miércoles, 13 de mayo de 2009

Preferiría no hacerlo.


Bartleby, el escribiente apenas tiene treinta páginas. Narrado en primera persona por un abogado testigo de los hechos que se cuentan, esta pequeña novela crea uno de los personajes más conmovedores, lacónicos e inclasificables con los que jamás me he encontrado: el señor Bartleby, escribiente en el despacho del abogado narrador, un hombre inexpresivo y ataráxico cuya máxima muestra comunicativa es la oración preferiría no hacerlo. Pues sí, Bartleby prefiere no hacer recados, prefiere no leer en voz alta documentos, prefiere no ir a comer, prefiere no relacionarse con sus compañeros de trabajo... Sólo copia... hasta que decide —prefiere— no copiar, claro.

Escrita por Herman Melville —el autor de Moby Dick— en 1856, es ya un lugar común hablar de ella como prekafkiana. De hecho, Borges dijo a propósito de esta novela: «Bartleby prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.»

Novelas como ésta, como El doble o Memorias del subsuelo, ambas de F. Dostoievski, o como El capote de N. Gógol prefiguran ya en el siglo XIX un tipo de personaje crucial en la narrativa —y en la vida— del siglo XX y lo que llevamos de XXI: el hombre vencido por un entorno incognoscible aunque siempre adverso, una sociedad cuyas reglas degluten la individualidad del personaje sin argumentos, esperas ni motivos. Huelga decir que La metamorfosis, El castillo o El proceso —es decir, Kafka— son eso, y mucho más.

Una última razón por la que leer la no-vida de este Bartleby: la edición de Nórdica Libros, con unas ilustraciones de Javier Zabala que recogen perfectamente el confinamiento del personaje y el mundo árido de la novela. Os dejo el comienzo de la novela. Para quien quiera seguir, he aquí un enlace al texto completo.


SOY un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo, nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable, salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.

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