jueves, 10 de diciembre de 2009

Hank Chinaski, perdedor.



PODÍA VER el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre... ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.

El tipo que escribió la contraportada tenía razón. "Algo así como un hermano paria de Holden Cauldfield, el dulce héroe de El guardián entre el centeno", decía. El hermano más paria, habrá querido decir, porque Holden no era, precisamente, una persona con arraigos. Pero sí, algo en común tienen. Inmadurez y odio, para empezar. Inadaptación también. Chinaski es más sucio, menos idealista, más agrio, más duro. Un tipo duro, o al menos eso es lo que él cree. Los dos —todos— cobardes. Y qué seguro de vida es la cobardía.

A Charles Bukowski lo conocía de oídas y tenía algunos prejuicios negativos con él. Es el arquetipo de escritor maldito, borracho, inadaptado, cínico, iconoclasta... No suena nada mal, ¿verdad? Y le tenía manía porque durante la carrera los tipos que me parecían más inframentales lo leían y, después, por mis propios fantasmas personales de los que, ahora, intento deshacerme. Espero, con esto, no estar convirtiéndome en uno de aquellos subnormales en versión crepuscular treintañera, lo cual sería muy lamentable. Sin embargo, empecé a apreciarlo cuando leí que Iribarren lo admiraba. Lo mismo que a Carver. El otro día, compré La senda del perdedor, en la editorial Anagrama. Debía enfrentarme cara a cara con ese nombre: Bukowski-Chinaski. Limpiamente. A ver si dolía una de mis múltiples llagas, si sangraba, o empezaba a cicatrizar. Bueno, no me he desangrado, y yo con eso me conformo. Ésa es mi triste épica diaria.

Henry —Hank— Chinaski es un niño que nace justo en los años de las Gran Depresión norteamericana. Su infancia transcurre en un barrio marginal durante los años treinta, dentro de una familia a la que no se siente vinculado y, ya en la adolescencia, con un acné que lo desfigura y le hace huir del mundo. Antes, durante y después, Chinaski sólo tiene un deseo: esconderse. Sin embargo, debe enfrentarse al mundo con las únicas armas que ha aprendido: el odio, el alcohol y sus puños. Y debe vivir lo que el mundo, su mundo, le ha mostrado: violencia, odio, sexo reprimido, sucedáneo de amistad...

YO NO TENÍA ningún interés. No tenía interés en nada. No tenía ni idea de cómo lograría escaparme. Al menos los demás tenían algún aliciente en la vida. Parecía que comprendían algo que a mí se me escapaba. Quizás yo estaba capidisminuido. Era posible. A menudo me sentía inferior. Tan sólo quería apartarme de ellos. Pero no había sitio donde ir. ¿Suicidio? Jesucristo, tan solo más trabajo. Deseaba dormir cinco años, pero no me dejarían.


Y, por supuesto, mucho más sexo del que nunca hayáis leído. Eso siempre vende mucho.

ESTABA en el 4.° grado cuando lo descubrí. Probablemente fui uno de los últimos en saberlo, porque todavía seguía sin hablar con nadie. Un chaval se me acercó mientras estaba parado en un rincón durante el recreo.
—¿No sabes cómo se hace? —me preguntó.
—¿El qué?
—Joder.
—¿Qué es eso?
—Tu madre tiene un agujero... —hizo un círculo con el pulgar y el índice de su mano derecha— y tu padre tiene una picha... —cogió el dedo índice de su mano izquierda y lo metió hacia delante y atrás por el agujero—. Entonces la picha de tu padre echa jugo y unas veces tu madre tiene un bebé y otras no.
—A los bebés los hace Dios —dije yo.
—Y una mierda —contestó el chaval, y se fue.
Era difícil para mí creerlo. Cuando se acabó el recreo me senté en clase y pensé acerca de ello. Mi madre tenía un agujero y mi padre tenía una picha que echaba jugo. ¿Cómo podían tener cosas como esas y andar por ahí como si todo fuera normal, hablando de las cosas, y luego haciendo eso sin contárselo a nadie? Me dieron verdaderas ganas de vomitar al pensar que yo había salido del jugo de mi padre.
Aquella noche, después de que se apagasen las luces, me quedé despierto en la cama escuchando. Claramente, empecé a escuchar sonidos. Su cama comenzó a rechinar. Podía oír los muelles. Salí de la cama, me acerqué de puntillas a su cuarto y escuché. La cama seguía produciendo sonidos. Entonces se paró. Volví corriendo a mi habitación. Oí a mi madre ir al baño. Oí que tiraba de la cadena y luego salía.
¡Qué cosa más terrible! ¡No importaba que lo hicieran en secreto! ¡Y pensar que todo el mundo lo hacía! ¡Los profesores, el director, todo el mundo! Era bastante estúpido. Entonces pensé en hacerlo con Lila Jane y no me pareció tan estúpido.




1 comentario:

Samoa y Honolulú dijo...

Estupendo. Leyéndote dan ganas,incluso, de leer a Bukowski