sábado, 19 de julio de 2008

¡Que viene el Papa!


1997. "Segundo Encuentro Mundial del Papa con las Familias", así se vende la cosa, con el ruido de las mayúsculas incluido. "La familia: don y compromiso, esperanza de la humanidad", el lema del E(e)ncuentro. Millones y jóvenes abarrotando el estadio Maracaná. "¡Al lado de los jóvenes, la familia! Sí, porque, si es verdad que los jóvenes son el futuro, también es verdad que la humanidad no tiene futuro sin la familia", dice Juan Pablo II. 1997. Río de Janeiro. El Papa decide hospedarse para ese viaje en la Casa Arzobispal. La Casa Arzobispal está situada cerca, muy cerca de una favela. De la fevela de Turano. Aquí comienza Tropa de élite, la película brasileña que os debéis inyectar ya.


Una favela es, en Río de Janeiro, un barrio irregular en el que campan a sus anchas narcotraficantes y armas, en el que la policía, mayoritariamente corrupta, no se atreve a entrar y en el que niños más pequeños que vosotros sirven de coheteros (avisadores) o camellos. A Nascimento, capitán del BOPE (Batallón de Operaciones Especiales de la Policía), un tipo honrado y con una esposa a punto de parir, le es encomendada la misión de pacificar ese infierno para que "una bala perdida no se cargue al Papa", porque "ningún gobernante quiere encontrarse con el cadáver del Papa en su país". ¿Cómo se pacifica el infierno? Exacto. Con más infierno.

Violencia. Corrupción. Niños pijos que fuman porros y esnifan coca, que trafican con la mierda que compran al dueño de la favela (con el dinero de esa compra, el dueño compra armas para garantizarse su seguridad), niños pijos que montan su ong (con el permiso del dueño) para limpiar sus conciencias de niños pijos y sacar el material a mejor precio. Policías indignos. Degeneración. Violencia. Traficantes y desgraciados al por mayor. Más violencia. Armas. Balas perdidas. Y un puñado de policías honrados. Nascimento, Matías, Neto. Y el suicidio de garantizar la seguridad del Papa.

"Tropa de élite habla de la hipocresía que se vive en Río de Janeiro, que está sometida a la violencia. Aquí, si quieres ayudar a los niños de una favela, tienes que hacerte amigo de los narcotraficantes. Para hacer una cosa justa tienes que hacer una equivocada: si quieres ser miembro del BOPE para hacer cumplir la Ley, tienes que matar porque la gente está armada. Todo es gris, nada es negro o blanco, y todos conviven con este mundo gris como si fuera normal. Ésta es la crónica de nuestra cotidianidad, la guerra que vivimos". Son palabras de José Padilha, productor, coguionista y director de la película.

Se abren las puertas del infierno, esto es, del mundo real. Coged una bolsa de plástico, tendréis que hacerles el submarino seco (bolsa en la cebeza hasta casi ahogar). Coged un calibre doce, tendréis que reventarles la cara. Para acabar con ellos, tendréis que golpearlos hasta obtener la información. Se desmayarán, pero echándoles agua vuelven a despertar. Y golpes, de nuevo. "Habla -diréis-. Habla. Habla". Ellos no permanecerán quietos. Dispararán. Las armas que en otros países sólo posee el ejército son las mascotas de los traficantes en Turano. Tomaréis pastillas, tranquilizantes. Perderéis a vuestra familia. Os insensibilizaréis. Odiaréis. Resentimiento. Estaréis preparados para ser calavera negra, un BOPE.





Aquéllos que aspiran, a pesar de todo, a ser miembros de los comandos del BOPE, deben pasar un proceso selectivo. Así se entrenan para el horror de las favelas.






Tropa de élite está rodada con un estilo voluntariamente documental. Os propongo un juego. En realidad, es el diario El País quien nos lo propone. Aquí van algunas imágenes. ¿Podríais adivinar cuáles pertenecen a la realidad del laberinto de Turano y cuáles a la ficción de la película?

Y, para terminar, el tema central completo de la banda sonora. Dulces sueños, a todos.




Acabo de encontrar un enlace en el que podéis ver la película completa. La calidad no es muy buena, pero menos da una piedra.

sábado, 12 de julio de 2008

El día después de la guerra.


En Troya. El día después del final. Los griegos, vencedores; los troyanos, no. Ya sabéis, la historia de la manzana de la Discordia, del juicio de Paris tratando de discernir qué diosa, si Hera, Atenea o Afrodita, era la más bella, la promesa de esta última de otorgarle a Paris los favores de la mujer más bella y letal de la historia, Helena, si la elegida era ella, y, después, la guerra, pues Paris había abusado de la confianza de Menelao, rey de Esparta, y había raptado, luego de alojarse durante una noche en su palacio, a su esposa, Helena, de nuevo Helena, y la había llevado con él a Troya, creyéndose a salvo tras sus murallas. Y la guerra, que es muerte y héroes y sangre y lágrimas y el sabor agrio endulzando las mieles de la victoria y la derrota, así, a secas, y la guerra que es vida, vida o germen de nuevas guerras, de nuevos odios. Y, al final, el caballo de madera, la argucia, el engaño, y los griegos que entran en Troya y arrasan Troya y destruyen Troya. Y ahí termina (o comienza) la historia. ¿Nunca os habéis preguntado “y ahora qué” después de un final?

Ése es el punto de partida de Las troyanas, de Eurípides. Qué ocurre después del final de esta guerra, qué les ocurre a los habitantes de Troya, qué, sobre todo, a sus mujeres, botín de guerra para los griegos. Qué a Hécuba, reina troyana desposeída de reino, de marido, de hijos, de hijas, pero que mantiene intactos su dignidad y su deseo de venganza. Qué a Casandra, a Andrómaca, hijas de rey y de reina, la una entregada a Agamenón para que éste fuerce su virginidad, la otra obligada a presenciar el vuelo de su hijo pequeño desde las altas murallas de Troya al suelo duro, irreductible. Y qué a Helena, y habló Helena, en su monólogo hiriente-hirviente en el que se reivindicaba como juguete –uno más- en manos de unos dioses caprichosos, ¿culpables? con su juego de toda desgracia. Mujeres, muchas mujeres. Todas ellas, siempre, perdedoras en las guerras (salvo algunas en estos tiempos que corren, en los que, imitando la barbarie masculina, macha, también les da por alistarse en los ejércitos y guerrear por el mundo). Las guerras, siempre las guerras, sombras que nos recuerdan lo desposeídos que estamos del paraíso.

Anoche, en Mérida, en el Teatro romano de Mérida, asistí a la representación de estas troyanas, de sus desdichas, frustraciones y esfuerzos vanos, dirigidas por Mario Gas, uno de los directores más importantes del teatro español. Huelga decir que el marco, claro, era incomparable, y que más de dos mil años contemplaban desde las piedras la misma fuerza dramática que ha impulsado al ser humano desde que el mundo es mundo. Es el teatro, la mentira más verdadera jamás inventada por el hombre, más verdad, incluso, que la propia vida. En los tres grandes clásicos griegos (Esquilo, Sófocles y Eurípides), al igual que en Shakespeare, se siente toda la fuerza de la literatura. Ahí hemos de comer sombra, de vivir o morir del todo, pues nunca somos tan humanos como cuando nos sumergimos en las pasiones de esos seres de mentira tan parecidos a nosotros.


Os dejo un fragmento. En él, Helena, causante de la tragedia y esposa de Paris, y Hécuba, madre de Paris y reina desposeída, discuten, en presencia de Menelao, esposo abandonado por Helena, sobre el origen de la guerra ya terminada. Sé que nada está claro, pero ahí están los libros. Salid ya en su busca.

HELENA:
Responderé anticipadamente a tu acusación, oponiendo mis cargos a los tuyos. Lo que contribuyó a la dicha de la Grecia fue fatal para mí: me perdió mi belleza y me acusan de infame, cuando debía ceñir mis sienes una corona. Dirás que ni siquiera he aludido a la huida de tu palacio. Vino protegido por Afrodita (deidad no despreciable) mi mal genio: Paris, el cual tú, el más descuidado de los hombres, dejaste conmigo en tu palacio mientras navegabas de Esparta a Creta y me raptó a la fuerza. Me acusarás, también, porque después de muerto Paris y de descender al seno oscuro de la tierra, hubiera yo debido, no ligándome a mi lecho ninguna ley divina, dejar estos palacios y encaminarme hacia Argos. En efecto, intenté hacerlo; testigos son los centinelas de las torres y los espías de los muros, que muchas veces me sorprendieron en las fortificaciones descolgándome con cuerdas. ¿Cómo, pues, Menelao, moriré justamente, y sobre todo por tu mano, ya que esta belleza mía, en vez darme la palma de la victoria, me ha condenado a dura esclavitud?

CORO:
Defiende, reina, a tus hijos y a tu patria, refutando sus elocuentes palabras; habla bien, a pesar de sus maldades, don en verdad amargo.

HÉCUBA:
Fue mi hijo de notabilísima hermosura, y tú, al verle, la verdadera Afrodita. A todas sus locuras llaman Afrodita los mortales, y el nombre de esta diosa tiene en ellas su raíz, y tú, al admirarlo con sus lujosas galas y vestido de oro resplandeciente, sentiste arder en tu pecho el fuego de la lujuria. Pocas riquezas poseías en Argos, y al dejar Esparta esperabas que la opulenta ciudad de los frigios soportaría tus excesos, no satisfaciendo tus placeres en el palacio de Menelao. ¡Te atreves a decir que mi hijo te robó a la fuerza! ¡Qué espartano podrá asegurarlo! Sólo te cuidas de la fortuna, sólo a ella sigues, no a la virtud. ¿Y añades que quisiste descolgarte con cuerdas desde las torres, indicando quizá que permanecías en ella contra tu voluntad? ¿Cuándo te sorprendieron preparando fatales lazos? Hubiéralo hecho mujer noble, sensible a la pérdida de su anterior esposo. Yo, incluso, te aconsejé así muchas veces: "Vete, mis hijos contraerán matrimonio con otras, yo te llevaré a las naves griegas, y te ayudaré en tu oculta huida; pon término a la guerra entre griegos y troyanos". Pero esto te desagradaba, y a pesar de todo, sales tan galana y contemplas junto a tu marido el mismo cielo, cuando debías aparecer humilde y desaliñada en tu traje, temblando de horror, con la cabeza afeitada y fingiendo modestia en vez de imprudencia, en expiación de tus anteriores faltas. ¡Oh, Menelao! no es otro mi objeto sino que honres a la Grecia dándole merecida muerte, como corresponde a tu dignidad.

miércoles, 2 de julio de 2008

Kafka y el Padre.


En Cádiz, en la Plaza de San Francisco, hay (o había, hace tiempo que no la frecuento) una librería de viejo, de segunda mano. En el controlado desorden de los anaqueles de la Librería Raimundo, que así es como se llama el sitio, se encuentran antologías de Lorca cohabitando con la Semana Santa de Cádiz en imágenes (edición de 1975) o novelones de Galdós cortejando estampas de la vida de la bahía. Allí, un día, encontré un curioso libro con textos de Cela sobre grabados de Goya y, también, el libro que ha motivado este post, Carta al padre, de Franz Kafka.

No sé los años que hará de aquello (quiero pensar que pocos y productivos), pero no había sido hasta estos días cuando, perdido en el inframundo de mi librería, he recuperado las ciento veinte pequeñitas páginas de la Carta. Franz Kafka es uno de los mejores narradores del siglo XX. Su producción no es extensa, apenas dos novelas, El Castillo y El proceso, otra novela inacabada, América, y unos cuantos relatos, algunos acabados, como La metamorfosis o En la colonia penitenciaria, otros inacabados o apenas esbozados. ¿Por qué, entonces, la consideración de Kafka como uno de los mejores narradores del XX? Para empezar, porque la literatura no se mide en cientos o miles de páginas (esta lección es la que muchos autores de novela actual se perdieron en el colegio), y, sobre todo, porque Kafka fue capaz de crear en sus obras un mundo en el que se retrata un temor inherente a todo hombre: la pérdida de control sobre los propios actos, el control de otros, indeterminados, sobre nuestra propia vida. De ahí el adjetivo kafkiano, que el DRAE define como "absurdo, angustioso", pero que, cuando hemos leído algo de Kafka, podemos definir como lo absurdo o angustioso de una situación en la que una persona se ve involucrada sin saber cómo ni por qué y de la que no puede salir por miedo a unas represalias no necesariamente evidentes ni verdaderas. No me negaréis que esto asusta.

Kafka y su padre no mantuvieron nunca buena relación. Eso, por supuesto, no es nada extraordinario. Quien más quien menos fantasea con la cariñosa aniquilación del padre (o del hijo). Lo llamativo viene del hecho de que Kafka escribiera una extensa carta a su padre explicándole con calma, pero con una dureza infinita, por qué nunca se habían soportado, por qué nunca llegarían a soportarse. Como todos los buenos observadores de la realidad, el autor checo no pretende ofrecernos la relación maniquea entre dos personas y, por tanto, la clara culpabiblidad de una de ellas, sino que es precisamente la frialdad y la equidistancia lo que más nos llama la atención de estas páginas. Kafka, un nino introvertido y temeroso, un hombre traumatizado por la relación con su padre, analiza fríamente, sin autoindulgencia, la vida con su padre, narra, con un deje infinito de pesar, el odio hacia su progenitor, ante el que siempre se sintió inferior.

Así son muchas veces las relaciones entre padres e hijos, también en las parejas. Así suelen ser las relaciones en las que existe dependencia. Francisco Ayala lo expresaba certeramente en Los usurpadores, "el poder ejercido por un hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación". Cabe preguntarnos si son posibles las relaciones humanas sin esa dependencia, sin ese poder, sin esa usurpación. La de Kafka y su padre, desde luego, no lo fue.

Os dejo a continuación cuatro extractos de la Carta. Observad cómo el uso de la segunda persona dota de una cercanía de diamante a las palabras de Kafka. Imaginaos al padre delante, leyéndola.

"Tu opinión era la correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser consecuente para que no dejaras, sin embargo, de tener razón. Podía suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna, pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podías, por ejemplo, despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie, excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía."

"Todos mis pensamientos se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos. Todos mis pensamientos en apariencia independientes de ti, llevaban desde el principio el peso de tu veredicto adverso; soportar esto hasta su desarrollo, completo y permanente, era casi imposible. No me refiero aquí a ninguna clase de pensamientos elevados, sino a cualquier asunto pequeño de la infancia. Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta
fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa."

"El mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía por qué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tú exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor."

"Acostumbrabas a decir, como amarga broma, que nos iba demasiado bien. Pero esa broma no era tal, en cierto sentido. Lo que tú debiste conquistar mediante la lucha, nosotros lo recibíamos de tus manos, pero la lucha por la vida, que a ti te fue accesible de inmediato, y que por supuesto nosotros no podemos tampoco eludir, tuvimos que enfrentarla más tarde, en la edad adulta, con armas infantiles. No quiero decir con esto que nuestra situación sea necesariamente más desfavorable de lo que fue la tuya entonces. Es más bien igual (sin comparar, lógicamente, las disposiciones básicas); nuestra desventaja sólo consiste en que nosotros no podemos vanagloriarnos de nuestra miseria, ni humillar a nadie con ella, tal como tú lo has hecho con la tuya. Tampoco niego que me hubiera sido posible disfrutar verdaderamente de los resultados de tu grande y exitosa labor, que hubiera podido aprovecharlos y continuar tu obra, para tu felicidad, pero a ello se oponía nuestro distanciamiento. Yo podía disfrutar lo que me dabas, sólo que acompañado de vergüenza, de cansancio, de debilidad, de sentimiento de culpa. Por eso, sólo pude agradecerte como un mendigo y no con hechos."

Os hablaba más arriba de otras obras de Kafka. De una de ellas, El proceso, existe una versión cinematográfica dirigida por Orson Welles y protagonizada por Anthony Perkins. Al comienzo de esta versión, encontramos uno de mis relatos favoritos de Kafka, Ante la Ley. Este relato siempre me resultó desasosegante, de principio a fin. A ver qué os parece a vosotros.


lunes, 2 de junio de 2008

La masmédula de la abyección.


Para más información, podéis buscar en las enciclopedias babilónicas tapadas con el pañito de encaje que duermen el sueño de los justos en la repisita encima de la televisión, o en la oblonga estulticia de los manuales escolares que reducen la vida de las palabras a taxonomías de características, muertes y alcanfor, o en la todopoderosa wikipedia bogando por los canales cenagosos del cómodo surfeo de la vida mortadela encerrada en el clic del ratón. O podeís mandar al carajo, carajo, a toda esa prensa canalla y a todos los tipos que, como yo, no mereceríamos más que ser los barberos de Maura, y descerrajar el aire y sacrificar el tiempo en las aras, en los brazos lúbricos de la letra que con sangre entra, y golpear hasta que caigan las puertas de las librerías, de las bibliotecas, y comer sombra en las doscientas noventa y ocho páginas que tiene la edición de Mondadori de El otoño del patriarca, novela para machos de García Márquez, ¿qué más queréis?

Eso, comer sombra en el caldo pestilente de la abyección del hombre, en la satrapía de los sátrapas, en la humanidad de los desgraciados que detentan el destino del poder sobre su potra malformada, y ver cómo se viste una novela por los pies, cómo todo lo que no sea esto es una dilación de la muerte, un agujero negro entre el diario de patricia, al que Dios tenga pudriéndose en su santa gloria, y las mañanitas de la ana sosa. ¿Ya lo tenéis? Bien, ahora abridlo y comenzad a leer.

La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos y El otoño del patriarca, de García Márquez, forman, entre otras, una de las muestras más claras de la barbarie humana: todas reflejan la vida, obra y milagros de los dictadores que durante tantos años han asolado las repúblicas de Hispanoamérica, todas describen minuciosamente el sinsentido, el temor y la desmesura de los regímenes brutales de los gobernantes desquiciados del Cono Sur. Ahora, acabo de terminar la relectura de la vida otoñal del patriarca, un déspota eterno y supersticioso tan pobre que nunca tuvo más que el poder o su ilusión. No hay mayor peligro que el gobierno de los iluminados. Hacen cosas como ésta:

"Pero a pesar de la inminencia y el tamaño de la conspiración él no hizo ningún gesto que pudiera suscitar la sospecha de que la había descubierto, sino que a la hora prevista recibió como todos los años a los invitados de su guardia personal y los hizo sentar a la mesa del banquete a tomar los aperitivos mientras llegaba el general Rodrigo de Aguilar a hacer el brindis de honor, departió con ellos, se rió con ellos, uno tras otro, en distracciones furtivas, los oficiales miraban sus relojes, se los ponían en el oído, les daban cuerda, eran las doce menos cinco pero el general Rodrigo de Aguilar no llegaba, había un calor de caldera de barco perfumado de flores, olía a gladiolos y tulipanes, olía a rosas vivas en la sala cerrada, alguien abrió una ventana, respiramos, miramos los relojes, sentimos una ráfaga tenue del mar con un olor de guiso tierno de comida de bodas, todos sudaban menos él, todos padecimos el bochorno del instante bajo la lumbre intacta del animal vetusto que parpadeaba con los ojos abiertos en un espacio propio reservado en otra edad del mundo, salud, dijo, la mano inapelable de lirio lánguido volvió a levantar la copa con que había brindado toda la noche sin beber, se oyeron los ruidos viscerales de las máquinas de los relojes en el silencio de un abismo final, eran las doce, pero el general Rodrigo de Aguilar no llegaba, alguien trató de levantarse, por favor, dijo, él lo petrificó con la mirada mortal de que nadie se mueva, nadie respire, nadie viva sin mi permiso hasta que terminaron de sonar las doce, y entonces se abrieron las cortinas y entró el egregio general de división Rodrigo de Aguilar en bandeja de plata puesto cuan largo fue sobre una guarnición de coliflores y laureles, macerado en especias, dorado al horno, aderezado con el uniforme de cinco almendras de oro de las ocasiones solemnes y las presillas del valor sin límites en la manga del medio brazo, catorce libras de medallas en el pecho y una ramita de perejil en la boca, listo para ser servido en banquete de compañeros por los destazadores oficiales ante la petrificación de horror de los invitados que presenciamos sin respirar la exquisita ceremonia del descuartizamiento y el reparto, y cuando hubo en cada plato una ración igual de ministro de la defensa con relleno de piñones y hierbas de olor, él dio la orden de empezar, buen provecho señores."

El otoño del patriarca es una novela de lectura difícil, engañosa, que pretender ahogarnos en sus pozas, quitarnos la respiración en la arborescencia de su sintaxis. Pero si la domeñamos, ¡ay, si lo conseguimos!, nos depara una pequeña muerte en cada recoveco. ¿Quién quiere ser el primero en probar?

García Márquez cuenta para un programa de la televisión colombiana el proceso de gestación de esta novela. Este es Gabo, chicos. Uno de los mejores narradores del siglo XX.



Como nunca fue mal año por mucho trigo, os dejo esta concupiscencia de Andrés Henestrosa, escritor mexicano, y de García Márquez sobre las mujeres (también aplicable a los hombres, imagino). Salud.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Elogio de vosotros (a través de la palabra).


Ahora que se va acercando el final de estos dos años, que espero la sentencia del concurso de traslados taladrado mañana en la güeb de la Junta de Andalucía, que la feria pone distancia entre las clases, vosotros y yo, reviso tranquilamente en casa el Elogio de la palabra.

Elogio de la palabra es un libro editado por el I.E.S. Albero en el que "escritores, artistas y personalidades de todo el mundo se expresan en favor de la Educación y la Cultura". Así, al menos, reza en la portada del libro. Permitidme decodificar estas palabras desde un punto de vista comunicativo. Tenemos, por un lado, a lo más nutrido de la intelectualidad de este planetita nuestro. Por otro, tenemos a unos tipos en un instituto en Alcalá. Estos tipos -Juan Antonio Muñoz, al igual que San Agustín, puede ser dos (y muchos más) y estar en cada uno de ellos por completo- tienen la particularidad de concebir la educación, sobre todo en estos tiempos, como un compromiso con uno mismo y, a partir de ahí, con todos los otros que forman la comunidad albérica. Los unos comienzan a pedir a los otros incitaciones a la lectura, al conocimiento, apologías contra la alienación. Ahí se va gestando el Elogio. Comienzan a llegar Vargas Llosa, Pérez Reverte, Miguel Delibes, Fernando Arrabal (¡ay, abuelo!), Álvaro Pombo, Ken Follet, José Saramago, Noam Chomsky, Harold Bloom... El lío, pues, está montado. Todos ellos os hablan a vosotros. Dialogan con vosotros. Se sientan ahí, a vuestro lado, y os susurran por qué leen, por qué leer. Puede, sólo puede, que toda esa gente no esté del todo equivocada. Ya me diréis.

Juan Antonio, además, tuvo la discutible ocurrencia de proponerme escribir -conocida es por él mi afición a juntar letras- unas palabras de incitación a la lectura. Para crearlas, pensé en vosotros y en mí. En aquello que siento cuando me dispongo delante de vosotros y, sobre todo, en aquello que veo en vosotros cuando comienza el teatro de los cincuenta y cinco minutos. Ahora que se va acercando el final de estos dos años, que espero la sentencia del concurso de traslados taladrado mañana en la güeb de la Junta de Andalucía, que la feria pone distancia entre las clases, vosotros y yo, permitid a este medio ser que os agradezca la noble tarea de sentirse válido a través de vuestros ojos. Permitidme que os haga llegar el texto que, con más voluntad que acierto, malformé pensando en vosotros, única justificación de mis desvelos de ¿profesor?

Tenéis la obligación de formaros lo mejor posible. Exprimid a quienes tenéis delante. Y, cuando estemos inservibles por la succión, arrojadnos y seguid parasitanto. A propios, a extraños. A vosotros mismos. A libros, a pantallas. Ése debe ser vuestro compromiso. "Lo demás, querido Horacio, lo demás es silencio."

Lo dicho, el texto:

"Cuando nos miráis, no somos nosotros los observados, son vuestros propios ojos los que, a través de esa mirada, os delatan. Creéis estar seguros, amparados tras el rectángulo-adarga de aglomerado que, a veces, utilizáis como mesa de ejercicios. Pensáis —¡si supierais qué entrañable resulta ese candor!— que los cincuenta y cinco minutos son una loriga que os hace inmunes a las palabras del enemigo, que os protege de contagios, de infecciones. Adoptáis sobre vuestra montura posición de defensa, arqueáis la espalda, mostráis sólo la cabeza protegida por la celada de otros pensamientos. A veces, incluso, fingís aburrimiento o desprecio. Las guerras, como todas las actividades humanas, también reclaman su cuota de ceremonia teatral. Y vosotros, ahí sentados, ahí enfrente, lleváis años ensayando el mismo ritual de la lucha, de la defensa.

Pero las piedritas de colores no os creen, os desmienten. A veces, sólo hace falta una palabra para encenderlas. Decimos amor, sexo, risa, muerte o dolor. Otras veces, unimos tres o cuatro palabras y resulta si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti, o puede que aparezca y tú me dices que sabes que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre, de lastimar mis labios con la sed de tenerte o se cuela y la carne que tienta con sus frescos racimos. Y es entonces cuando la adarga se esfuma y os deja descubierto el cuerpo, desnudos, cuando la celada se desvanece y arrastra con ella el tiempo y sus miserias, cuando os despojáis de rituales, de luchas, de defensas, y os quedáis solos con vuestros ojos, con vuestras dos piedritas de colores, ahora incandescentes, que ya no protegen ni desprotegen, sino que son, están, ahí, dispuestas, porque es la sangre quien manda, porque estáis inyectados, infectados, y ya no observáis, sino que son dos ojos, vuestros propios ojos, quién os lo iba a decir, los que os han traicionado, delatándoos. Los mismos dos ojos que os sirven para leer, o caer."

Permitidme, asimismo, dejaros los poemas completos a los que pertenecen las citas del segundo párrafo del texto anterior.

"Me basta así", de Ángel González.

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).


"Espera", de José Manuel Caballero Bonald.

Y tú me dices
que tienes los pechos vencidos de esperarme,
que te duelen los ojos de tenerlos vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre,
de golpear mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en besos
desde la ausencia en la que tú me gritas
que me estás esperando.

Y tú me lo dices que estás tan hecha
a este deshabitado ocio de mi carne
que apenas si tu sombra se delata,
que apenas si eres cierta
en esta oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.


"Lo fatal", de Rubén Darío.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

domingo, 18 de mayo de 2008

Aleixandre o el tiempo.


Mientras vuestros bolígrafos fatigaban la inercia de los exámenes de Lengua y Literatura de la última semana, yo me sentaba en el escalón de la tarima del salón de actos (o del S.A.M., o como lo queráis llamar, pues, para este post, el nombre no es arquetipo de la cosa), y leía. Poemillas, sin maldad, sin hacerle daño a nadie. Me reencontraba con los versos de uno de mis poetas de cabecera, Vicente Aleixandre, sevillano por accidente, malagueño por convicción y madrileño por postración en su residencia de la calle Velintonia. Ahora, tras el viaje a Zamora, he vuelto a aquellos poemas. Es curioso lo que ocurre a veces con la lectura. Sucede que los libros parecen esperarnos -o, quizás, somos nosotros los que esperamos a los libros-, y se nos avienen a la vida -o, quizás, somos nosotros los que nos avenimos a sus letras-, y acabamos inyectados los unos por los otros. Ahora veréis por qué.

El tiempo, como decía Cernuda de la muerte, es una graciosa red de cazar mariposas. Todos nos vemos delicadamente aherrojados por su seda tibia, leve, translúcida, que no transparente. Cambia, sin embargo, nuestra percepción de su transcurso.

Mientras escribíais vuestros exámanes, mientras mirabais techos, paredes o folios cercanos esperando que la Vigen María destilara compasión, mientras viajábamos por los Arribes del Duero o mientras confraternizábamos en las habitaciones de la residencia, yo pensaba en vuestra edad, en la mía, en la edad que yo tenía cuando hacía lo mismo que vosotros estabais haciendo, en la que tendréis todos vosotros cuando hagáis lo que yo estaba haciendo en ese momento. Y, entonces, leía o rememoraba los versos de Aleixandre que hoy os quiero mostrar.

Como del resto de la literatura, también de Vicente Aleixandre se hacen taxonomías, clasificaciones. Reducciones escolares, académicas en fin. Suele hablarse en la producción poética de Aleixandre de tres etapas: comunión (a ésta pertenecen los poemas más marcadamente surrealistas en los que el amor y la unión física tienen un papel principal), comunicación (encontramos aquí poemas de hermanamiento social del ser humano), y, finalmente, conocimiento. Aunque bien poco se explica a Aleixandre en clase, con algo de suerte se puede mal leer un poemita o dos de las primeras etapas. De la tercera, en cambio, nada. Son, precisamente estos poemas, los que me traen aquí hoy.

Vicente Aleixandre, en su senectud, reflexiona, fundamentalmente, sobre qué cosa es el conocimiento, la sabiduría y, unido a estos conceptos, se acerca al tema del paso del tiempo. Ya veis, siempre el tiempo, verdad última de nuestro goteo vital. Y reflexiona Aleixandre sobre qué cosa es el paso del tiempo y sobre la percepción que de ello se tiene en las distintas etapas de la vida. Eso pensaba yo mientras os veía afanaros en vuestros exámanes, y me recordaba a mí mismo no hace demasiado en vuestra misma situación, arqueando mi espalda y retorciéndome el rostro para recordar la fecha inútil que me daría medio punto más en el examen. Eso pensaba yo mientras os abrazabais en Zamora, mientras reíais, mientras caminábamos cansados, mientras llorábamos en la despedida. Cómo se vive el paso del tiempo.

Vosotros siempre tendréis la misma edad. Delante de mí tendré siempre esbozos de catorce, quince, dieciséis, diecisiete años. En cambio, el esbozo que soy yo, que somos todos los actores que nos dedicamos a esto, irá envejeciendo. Lenta pero irreversiblemente. Vosotros, sin notar el paso del tiempo; nosotros, sin quererlo notar. Es curioso cómo, en ocasiones, el ser humano intenta enmascarar las muestras palpables del transcurrir de su propia existencia. Qué le vamos a hacer, si esto es ser hombre.

He aquí esos poemas del honor, del horror, de lo inmarcesible y de lo ajado ya. A todos nos tocó. A todos, tarde o temprano, nos volverá a tocar, pues, como escribía Goethe, "sólo todos los hombres viven lo humano".

Los dos poemas que siguen pertenecen al libro Poemas de la consumación (1968).

"Los viejos y los jóvenes"

Unos, jóvenes, pasan. Ahí pasan, sucesivos,
ajenos a la tarde gloriosa que los unge.
Como esos viejos
más lentos van uncidos
a ese rayo final del sol poniente.
Éstos sí son conscientes de la tibieza de la tarde fina.
Delgado el sol les toca y ellos toman
su templanza: es un bien —¡quedan tan pocos!—,
y pasan despaciosos por esa senda clara.

Es el verdor primero de la estación temprana.
Un río juvenil, más bien niñez de un manantial cercano,
y el verdor incipiente: robles tiernos,
bosque hacia el puerto en ascensión ligera.
Ligerísima. Mas no van ya los viejos a su ritmo.
Y allí los jóvenes que se adelantan pasan
sin ver, y siguen, sin mirarles.
Los ancianos los miran. Son estables,
éstos, los que al extremo de la vida,
en el borde del fin, quedan suspensos,
sin caer, cual por siempre.
Mientras las juveniles sombras pasan, ellos sí, consumi­bles, [inestables,
urgidos de la sed que un soplo sacia.


"Rostro final"

La decadencia añade verdad, pero no halaga. Ah, la vicisitud
no se cancelará, pues es el tiempo.
Mas, sí su doloroso error, su poso triste. Más bien su torva imagen,
su residuo imprimido: allí el horror sin máscara.
Pues no es el viejo la máscara, sino otra desnudez impúdica;
más allá de la piel se está asomando,
sin dignidad. Desorden: no es un rostro el que vemos.
Por eso, cuando el viejo exhibe su hilarante visión se ve entre rejas,
degradado, el recuerdo de algún vivir, y asoma
la afilada nariz, comida o roída, el pelo quedo,
estopa, la gota turbia que hace el ojo, y el hueco o sima donde estuvo la boca y falta. Allí una herida
seca aún se abre y remeda algún son: un fuelle triste.
Con los garfios cogidos a los hierros, mascúllanse
sonidos rotos por unos dientes grandes, amarillos,
que de otra especie son, si existen. Ya no humanos.
Allí tras ese rostro un grito queda, un alarido
suspenso, la gesticulación sin tiempo...
Y allí entre hierros vemos la mentira final. La ya no vida.

sábado, 10 de mayo de 2008

Títeres sin cabeza.

En Todo lo demás, Woody Allen le dice a Jerry Folk, un cómico joven amigo suyo, que los hombres siempre han necesitado chamanes, confesores o psiquiatras para que les dijeran qué hacer, cómo pensar. En efecto, en el ser humano se observa una tendencia (suicida en muchos casos) a la autoimposición de dioses -religiosos o laicos, qué más da- para que sean éstos quienes marquen qué se debe hacer y qué no y, lo que es peor, para que sean estos propios dioses quienes eximan al hombre de la responsabilidad en sus errores. Como mecanismo de impunidad he de reconocer que no está nada mal, aunque todo falla si nos damos cuenta de la impostura. Y nuestra inteligencia, mal que nos pese a veces, tiende a detectar falacias redentoras, promesas mesiánicas.


Todo lo anterior viene a cuento de la última obra de Els Joglars, un grupo teatral catalán nacido en 1962 y dirigido por Albert Boadella. Tanto Els Joglars como Boadella están avalados, pues, por más cuarenta años de profesión. Durante estos cuarenta años han usado el teatro como plataforma crítica: primero dirigieron sus críticas contra el franquismo, su caspa intelectual y su saña censora (esto le valió a Boadella la cárcel); ahora, siguen reaccionando contra otros atropellos. En concreto, en su último montaje, La cena, a cuyo estreno asistí ayer, critican duramente "el gran negocio del medioambiente y la frivolidad política sobre un tema que afecta a toda la humanidad. El disparate se halla en el constante estímulo de una política de consumo compulsivo que al mismo tiempo provoca el supuesto cambio climático mientras se proponen simulacros de lucha por un mundo sin contaminación". Ahí es nada.



En La cena, España es la anfitrionada de una cumbre mundial sobre el cambio climático. El Gobierno español, por tanto, es también el encargado de oficiar la cena de clausura de esta cumbre, y contempla esta organización como una oportunidad única para mostrar al mundo su preocupación por las cuestiones medioambientales. Para esto, contrata a un famosísimo cocinero de renombre internacional, el Maestro Rada, magistralmente interpretado, una vez más, por Ramón Fontserè, especialista en "cocina sostenible y respetuosoa con el medio ambiente". Ni que decir tiene que tras este cocinero se esconde una crítica a toda la nouveau cousin, a Ferrán Adriá y todos aquellos que pretenden hacer filosofía cara del noble y necesario arte del buen yantar. A partir de esta contratación, la locura no tendrá freno.

Hablaba en el primer párrafo de los dioses, religiosos o laicos, que el ser humano se autoimpone. Els Joglars pretende con este montaje criticar irónicamente -si queréis sabes qué cosa es la ironía hay que ver a estos tíos actuar- a toda esa cohorte de visionarios, profetas, apóstoles o mesías de la catástrofe planetaria que se llenan las bocas -y los bolsillos- con la predicación del holocausto mundial al mismo tiempo que fomentan políticas hiperconsumistas. Por el espejo deformante de La cena pasan todos: Zapatero y su "Alianza de Civilizaciones", Al Gore, Carla Bruni y Sarkozy, el Dalai Lama, el Papa, Suso de Toro, Benedetti y, en general, toda la progresía reaccionaria de este y de otros países. Títeres sin cabeza.

Els Joglars nos ofrece un ejercicio impagable y difícil de encontrar hoy: la crítica irónica, la mordacidad, la honestidad, la ausencia de amos que dicten normas y sermones... y, sobre todo, Els Joglars nos ofrece teatro del bueno, arte. Hablaba en el post anterior de Dario Fo. Boadella y su grupo son otros de los reductos que quedan para no apestar a hipocresía. Están en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega, hasta el día 18 de mayo. Id. Ya. No hay excusas.