?


Y allá arriba en aquel alto
una viuda habitaba,
ella tenía una hija,
Teresina se llamaba,
y el que la pretendía
yera príncipe de España.
Pasan tiempos, vienen tiempos,
Teresina embarazada,
su madre desque lo supio
empezaba a encomendarla:
—En fuego te quemes niña,
en fuego seas quemada.

El príncipe que lo supio,
cayó muy malín en cama,
llamaron siete doctores
de los mejores de España.
Unos dicen que se muere,
otros dicen que no es nada,
no siendo el doctor más viejo
que le miraba y callaba.
—¿Qué me mira buen doctor
que tanto me mira y calla?
—Lo que le digo don Diego
que disponga de su alma,
tres horas tiene de vida
y hora y media ya va andada
y hora y media que le queda
pa disponer de su alma.

Bien lo oyera el rey, su padre,
que en altas torres estaba:
—Que poco dura mi hijo,
que poco duras mi alma.
—Bastante dure mi padre,
hasta que Dios lo mandara.
Ahí te queda Teresa,
Teresina embarazada.
Padre, de lo que le di,
padre no le quite nada,
no siendo un anillo de oro
que le di de enamorada.
—Si tú le diste un de oro,
yo le daré un de plata,
ella si trae una hija
será monja en Santa Clara,
ella si trae un varón
será príncipe de España.

Y estando en estas palabras
Teresina allí llegara.
—¿De dónde vienes Teresa
tan cansada y fatigada?
—Vengo de Santo Domingo
de oír misa en Santa Clara,
de rezar al Dios del cielo
que le saque de esta cama.
—De esta cama, sí por cierto,
no será mucha tardanza,
esta cama, sí por cierto,
mañana por la mañana,
tres horas tengo de vida
y hora y media ya va andada
y hora y media que me queda
pa disponer de mi alma.

Teresina oyendo esto
siente la pena en su alma,
siente la pena en su vientre
y cae enferma en la cama.
—En fuego te quemes niña,
en fuego seas quemada.

Él muere a la media noche,
Teresina a la mañana,
le abrieron el vientre
y un niño lindo le sacan.
Los echaron los tres juntos
en un ataúd de plata.
Y aquí se acaba la historia
de los príncipes de España.




Podéis escuchar más canciones y ampliar información en el myspace de Lucas 15. O comprar el disco, no os arrepentiréis.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Nada grave.


Sin ti la poesía
ya no me dice nada,
y nada tengo que decirle a ella.
La única palabra
que entiendo y que pronuncio
es ésta
que con todo mi amor hoy te dedico:
nada.


Cualquier cosa carece de importancia. O la nada —quizás como metáfora de la muerte— es lo único que realmente importa, lo único grave. Ésa es la ambivalencia a la que juega Ángel González en su último poemario. Son veintisiete poemas. Algunos ya habían aparecido en revistas, en periódicos. Tras la muerte del poeta, su viuda encontró los textos ordenados, como si Ángel González los hubiese preparado para ser publicados. Textos pesimistas, más aún que los que componían Otoño y otras luces, su último —penúltimo ahora—poemario, textos que hablan sin velos, ensoñaciones ni escapatorias de las mezquindades del hombre, de la muerte, del paso del tiempo. Del final.

Largamente sentido, un avance contemplado poco a poco. Por eso el poeta ha podido estudiar —nunca limar— todas las aristas del final, todo su poder de destrucción-liberación. Y acepta su llegada con una frialdad que conmueve tanto, que impresiona e hiere tanto, que nos hace preguntarnos si tras toda ella no seguirán percutiendo desquiciadas las ganas de vivir. Ambivalencia, otra más, juego o humorada de Ángel González, tan inclinado a estos artificios de la sonrisa y la inteligencia.

Nada grave, pues, de Ángel González. En la editorial Visor, colección Palabra de honor. En mis últimos días de Albero hablé de este libro, entre otros, con Fran. Como soy torpe y lento para los regalos, Fran, permite, al menos, que te haga llegar, si te llegan, estos poemas que, entre conversaciones cruzadas, yo te quería mostrar. Algunos hablan del tiempo. "El tiempo... Ahí me has dado, ladrón." Urgidos de la sed que un soplo sacia. Un abrazo, Fran.


Última gracia

Acaso
ese golpe final
—yo ya caído—
no fue otro acto de crueldad,
sino una prueba
de la piedad que decían no tenerme.


Siempre la esperanza

Esperar la desdicha,
¿es una forma de esperanza?
La menos peligrosa, en cualquier caso.
La que no puede defraudarnos nunca.


Por raro que parezca

Me hice ilusiones.
No sé con qué, pero las hice a mi medida.
Debió de haber sido con materiales muy poco consistentes.


De todas formas

Lo que queda
—tan poco ya—
sería suficiente
si durase.


Quizá mejor ya no

Tanto la he llamado, tanto
he suplicado su asistencia,
que ahora,
cuando apenas si tengo ya voz para llamarla,
casi lo que más temo es que al fin venga.

No me vuelva a dar la vida.


Ambigüedad de la catástrofe

Lo había perdido todo:
amor, familia, bienes, esperanzas.
Y se decía casi sin tristeza:
¿no es hermoso, por fin, vivir sin miedo?


No hay prisa

Deja que pasen estos días,
deja que pasen estos años,
y entretanto
agradece el regalo de la luz
del cielo de diciembre,
tan discreta
que es casi sólo transparencia,
no ofende y es muy bella.

Deja que pasen estos años,
son pocos ya,
sé paciente y espera
con la seguridad de que con ellos
habrá pasado
definitivamente todo.


Ya casi

Esto,
que está muy mal,
está pasando.
Como pasó el amor,
pasará el desconsuelo.
¿Acabaré agradeciendo al tiempo
lo que en él siempre odié?
Que todo pase,
que todo lo convierta al fin en nada.

viernes, 29 de agosto de 2008

Los versos del Capitán.


Ese viernes salí temprano del hotel para ir al embarcadero. Hacía frío en Puerto Madryn, y las ballenas jugueteaban a poca distancia de la costa. Estuve un rato paseando, viéndolas expulsar vapor de agua en forma de be corta, que es como se le suele llamar a la uve en Argentina. Mostraban sus lomos y, con algo de suerte y atención, también pude ver sus colas. Son bichos grandes esos, aunque a mí los bichos, ni grandes ni chiquitos, me gustan demasiado. Tengo bastante con ese viejo desconocido al que me desafía el espejo o con los alumnos de toda clase y condición.

Luego, para variar, entré en una librería. La librería de Puerto Madryn, cerca de la Península Valdés, en la Patagonia, no tenía nada de especial. Después de fatigar las de Buenos Aires, ésta casi se parecía más a una biblioteca escolar. A pesar de todo, pues la cabra siempre tira al monte, entré. Lo de siempre, más guías de viaje y muchos libros de fotografía sobre cetáceos y otras lindezas. Sin embargo, entre la hierba siempre late la serpiente, dispuesta a morder, o lo que se tercie.

Tenía ganas de leer a Neruda desde hacía mucho tiempo. En mis años de universidad leí algún libro con rapidez y con poco provecho. Quería empezar por algo sencillo y amoroso. Cogí Los versos del Capitán. "Pequeña rosa —comenzaba el primer poema—, rosa pequeña, a veces, diminuta y desnuda, parece que en una mano mía cabes, que así voy a cerrarte y llevarte a mi boca." Decidido. Pago treinta y seis pesos (unos ocho euros). "No me dé una bolsa, gracias, me lo llevo puesto". Sonríe la señora y cierro la puerta.

Vuelvo al hotel. En el camino, tres coches, una moto y dos señoras-ballena están a punto de atropellarme (aplastarme en el caso de las últimas) porque no aparto los ojos del libro. "¿Dónde almorzamos?" "Vamos al Margarita, me han dicho que se come bien". Mientras la camarera se demora en el servicio, mientras mis compañeros de mesa se enredan con anécdotas y planes, voy enredándome yo con las palabras de Neruda, que llegan suaves a veces, violentas otras, directas. "Tu cintura y tus pechos, la duplicada púrpura de tus pezones, la caja de tus ojos que recién han volado, tu ancha boca de fruta, tu cabellera roja, pequeña torre mía." Elijo merluza con verduras y agua. Muy rica. "¿Podemos ir a esa sala?", le preguntamos a la camarera. "Sí, claro, pasen", responde solícita.

Al fondo, separada del comedor, hay una sala con luz tenue, sofás y olor a noche. Allí suena Sabina. "Este virus que no muere ni nos mata, esta amnesia en el cielo del paladar, la limusina del polvo por Manhattan, el invierno en Mar del Plata, los versos del Capitán", canta el compadre Joaquín en "Cerrado por derribo". Alberto lee a Juan Gelman, Carmen y Víctor charlan, a veces los importuno leyéndoles algún verso, y Víctor brilla porque le recuerdan otros tiempos, otros lugares. "Una piedra de Jack Daniel's", pido, y van dos. Y sigo leyendo.


"El alfarero"

Todo tu cuerpo tiene
copa o dulzura destinada a mí.
Cuando subo la mano
encuentro en cada sitio una paloma
que me buscaba, como
si te hubieran, amor, hecho de arcilla
para mis propias manos de alfarero.
Tus rodillas, tus senos,
tu cintura
faltan en mí como en el hueco
de una tierra sedienta
de la que desprendieron
una forma,
y juntos
somos completos, como un solo río,
como una sola arena.




"Tu risa"

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, por que tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.



"La noche en la isla"

Toda la noche he dormido contigo
junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
arriba como ramas que un mismo viento mueve,
abajo como rojas raíces que se tocan.

Tal vez tu sueño
se separó del mío
y por el mar oscuro
me buscaba como antes
cuando aún no existías,
cuando sin divisarte
navegué por tu lado,
y tus ojos buscaban
lo que ahora
—pan, vino, amor y cólera—
te doy a manos llenas
porque tú eres la copa
que esperaba los dones de mi vida.
He dormido contigo
toda la noche mientras
la oscura tierra gira
con vivos y con muertos,
y al despertar de pronto
en medio de la sombra
mi brazo rodeaba tu cintura.
Ni la noche, ni el sueño
pudieron separarnos.

He dormido contigo
y al despertar tu boca
salida de tu sueño
me dio el sabor de tierra,
de agua marina, de algas,
del fondo de tu vida,
y recibí tu beso
mojado por la aurora
como si me llegara
del mar que nos rodea.



"No sólo el fuego"

Ay, sí, recuerdo,
ay, tus ojos cerrados
como llenos por dentro de luz negra,
todo tu cuerpo como una mano abierta,
como un racimo blanco de la luna,
y el éxtasis,
cuando nos mata un rayo,
cuando un puñal nos hiere en las raíces
y nos rompe una luz la cabellera,
y cuando
vamos de nuevo
volviendo a la vida,
como si del océano saliéramos,
como si del naufragio
volviéramos heridos
entre las piedras y las algas rojas.

Pero
hay otros recuerdos,
no sólo flores del incendio,
sino pequeños brotes
que aparecen de pronto
cuando voy en los trenes
o en las calles.
Te veo
lavando mis pañuelos,
colgando en la ventana
mis calcetines rotos,
tu figura en que todo,
todo el placer como una llamarada
cayó sin destruirte,
de nuevo,
mujercita
de cada día,
de nuevo ser humano,
humildemente humano,
soberbiamente pobre,
como tienes que ser para que seas
no la rápida rosa
que la ceniza del amor deshace,
sino toda la vida,
toda la vida con jabón y agujas,
con el aroma que amo
de la cocina que tal vez no tendremos
y en que tu mano entre las papas fritas
y tu boca cantando en invierno
mientras llega el asado
serían para mí la permanencia
de la felicidad sobre la tierra.

Ay, vida mía,
no sólo el fuego entre nosotros arde,
sino toda la vida,
la simple historia,
el simple amor
de una mujer y un hombre
parecidos a todos.

viernes, 25 de julio de 2008

Sicalipsis pre y post mortem.


"Sólo tu corazón caliente, y nada más. Ahora que vienen los fríos de agosto, las lluvias. La ropa de abrigo, tan lejos yo, sin el calor tuyo al otro lado del mar. Vasos comunicantes que sean las olas. Que traigan las palabras, que se las lleven. Que lleguen, que se extravíen. Que no asciendan allí donde tú estás, que aparezcan en la bahía de Sidney, en el Estocolmo báltico, colándose en las películas de Bergman, en la playa del Palmar, sintiéndose gaditanas. Pero que te toquen, sí, que las oigas. Aunque sean susurros, apenas audibles. Espérate. No desistas aún. Presta atención. Aullarán, sonarán prepotentes, como a odio de Dios, si tú quieres. Desde la Patagonia, desde el Calafate y su glaciar Moreno, desde Iguazú, lanzándose al vacío de tu rastro a través de las cataratas.

Serán estas palabras las que te lleguen, saladas, nadadoras. Cansadas, pero certeras. Enriquecidas con las lenguas de los pueblos que las hayan hecho suyas, pasándolas de boca a boca. Y devueltas al mar, otra vez. Hasta la tuya, que es el destino pero nunca el final. Deshazlas en el paladar. Dasgástalas. Pero dalas tú también. Compártelas, rehechas. Sólo así serán verdaderamente mías, tuyas. De los otros. Todos.

Y cuando ya las hayas expulsado de ti, cuando las hayas aborrecido con el deseo de dos enemigos que se enfrentan, me serán devueltas, labradas y marítimas, cubiertas de algas y de ese reflejo tuyo que no eres tú, sino el tacto de todos los hombres que las usaron. Y entonces sabré que las tuviste, que las retuviste, que las desgarraste lentamente con tus dientes, con las uñas de tus ojos, con la fuerza acariciadora de tus manos de metal, con el roce de tus labios, los mismos labios que, en ese momento, estarán allí conmigo, en el transocéano."


No me negaréis que como ejercicio de retórica amatoria no está mal. Os lo regalo. Cambiad, si queréis, femeninos por masculinos, masculinos por femeninos, singulares por plurales, primeras personas por segundas, por terceras... Esto del amor -dicen, yo nada sé- es multiforme, polisémico. También podéis usar los textos que ahora os dejo. El caso es filosofear (neokantianamente hablando, claro).



Rayuela, capítulo 7, de Julio Cortázar. Ya usado por Alberto.



Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.



"Las personas curvas", de Jesús Lizano. Descubierto por Fran.



A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras, curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas
los labios: curvos;
y los sueños, curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva;
el día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!
Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas.
A mí me gustan los maestros curvos
y las maestras curvas.
Y los dioses curvos,
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas;
vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.



"Digo que yo no soy un hombre puro", de Nicolás Guillén.



Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas falta
saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.

Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro, ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado, donde
abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho, y
dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.

Punto, fecha y firma.
Así lo dejo escrito.



"Espantapájaros", de Oliverio Girondo.


No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero, eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa. ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado? ¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte. Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo. ¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo! Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.


sábado, 19 de julio de 2008

¡Que viene el Papa!


1997. "Segundo Encuentro Mundial del Papa con las Familias", así se vende la cosa, con el ruido de las mayúsculas incluido. "La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad", el lema del E(e)ncuentro. Millones y jóvenes abarrotando el estadio Maracaná. "¡Al lado de los jóvenes, la familia! Sí, porque, si es verdad que los jóvenes son el futuro, también es verdad que la humanidad no tiene futuro sin la familia", dice Juan Pablo II. 1997. Río de Janeiro. El Papa decide hospedarse para ese viaje en la Casa Arzobispal. La Casa Arzobispal está situada cerca, muy cerca de una favela. De la fevela de Turano. Aquí comienza Tropa de élite, la película brasileña que os debéis inyectar ya.


Una favela es, en Río de Janeiro, un barrio irregular en el que campan a sus anchas narcotraficantes y armas, en el que la policía, mayoritariamente corrupta, no se atreve a entrar y en el que niños más pequeños que vosotros sirven de coheteros (avisadores) o camellos. A Nascimento, capitán del BOPE (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía), un tipo honrado y con una esposa a punto de parir, le es encomendada la misión de pacificar ese infierno para que "una bala perdida no se cargue al Papa", porque "ningún gobernante quiere encontrarse con el cadáver del Papa en su país". ¿Cómo se pacifica el infierno? Exacto. Con más infierno.

Violencia. Corrupción. Niños pijos que fuman porros y esnifan coca, que trafican con la mierda que compran al dueño de la favela (con el dinero de esa compra, el dueño compra armas para garantizarse su seguridad), niños pijos que montan su ong (con el permiso del dueño) para limpiar sus conciencias de niños pijos y sacar el material a mejor precio. Policías indignos. Degeneración. Violencia. Traficantes y desgraciados al por mayor. Más violencia. Armas. Balas perdidas. Y un puñado de policías honrados. Nascimento, Matías, Neto. Y el suicidio de garantizar la seguridad del Papa.

"Tropa de élite habla de la hipocresía que se vive en Río de Janeiro, que está sometida a la violencia. Aquí, si quieres ayudar a los niños de una favela, tienes que hacerte amigo de los narcotraficantes. Para hacer una cosa justa tienes que hacer una equivocada: si quieres ser miembro del BOPE para hacer cumplir la Ley, tienes que matar porque la gente está armada. Todo es gris, nada es negro o blanco, y todos conviven con este mundo gris como si fuera normal. Ésta es la crónica de nuestra cotidianidad, la guerra que vivimos". Son palabras de José Padilha, productor, coguionista y director de la película.

Se abren las puertas del infierno, esto es, del mundo real. Coged una bolsa de plástico, tendréis que hacerles el submarino seco (bolsa en la cebeza hasta casi ahogar). Coged un calibre doce, tendréis que reventarles la cara. Para acabar con ellos, tendréis que golpearlos hasta obtener la información. Se desmayarán, pero echándoles agua vuelven a despertar. Y golpes, de nuevo. "Habla -diréis-. Habla. Habla". Ellos no permanecerán quietos. Dispararán. Las armas que en otros países sólo posee el ejército son las mascotas de los traficantes en Turano. Tomaréis pastillas, tranquilizantes. Perderéis a vuestra familia. Os insensibilizaréis. Odiaréis. Resentimiento. Estaréis preparados para ser calavera negra, un BOPE.





Aquéllos que aspiran, a pesar de todo, a ser miembros de los comandos del BOPE, deben pasar un proceso selectivo. Así se entrenan para el horror de las favelas.






Tropa de élite está rodada con un estilo voluntariamente documental. Os propongo un juego. En realidad, es el diario El País quien nos lo propone. Aquí van algunas imágenes. ¿Podríais adivinar cuáles pertenecen a la realidad del laberinto de Turano y cuáles a la ficción de la película?

Y, para terminar, el tema central completo de la banda sonora. Dulces sueños, a todos.




Acabo de encontrar un enlace en el que podéis ver la película completa. La calidad no es muy buena, pero menos da una piedra.

sábado, 12 de julio de 2008

El día después de la guerra.


En Troya. El día después del final. Los griegos, vencedores; los troyanos, no. Ya sabéis, la historia de la manzana de la Discordia, del juicio de Paris tratando de discernir qué diosa, si Hera, Atenea o Afrodita, era la más bella, la promesa de esta última de otorgarle a Paris los favores de la mujer más bella y letal de la historia, Helena, si la elegida era ella, y, después, la guerra, pues Paris había abusado de la confianza de Menelao, rey de Esparta, y había raptado, luego de alojarse durante una noche en su palacio, a su esposa, Helena, de nuevo Helena, y la había llevado con él a Troya, creyéndose a salvo tras sus murallas. Y la guerra, que es muerte y héroes y sangre y lágrimas y el sabor agrio endulzando las mieles de la victoria y la derrota, así, a secas, y la guerra que es vida, vida o germen de nuevas guerras, de nuevos odios. Y, al final, el caballo de madera, la argucia, el engaño, y los griegos que entran en Troya y arrasan Troya y destruyen Troya. Y ahí termina (o comienza) la historia. ¿Nunca os habéis preguntado “y ahora qué” después de un final?

Ése es el punto de partida de Las troyanas, de Eurípides. Qué ocurre después del final de esta guerra, qué les ocurre a los habitantes de Troya, qué, sobre todo, a sus mujeres, botín de guerra para los griegos. Qué a Hécuba, reina troyana desposeída de reino, de marido, de hijos, de hijas, pero que mantiene intactos su dignidad y su deseo de venganza. Qué a Casandra, a Andrómaca, hijas de rey y de reina, la una entregada a Agamenón para que éste fuerce su virginidad, la otra obligada a presenciar el vuelo de su hijo pequeño desde las altas murallas de Troya al suelo duro, irreductible. Y qué a Helena, y habló Helena, en su monólogo hiriente-hirviente en el que se reivindicaba como juguete –uno más- en manos de unos dioses caprichosos, ¿culpables? con su juego de toda desgracia. Mujeres, muchas mujeres. Todas ellas, siempre, perdedoras en las guerras (salvo algunas en estos tiempos que corren, en los que, imitando la barbarie masculina, macha, también les da por alistarse en los ejércitos y guerrear por el mundo). Las guerras, siempre las guerras, sombras que nos recuerdan lo desposeídos que estamos del paraíso.

Anoche, en Mérida, en el Teatro romano de Mérida, asistí a la representación de estas troyanas, de sus desdichas, frustraciones y esfuerzos vanos, dirigidas por Mario Gas, uno de los directores más importantes del teatro español. Huelga decir que el marco, claro, era incomparable, y que más de dos mil años contemplaban desde las piedras la misma fuerza dramática que ha impulsado al ser humano desde que el mundo es mundo. Es el teatro, la mentira más verdadera jamás inventada por el hombre, más verdad, incluso, que la propia vida. En los tres grandes clásicos griegos (Esquilo, Sófocles y Eurípides), al igual que en Shakespeare, se siente toda la fuerza de la literatura. Ahí hemos de comer sombra, de vivir o morir del todo, pues nunca somos tan humanos como cuando nos sumergimos en las pasiones de esos seres de mentira tan parecidos a nosotros.


Os dejo un fragmento. En él, Helena, causante de la tragedia y esposa de Paris, y Hécuba, madre de Paris y reina desposeída, discuten, en presencia de Menelao, esposo abandonado por Helena, sobre el origen de la guerra ya terminada. Sé que nada está claro, pero ahí están los libros. Salid ya en su busca.

HELENA:
Responderé anticipadamente a tu acusación, oponiendo mis cargos a los tuyos. Lo que contribuyó a la dicha de la Grecia fue fatal para mí: me perdió mi belleza y me acusan de infame, cuando debía ceñir mis sienes una corona. Dirás que ni siquiera he aludido a la huida de tu palacio. Vino protegido por Afrodita (deidad no despreciable) mi mal genio: Paris, el cual tú, el más descuidado de los hombres, dejaste conmigo en tu palacio mientras navegabas de Esparta a Creta y me raptó a la fuerza. Me acusarás, también, porque después de muerto Paris y de descender al seno oscuro de la tierra, hubiera yo debido, no ligándome a mi lecho ninguna ley divina, dejar estos palacios y encaminarme hacia Argos. En efecto, intenté hacerlo; testigos son los centinelas de las torres y los espías de los muros, que muchas veces me sorprendieron en las fortificaciones descolgándome con cuerdas. ¿Cómo, pues, Menelao, moriré justamente, y sobre todo por tu mano, ya que esta belleza mía, en vez darme la palma de la victoria, me ha condenado a dura esclavitud?

CORO:
Defiende, reina, a tus hijos y a tu patria, refutando sus elocuentes palabras; habla bien, a pesar de sus maldades, don en verdad amargo.

HÉCUBA:
Fue mi hijo de notabilísima hermosura, y tú, al verle, la verdadera Afrodita. A todas sus locuras llaman Afrodita los mortales, y el nombre de esta diosa tiene en ellas su raíz, y tú, al admirarlo con sus lujosas galas y vestido de oro resplandeciente, sentiste arder en tu pecho el fuego de la lujuria. Pocas riquezas poseías en Argos, y al dejar Esparta esperabas que la opulenta ciudad de los frigios soportaría tus excesos, no satisfaciendo tus placeres en el palacio de Menelao. ¡Te atreves a decir que mi hijo te robó a la fuerza! ¡Qué espartano podrá asegurarlo! Sólo te cuidas de la fortuna, sólo a ella sigues, no a la virtud. ¿Y añades que quisiste descolgarte con cuerdas desde las torres, indicando quizá que permanecías en ella contra tu voluntad? ¿Cuándo te sorprendieron preparando fatales lazos? Hubiéralo hecho mujer noble, sensible a la pérdida de su anterior esposo. Yo, incluso, te aconsejé así muchas veces: "Vete, mis hijos contraerán matrimonio con otras, yo te llevaré a las naves griegas, y te ayudaré en tu oculta huida; pon término a la guerra entre griegos y troyanos". Pero esto te desagradaba, y a pesar de todo, sales tan galana y contemplas junto a tu marido el mismo cielo, cuando debías aparecer humilde y desaliñada en tu traje, temblando de horror, con la cabeza afeitada y fingiendo modestia en vez de imprudencia, en expiación de tus anteriores faltas. ¡Oh, Menelao! no es otro mi objeto sino que honres a la Grecia dándole merecida muerte, como corresponde a tu dignidad.

miércoles, 2 de julio de 2008

Kafka y el Padre.


En Cádiz, en la Plaza de San Francisco, hay (o había, hace tiempo que no la frecuento) una librería de viejo, de segunda mano. En el controlado desorden de los anaqueles de la Librería Raimundo, que así es como se llama el sitio, se encuentran antologías de Lorca cohabitando con la Semana Santa de Cádiz en imágenes (edición de 1975) o novelones de Galdós cortejando estampas de la vida de la bahía. Allí, un día, encontré un curioso libro con textos de Cela sobre grabados de Goya y, también, el libro que ha motivado este post, Carta al padre, de Franz Kafka.

No sé los años que hará de aquello (quiero pensar que pocos y productivos), pero no había sido hasta estos días cuando, perdido en el inframundo de mi librería, he recuperado las ciento veinte pequeñitas páginas de la Carta. Franz Kafka es uno de los mejores narradores del siglo XX. Su producción no es extensa, apenas dos novelas, El Castillo y El proceso, otra novela inacabada, América, y unos cuantos relatos, algunos acabados, como La metamorfosis o En la colonia penitenciaria, otros inacabados o apenas esbozados. ¿Por qué, entonces, la consideración de Kafka como uno de los mejores narradores del XX? Para empezar, porque la literatura no se mide en cientos o miles de páginas (esta lección es la que muchos autores de novela actual se perdieron en el colegio), y, sobre todo, porque Kafka fue capaz de crear en sus obras un mundo en el que se retrata un temor inherente a todo hombre: la pérdida de control sobre los propios actos, el control de otros, indeterminados, sobre nuestra propia vida. De ahí el adjetivo kafkiano, que el DRAE define como "absurdo, angustioso", pero que, cuando hemos leído algo de Kafka, podemos definir como lo absurdo o angustioso de una situación en la que una persona se ve involucrada sin saber cómo ni por qué y de la que no puede salir por miedo a unas represalias no necesariamente evidentes ni verdaderas. No me negaréis que esto asusta.

Kafka y su padre no mantuvieron nunca buena relación. Eso, por supuesto, no es nada extraordinario. Quien más quien menos fantasea con la cariñosa aniquilación del padre (o del hijo). Lo llamativo viene del hecho de que Kafka escribiera una extensa carta a su padre explicándole con calma, pero con una dureza infinita, por qué nunca se habían soportado, por qué nunca llegarían a soportarse. Como todos los buenos observadores de la realidad, el autor checo no pretende ofrecernos la relación maniquea entre dos personas y, por tanto, la clara culpabiblidad de una de ellas, sino que es precisamente la frialdad y la equidistancia lo que más nos llama la atención de estas páginas. Kafka, un nino introvertido y temeroso, un hombre traumatizado por la relación con su padre, analiza fríamente, sin autoindulgencia, la vida con su padre, narra, con un deje infinito de pesar, el odio hacia su progenitor, ante el que siempre se sintió inferior.

Así son muchas veces las relaciones entre padres e hijos, también en las parejas. Así suelen ser las relaciones en las que existe dependencia. Francisco Ayala lo expresaba certeramente en Los usurpadores, "el poder ejercido por un hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación". Cabe preguntarnos si son posibles las relaciones humanas sin esa dependencia, sin ese poder, sin esa usurpación. La de Kafka y su padre, desde luego, no lo fue.

Os dejo a continuación cuatro extractos de la Carta. Observad cómo el uso de la segunda persona dota de una cercanía de diamante a las palabras de Kafka. Imaginaos al padre delante, leyéndola.

"Tu opinión era la correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser consecuente para que no dejaras, sin embargo, de tener razón. Podía suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna, pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podías, por ejemplo, despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie, excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía."

"Todos mis pensamientos se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos. Todos mis pensamientos en apariencia independientes de ti, llevaban desde el principio el peso de tu veredicto adverso; soportar esto hasta su desarrollo, completo y permanente, era casi imposible. No me refiero aquí a ninguna clase de pensamientos elevados, sino a cualquier asunto pequeño de la infancia. Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta
fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa."

"El mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía por qué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tú exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor."

"Acostumbrabas a decir, como amarga broma, que nos iba demasiado bien. Pero esa broma no era tal, en cierto sentido. Lo que tú debiste conquistar mediante la lucha, nosotros lo recibíamos de tus manos, pero la lucha por la vida, que a ti te fue accesible de inmediato, y que por supuesto nosotros no podemos tampoco eludir, tuvimos que enfrentarla más tarde, en la edad adulta, con armas infantiles. No quiero decir con esto que nuestra situación sea necesariamente más desfavorable de lo que fue la tuya entonces. Es más bien igual (sin comparar, lógicamente, las disposiciones básicas); nuestra desventaja sólo consiste en que nosotros no podemos vanagloriarnos de nuestra miseria, ni humillar a nadie con ella, tal como tú lo has hecho con la tuya. Tampoco niego que me hubiera sido posible disfrutar verdaderamente de los resultados de tu grande y exitosa labor, que hubiera podido aprovecharlos y continuar tu obra, para tu felicidad, pero a ello se oponía nuestro distanciamiento. Yo podía disfrutar lo que me dabas, sólo que acompañado de vergüenza, de cansancio, de debilidad, de sentimiento de culpa. Por eso, sólo pude agradecerte como un mendigo y no con hechos."

Os hablaba más arriba de otras obras de Kafka. De una de ellas, El proceso, existe una versión cinematográfica dirigida por Orson Welles y protagonizada por Anthony Perkins. Al comienzo de esta versión, encontramos uno de mis relatos favoritos de Kafka, Ante la Ley. Este relato siempre me resultó desasosegante, de principio a fin. A ver qué os parece a vosotros.